Mi?rcoles, 24 de febrero de 2010

 Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, para el 3º domingo durante el año. (AICA)
(24 de enero de 2010)

JESÚS, LA MISERICORDIA DE DIOS 

La liturgia de este domingo nos presenta el texto del profeta Nehemías (Neh 8, 2-10) en el que el escriba y sacerdote Esdras proclama públicamente la Ley de Dios que había sido dada a Moisés para que sea el fundamento del pueblo judío. Se acababa de reconstruir las murallas de la ciudad y el Templo y ahora Esdras propone a la ley de Dios como el fundamento y la piedra angular de la espiritualidad del pueblo elegido por Dios. Dice el texto que después que Esdras leyó pública y solemnemente la Ley y luego de que los levitas explicaran al pueblo el contenido de la Ley, el pueblo respondió Amén, Amén y luego con alegría se fue a festejar porque “habían comprendido y aceptado las palabras que les habían enseñado” (Ib. 12). El pueblo experimentó la misericordia y la cercanía de Dios en su Palabra. Así la Ley de Dios pasó a ser el fundamento de la vida del Pueblo de Dios y la causa de su profunda alegría.

Al comienzo de su Evangelio, San Lucas quiere dejar en claro que él no improvisa, que él ha sido un instrumento responsable en las manos de Dios y que se ha dedicado a investigar diligentemente para escribir una narración ordenada sobre Jesús, basándose en el testimonio de testigos. Así Lucas quiere mostrar que estas narraciones no son producto de la fantasía o de la mitología, sino que se refieren a hechos que verdaderamente han ocurrido en la historia y que son contados por los testigos que estuvieron en contacto cercano con Jesús y que se transmitieron con fidelidad en los primeros tiempos de la Iglesia hasta que se fueron poniendo por escrito.

La segunda parte del evangelio de este domingo nos muestra a Jesús predicando en la sinagoga de Nazaret. Allí Jesús, luego de leer el texto de Isaías 61, 1-2 afirma “esta escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy”. Jesús se presenta así como el Ungido del Señor, como el Mesías que viene a anunciar la buena noticia a los pobres, a devolver la vista a los ciegos, a liberar a los cautivos, a hacer los signos de Dios. Jesús es el centro de la escena. El mismo Jesús se presenta con autoridad y como portador del Espíritu de Dios. Nuestra fe nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, es el Verbo de Dios que se hace presente entre nosotros, es el centro de nuestra fe. Es sumamente interesante advertir que en este texto de Lucas la cita del profeta Isaías está modificada: el texto original dice al final “a proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios”, pero el evangelio sólo dice “un año de gracia del Señor” y omite “día de venganza”. Y esto es justamente porque Jesús nos libera de la ira de Dios, de su justa venganza. Nos libera de lo que mereceríamos en justicia por nuestro pecado, nuestra mediocridad, nuestro olvido de Dios, y viene a proclamar que Dios siempre nos da una nueva oportunidad, viene a proclamar que es un Dios de misericordia y que espera que el corazón del hombre cambie y haga las obras de Dios.

Con la venida de Jesús se inaugura un tiempo de gracia, de misericordia, y se nos ofrece una buena noticia que es luz para nuestros ojos y liberación de nuestras esclavitudes personales, las materiales e incluso las espirituales. Creemos en un Dios que es justo pero que es también misericordioso. Oseas 11, 1-9 retrata la lucha entre la misericordia y la justicia que se libra en el corazón de Dios, en donde termina triunfando la misericordia: “porque soy Dios, no un hombre; contigo soy el Santo, y no vendré con ira” (11, 9), dice el texto. Jesús es la manifestación de ese triunfo de la misericordia en el corazón de Dios y se hace presente con la unción del Espíritu Santo para hacer las obras, los signos de Dios. También nosotros estamos llamados a vivenciar el Espíritu de Dios en nuestro corazón y a ser capaces de hacer las obras de misericordia que nos asemejarán a Jesús.

Que María, Madre de la Misericordia, nos haga vivenciar el Espíritu Santo y nos ayude a ser testigos de misericordia.  

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo Puerto Iguazú 


Publicado por verdenaranja @ 21:33  | Homil?as
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