Martes, 02 de marzo de 2010

Homilía de monseñor Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes, para el segundo domingo de Navidad (3 de enero de 2010) (AICA)


EL LOGOS 

El evangelio de Juan presupone para sus lectores y oyentes el conocimiento de los evangelios sinópticos. Juan no quiere repetir lo que ya está dicho, sino hacer entender quién es Jesús. El prólogo de su evangelio, por eso, no se conforma con el comienzo de la vida terrenal de Jesús y tampoco con los comienzos del mundo, como el libro del Génesis, sino explica el origen de Cristo antes de que no  existiera todavía  ninguna criatura. “Logos” lo llama y dice que estaba junto a Dios y que era Dios. Solemos traducir este término con “palabra” o “verbo”; pero puede significar también  “razón” o “fin”. De esta Palabra sostiene Juan, que es la causa de todo lo que ha sido creado, y que ilumina a todo hombre que busca el sentido de las cosas y de la vida. Si el hombre es capaz de preguntar es, porque fue creado según la imagen y semejanza de esta Palabra, y a ella le debe la inteligencia y la voluntad de buscar la verdad. Es esta Palabra eterna de Dios que, no solamente creó al hombre sino que finalmente se hizo ella misma hombre en Jesucristo. Por eso, para que el hombre pueda comprenderse a sí mismo, no hay modo más certero que mirar a Jesucristo, la Palabra hecha carne.

Benedicto XVI decía en una audiencia general (28-01-07): “Hay que admitir que la tendencia a considerar verdadero sólo lo que se puede experimentar constituye un límite para la razón humana y produce una terrible esquizofrenia, evidente para todos, por la que conviven racionalismo y materialismo, hipertecnología e instintos desenfrenados.  Es urgente, por tanto, redescubrir de una manera nueva la racionalidad humana abierta a la luz del «Logos» divino y a su perfecta revelación que es Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre”.

Juan Pablo II trató este tema expresamente en su encíclica “Fe y Razón”: “Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. Lo que la razón humana busca «sin conocerlo», puede ser encontrado sólo por medio de Cristo: lo que en Él se revela, en efecto, es la «plena verdad» de todo ser que en Él y por Él ha sido creado y después encuentra en Él su plenitud” (Nº 34). La verdad se presenta inicialmente al hombre como un interrogante: ¿tiene sentido la vida? ¿hacia dónde se dirige? La experiencia diaria del sufrimiento, propio y ajeno, la vista de tantos hechos que a la luz de la razón parecen inexplicables, son suficientes para hacer ineludible una pregunta tan dramática como la pregunta sobre el sentido. Cada uno quiere —y debe— conocer la verdad sobre el propio fin. Quiere saber si la muerte será el término definitivo de su existencia o si hay algo que sobrepasa la muerte: si le está permitido esperar en una vida posterior o no” (Nº 26).

La razón de nuestra vida y también el sentido de nuestra muerte encontramos en Jesucristo. Pero hoy como en aquel entonces, cuando San Juan escribió el evangelio, no todos reconocen la Palabra. Pero a todos los que la reciben, a los que creen en su Nombre, les da poder de llegar a ser hijos de Dios.

Es significativa la fecha, en que Juan Pablo II nos entregó la encíclica sobre Fe y Razón: fue en la fiesta de la Exaltación de la Cruz. La cruz, en efecto, es la verdad que el hombre necesita acoger para dar con su razón una respuesta sensata al interrogante más dramático de toda la existencia. Con la celebración de la eucaristía ahora queremos afirmar esta convicción. El Verbo hecho carne se hace presente en su entrega al Padre y nos invita a hacerlo junto a Él. 

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes 


Publicado por verdenaranja @ 22:48  | Homil?as
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