Domingo, 21 de febrero de 2010

 Carta de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, al comenzar las actividades catequísticas del año 2010

 “CATEQUESIS, CELEBRACIÓN Y VIDA CRISTIANA”

A los queridos sacerdotes y diáconos, catequistas, padres y madres de las familias cristianas, queridos niños y jóvenes:

Con el fin del receso estival, se inician las actividades pastorales en nuestras parroquias, capillas, centros y colegios. Ello coincide con el tiempo litúrgico de la Cuaresma, tan rico y abundante en símbolos, que es preparación y camino hacia el misterio central de nuestra fe, la Resurrección del Señor. De una manera especial la Iglesia relaciona la participación en la vida litúrgica con la catequesis: esta, la catequesis, prepara a los fieles para introducirse en el misterio de Cristo y participar en los sacramentos. Los sacramentos, que se celebran y viven en la comunión de la liturgia de la Iglesia, son encuentro con Dios, efusión de la gracia y alimento e instrucción espiritual para crecer en la fe. Por eso, en esta comunicación con todos ustedes, - como lo hacemos prácticamente cada año al iniciar la catequesis -, quiero invitarlos a comprometerse en la formación cristiana y en la práctica del Evangelio, a través del misterio celebrado en la liturgia; y ofrecerles en la Iglesia, que es nuestro hogar espiritual y donde encontramos al Señor Jesús que nos redime, nos enseña y nos guía, el lugar de privilegio que les corresponde. 

Un lugar de privilegio

Repitámoslo, es un lugar de privilegio para todos los que están incluidos en la gran obra catequística; los niños y jóvenes que se acercan para la preparación sacramental, porque son aquellos a quienes el mismo Jesús ha puesto como modelo, por su sencillez e inocencia (Lc 18, 17), y que por eso mismo nos habrán de preceder para contemplar el rostro del Padre. La Iglesia, como Madre, debe asegurar a las nuevas generaciones el acceso a la Verdad, la recepción de la Vida y el que tomen a Jesús como Camino. Y por eso los busca y los invita, los reúne y los atiende, para que participen de la abundancia de la gracia divina. Es un privilegio para los catequistas y maestros, porque son los responsables a quienes se les confía representar a la Iglesia en su iniciación cristiana. También para los padres y sus familiares, para sus padrinos y amigos, es un privilegio, pues al decidir educar a estos niños y jóvenes en la fe y colaborar en ello, están cumpliendo una misión, realizando una acción evangelizadora, que se completará con el acompañamiento del ejemplo, de la vida sacramental y de la formación. 

El espíritu de la Cuaresma

Comenzar la catequesis en el espíritu de la Cuaresma es una experiencia muy rica. Para el pueblo de Israel, la salida de Egipto, que es imagen de la vida materialista, sin libertad para honrar a Dios, es un itinerario trabajoso, sufrido, que se recorre solamente con la ayuda de un Dios muy presente, atento, entrañablemente cercano. Y ese apartamiento para ir hacia el lugar que Él mismo ofrece, para vivir con Él y para hacer su voluntad y gozarse en su compañía, es el que debe realizar todo creyente: crear un espacio de libertad, de pureza, de fraternidad, para experimentar la paternidad de Dios. Esta paternidad nos es revelada en Jesucristo, y su santa y gloriosa Resurrección es el signo elocuente, magnífico, de la reconciliación alcanzada, de la sonrisa llena de bondad del Padre que espera, del abrazo que incorpora a la familia y al hogar al pródigo que se había ido lejos. Por eso la Pascua es el tiempo y la ocasión de la renovación bautismal, celebración fontal y originaria de la reconciliación y de la adopción de hijos, que se actualiza en cada bautismo. Por eso mismo es bueno y oportuno recordarlo en el itinerario cuaresmal, en las festividades pascuales y en la catequesis que prolonga la iniciación cristiana, preparando para la Confirmación y la Eucaristía. 

La catequesis, fecundada con la espiritualidad que brota de la liturgia. 

Cuando hacemos la triste y dolorosa experiencia de la participación tan escasa numéricamente y tan poco intensa a nivel del espíritu, en las celebraciones litúrgicas, especialmente de los niños y jóvenes, aún durante la etapa de la catequesis, nos preguntamos en qué hemos fallado, porqué no logramos trasmitir nuestra convicción serena y gozosa, la necesidad de la frecuentación cordial e inteligente de los Misterios, y en particular, de la Eucaristía dominical. Parte de la respuesta nos la ofrecen las condiciones en que vivimos hoy: imágenes, velocidad, superficialidad, movimiento, sensibilidad, entre muchas otras causas. Pero es honesto reconocer que también nosotros, pastores y agentes pastorales, padres y ministros, catequistas y maestros, somos responsables de ello, al no saber motivar la necesidad de la celebración e incluso al presentar a menudo una liturgia rebajada y no significativa, sin interioridad, cuando no verborrágica, falsamente didáctica, y carente del sentido del Misterio y de la Presencia inefable, de la comunión interior con el Dios vivo. Celebrar no es pasar un momento divertido, ni meramente gratificante para los sentidos. Es la apertura del corazón del hombre a la trascendencia, del mundo a su Creador y al fin que éste le otorgó; es la actualización de la gracia recibida, la entrada en el ámbito donde Dios obra sus maravillas como anticipo de la eternidad. Y así como la catequesis recibe de los beneficios de una participación litúrgica santa y fructuosa, la catequesis debe también preparar para esta participación, con la formación en la doctrina y con el ejercicio que nos permita alcanzar ese encuentro espiritual. 

La catequesis incluye la práctica de la celebración litúrgica

Ello se hace con el seguimiento en su continuidad del año litúrgico, con la ubicación catequística en ese contexto de las lecturas de la Sagrada Escritura que relacionan las palabras y gestos de Dios, y de su enviado, Jesucristo, por la inspiración del Espíritu Santo, e ilustran con enseñanzas y ejemplos el Misterio eterno que se realiza en la vida y el tiempo de los hombres. Pero esto no se va  alcanzar con meras exigencias, puntajes y controles, sino con la siembra paciente, la iluminación sabia y adecuada por la verdad, la vinculación entre los gestos y su significado, entre las palabras y lo sucedido, que es la verdadera lectura de la Historia de la Salvación, y que se expresa en la celebración. Hay que resaltar en el itinerario de la catequesis el Misterio, el año litúrgico, las celebraciones, como lo hemos expuesto hasta aquí, para ilustrar y arraigar los contenidos de la fe. 

Expresar el Evangelio en la vida

Juntamente con ello hay que ejercitar y comprometer a los niños y jóvenes –pero nada podríamos hacer si los mismos catequistas y las familias no se empeñan en practicarlo ellos mismos–, en los distintos aspectos de la vida cristiana: 

1º la doctrina y el amor por la verdad, como consecuencia de la fe que profesamos, y no solo como conocimiento o a modo de requisito para recibir un sacramento o superar una etapa entendida en clave escolar.

2º el ejercicio de la caridad, con una intervención personal y directa en la acción caritativa de la Iglesia: visita a los pobres y enfermos, asistencia, colectas.

3º el apostolado y la misión, testimonio y anuncio, en lo cual todos tienen que tomar parte, especialmente en relación con los grandes movimientos que la Iglesia propone, como la Misión continental, después de Aparecida.

4º la propuesta vocacional dirigida a cada bautizado, que se abre a una llamada al ministerio sacerdotal y diaconal y a la vida consagrada, y que es preciso exponer desde el comienzo de la incorporación consciente a la vida eclesial, ofreciéndola también a las familias, para que valoren la gracia de la elección divina.

5º la participación en las actividades parroquiales, desde las iniciativas más sencillas, pero buscando que se encuentren siempre presentes, como fiestas patronales, procesiones, celebraciones eucarísticas, cursos de formación, apoyo a obras de la comunidad.

6º el sostenimiento de la Iglesia con el aporte personal, espiritual y material, con las iniciativas y el trabajo, pero también invitando aún a los más jóvenes a saber destinar algo de los bienes materiales de que disponen a la Iglesia y a los pobres. En diversas oportunidades, - y afortunadamente se realiza ya en muchos lugares -, hemos sugerido que los niños y jóvenes que se preparan para recibir la Confirmación, sobre todo, hagan un aporte material, fruto de sus pequeños sacrificios, para entregarlo al Obispo que les administra el sacramento, con destino al Seminario de la diócesis,.

7º la vida espiritual, que comprende la oración, la frecuencia de los sacramentos, la lectura de la Escritura, la búsqueda de la perfección espiritual, la práctica de las virtudes, el testimonio moral y espiritual, la ascesis personal, un estilo sobrio de vida, para formar desde la juventud los hábitos de una conducta cristiana, inspirada en el modelo de Jesús y plenamente conforme a su enseñanza. 

Todo esto, queridos hermanos y amigos, es un conjunto que no podemos escindir, un tesoro que no podemos dilapidar, una tradición que hemos de conservar fresca y vivaz, pues si perdemos la coherencia que debe existir entre la fe y las obras, entre la Palabra y el sacramento, entre lo que profesamos y la vida que llevamos, no vamos a difundir el Evangelio como Jesús lo predicó, sino que estaremos desparramando superficialmente una apariencia de respuesta a su invitación, pero que no tendrá arraigo ni consistencia. Estaremos también privando a los hermanos y hermanas que se acercan a nosotros, porque nos reconocen como aquellos a quienes la Iglesia confió la distribución de sus bienes espirituales, del acceso a la Verdad y a la Vida, o lo haríamos de tal manera que no podrá hacerse carne en su propia experiencia, y no los estaríamos llevando entonces a ser, ellos también, mensajeros del Evangelio.   

Por eso, los invito a reflexionar con seriedad:

sobre el estrecho lazo que une a la fe con la celebración,

el SÍMBOLO con el SIGNO,

sobre el significado del momento catequístico en la vida de nuestras comunidades,

sobre lo que aporta a cada uno de los fieles en esta etapa de su existencia,

sobre la responsabilidad de padres y familiares, catequistas y educadores,

sobre la misión de los sacerdotes, que deben estar activos en primera persona en la catequesis de sus comunidades,

y a orar al Señor que nos ha llamado a su Iglesia,

para que nos conceda cumplir con generosidad y acierto esta tarea que nos confía,

y otorgue a cuantos se dedican a ella las mayores bendiciones,

con la satisfacción de ser colaboradores muy valiosos y eficaces del Evangelio,

expresándolo en la ACCIÓN DE GRACIAS que es la EUCARISTÍA. 

Con mi afectuosa bendición. 

Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio
Nueve de Julio, 10 de enero de 2010, fiesta del Bautismo del Señor 


Publicado por verdenaranja @ 21:32  | Hablan los obispos
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