Viernes, 05 de marzo de 2010

Reflexión Pastoral de Monseñor Rodríguez Magro, obispo de Plasencia, para el Día de Hispanoamérica 2010 publicado en folleto para su celebración recibido en la parroquia junto con los demás materiales.

Reflexión pastoral

Como los “doce apóstoles”

El cinco de diciembre del pasado año tuve la oportunidad de celebrar en Belvís de Monroy, un pequeño pueblo de la diócesis de Plasencia de la que soy obispo, la apertura de los actos conmemorativos del V Centenario de la fundación de un humilde convento franciscano de la reforma alcantarina. Esta celebración, aunque muy importante para nosotros, no pasaría de ser un acontecimiento local, si no fuera porque de ese convento partieron los “doce apóstoles” que llevaron la fe a los hombres y mujeres que habitaban las tierras de México a la llegada de los españoles. Al margen de cualquier otra consideración de aquella empresa evangelizadora –ya se han hecho muchas, todas muy cualificadas y bastantes de ellas laudatorias–, quiero sólo recordar qué fue lo que llevó hasta México a estos doce frailes, hijos de San Francisco y de San Pedro de Alcántara, que partieron de un convento de la descalsez, y cómo era el celo evangelizador de estos ejemplares apóstoles.

Conoceremos mejor aquella hermosa y fecunda historia por las palabras que a este simbólico grupo les dirige en Sevilla, antes de partir, el ministro general de los franciscanos, fray Francisco de los Ángeles Quiñones. Con el lenguaje de su tiempo, pero con el corazón de los apóstoles de siempre, les exhortó de este modo antes de su partida: “Vais a plantar el Evangelio en los corazones de aquellos infieles. Aunque no convirtáis infiel alguno, sino que os ahoguéis en el mar, o os maten los hombres o os coman las bestias fieras, habéis hecho vuestro oficio. Dios hará el suyo”. Estas palabras glosan con radicalidad y verdad aquellas que Jesús les dirigió a sus apóstoles: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio”. Y reflejan también el itinerario spiritual de todo apóstol que escucha al Señor y se pone en camino.

El ministro general les dice que han de ir, caminar en nombre del Señor; que lo que les corresponde es llevar lo que cada uno de ellos ha aprendido cada día en el pobre y humilde convento alcantarino, la escuela en la que han sido discípulos aventajados del Maestro. Y según cuenta la historia, así fue como lo hicieron: al llegar a tierras de México, los nativos, al verlos que caminaban descalzos y flacos, los hábitos rotos, a pie y no a caballo y muy amarillentos de color, no salían de su asombro, pues no eran como los otros cristianos de Castilla.

Entre los nativos se decían en lengua náhuatl: “Motolinía” (pobre). Fue desde la pobreza de Aquel que “siendo rico se hizo pobre”1, desde donde ofrecieron estos discípulos y misioneros el Evangelio.

Una historia de cooperación

Pues bien, esta historia originaria, que es una de tantas, es una parábola, un bello y auténtico testimonio de lo que hoy pretende ser la cooperación misionera de la Iglesia en España con las Iglesias de América Latina. De ellas, de su vitalidad, la que en este momento le da el gran proyecto pastoral y misionero salido de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida, las diócesis de España quieren aprender a ser discípulas y misioneras. En este itinerario pastoral y espiritual –el que va del aprendizaje con Cristo a la misión–, podrán encontrar las Iglesias particulares de España el paradigma para su cooperación con las Iglesias de Hispanoamérica, con las que les unen tantos lazos; de un modo especial aquellos que anudan los hombres y mujeres que hasta allí han dado el salto –como decimos aquí– para el servicio misionero.

Aunque el Día de Hispanoamérica es una invitación a todos los miembros del pueblo de Dios a que se sientan corresponsables en la cooperación misionera, por estar celebrándose el Año Sacerdotal, nuestra mirada fraterna a aquellas Iglesias se proyecta en esta ocasión sobre el sacerdote. Lo hace sumándose a la finalidad que el Santo Padre Benedicto XVI ha querido para este año de gracia: “Contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”. Los sacerdotes  son, pues, el foco de atención de esta Jornada misionerade 2010. Lo son, desde luego, muy merecidamente, porque ellos han puesto un acento muy especial en esta colaboración misionera, sobre todo a lo largo de estos últimos cincuenta años, en los que la misión diocesana recibió un fuerte impulso con la publicación de la encíclica del Papa Pío XII, Fidei donum. Esta encíclica, en efecto, constituyó para las diócesis españolas un verdadero envío misionero. A lo largo de estos años han sido muchos los sacerdotes que han partido hacia América Latina, bajo el auspicio de la Comisión Episcopal de Misiones, asociados en la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA).

La misión de los sacerdotes diocesanos

El lema elegido para el Día de Hispanoamérica no podía ser otro que el mismo que refleja la vida pastoral de aquellas iglesias: “Sacerdotes, discípulos y misioneros”. Para adentrarnos en él recorreremos el significado tanto del sustantivo como de los dos adjetivos. Ante todo sacerdotes; es decir, aquel que es para sus hermanos del pueblo de Dios imagen y representación de Jesucristo, pues, como de todos es sabido, sólo se define al sacerdocio en relación con Cristo: “Los presbíteros son en la Iglesia y para la Iglesia una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor”2. En efecto, el sacramento del Orden identifica a los sacerdotes con Jesucristo y los conforma con la caridad del Buen Pastor. Los sacerdotes actúan in persona Christi, es decir, pueden hablar y actuar con el “yo” de Jesucristo; están al servicio de los hombres en Cristo, por Cristo y con Cristo3.

Para ser lo que son, Jesús ha llamado a los sacerdotes a ser sus amigos. “Vosotros sois mis amigos”. En efecto, el ser en Cristo del sacerdote se fragua al calor de la intimidad con él. Sólo en esta amistad el sacerdote se comprende a sí mismo; sólo por ser amigos de Jesús tiene sentido ser sacerdotes. Es más, Benedicto XVI ha dicho que “en estas alentadoras palabras se podría ver incluso la institución del sacerdocio”. Eso significa que el sacerdote es lo que es porque el Señor le ofrece su amistad y le da su amor. Fue por eso que el santo Cura de Ars dijo que “el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”. En efecto, para ser ministros del Señor se necesita la ciencia del amor, esa que sólo se aprende de corazón a corazón con Cristo4. 

Discípulos en la escuela de Cristo

El primer adjetivo es discípulo. El sacerdote ha sido llamado “para estar con el Maestro”. Es en la escuela de Cristo donde el sacerdote conoce la hondura del amor infinito de Dios, que es la fuente de su vida y de su misión. El sacerdote, tras ser invitado por Jesús a “ir” y “ver” (“Venid y lo veréis”) y a “estar con él”, se va dejando impregnar del “humus” de su mundo, del sabor de Dios que hay en él, de los amores que hay en su corazón. El sacerdote va conformando con Cristo sus pensamientos, los afectos y la conducta, hasta incluso llegar a entenderse con él con la mirada misma. “Yo le miro y él me mira”, decía el santo Cura de Ars. Como discípulo, comparte con el Señor su misma sed, como dice san Agustín: “La oración es el encuentro de la sed de Dios con la sed del hombre”.

De Jesucristo aprende que el sacerdocio es un proyecto de amor que tiene su fuente última en el misterio trinitario: “El misterio trinitario es un río, una bola amorosa que brota del Padre, fluye y vuelve a fluir en el Hijo, para ser después felizmente derramada en el Espíritu Santo”5. Es el amor de la Trinidad el que comparte Jesucristo con el sacerdote. “A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”6. En la intimidad de Cristo se deja penetrar el sacerdote en el misterio de Dios; atraído por el Padre sigue a Jesús: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae”7. De Jesús aprende, por tanto, a ser hombre de Dios, a vivir centrado en Él; pues eso es tan necesario que “si en una vida sacerdotal se pierde esta centralidad de Dios, se vacía poco a poco el celo apostólico”8.

La misión es la esencia del ser sacerdotal

El segundo adjetivo es misionero. Por ser discípulo, el sacerdote es también un enviado. El Señor llamó a sus discípulos para “estar con él” y “enviarlos a predicar”. Se puede decir que, del mismo modo que Jesucristo es epifanía de Dios9, también ha de serlo la vida y el ministerio del sacerdote. El sacerdote es un misionero por excelencia: la misión es la esencia de su identidad y la impronta de su vida. Siempre ha de escuchar y seguir las palabras fundantes de la evangelización: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”. Por estas palabras de envío participa en la misión de Cristo. El sacerdote es testigo de Jesucristo, de su Evangelio, apóstol de lo que le escucha.

También él, como Pablo, puede decir que ha sido escogido para el Evangelio de Dios10. El ministerium verbi constituye la característica específica de la identidad sacerdotal. Los presbíteros, en efecto, tienen el deber (primarium habent officium) de anunciar a todos el Evangelio de Dios11; y el ministerio sacerdotal ha de ejercitarse siempre en esa perspectiva, sobre todo la que le ofrece la misión ad gentes. “El don espiritual que recibieron los presbíteros en la ordenación los prepara no para una misión limitada y reducida, sino para una misión amplísima y universal de salvación hasta los extremos del mundo”12.

El ministerio sacerdotal ha de situarse siempre en una dinámica misionera, que se alimenta de la “caridad pastoral” de Jesucristo, el Buen Pastor. Es el amor pastoral de Cristo el que nutre y santifica el servicio ministerial del sacerdote a aquellos a los que es enviado. Un servicio que ha de hacer con la misma sensibilidad del corazón de Jesucristo, que no excluye a nadie ni selecciona destinatarios; aunque el Buen Pastor en sus caminos misioneros abre rutas especiales hacia sus preferidos, los más débiles, pobres y sencillos. Por las rutas abiertas por Cristo el sacerdote ha de abrir las suyas. El gran dinamizador de esos caminos misioneros es el Espíritu Santo, que siempre se adelanta y acompaña en la misión, para abrir los corazones y transformarlos con la gracia del Señor.

Estar con Él y ser enviados por Él “Estar con Él y ser enviados por Él son dos cosas inseparables entre sí. Sólo quien está con Él aprende a conocerlo y puede anunciarlo verdaderamente. Quien está con Él no se guarda para sí lo encontrado, sino que lo comunica”13. En esa doble e inseparable experiencia invita la Iglesia en España a que se sitúen los sacerdotes que ha enviado y sigue enviando a cooperar con la misión en Hispanoamérica. A todos, al igual que a los consagrados y a los laicos, les anima a situarse en el espíritu misionero de cada una de las iglesias en las que estén y a las que lleguen, siendo en ellas, presididas por sus obispos, y junto a todos los miembros del pueblo cristiano de cada una de las diócesis que les han acogido, verdaderos discípulos y misioneros. Los católicos españoles, conscientes de su responsabilidad misionera, han de acompañar desde aquí la misión, dejándose impregnar, cada uno en su vocación propia, de ese itinerario que va de la intimidad con Cristo al anuncio de su persona y de su salvación.

@ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

 

1 2 Cor 8, 9.
2 Pastores Dabo Vobis, 15.
3 Cf. Benedicto XVI, 24 de junio de 2009.
4 Cf. Benedicto XVI, homilía del 19 de agosto de 2009.
5 Benedicto XVI, citando a Ricardo de San Víctor, audiencia general del 25 de noviembre de 2009.
6 Jn 15, 15.
7 Jn 6, 44.
8 Benedicto XVI, al clero de Roma (2-III-2006).
9 Cf. Jn 14, 19.
10 Cf. Rm 1, 1.
11 Cf. Presbyterorum Ordinis, 4.
12 Cf. Presbyterorum Ordinis, 10.
13 Benedicto XVI, a los seminaristas, sacerdotes, consagrados en Alemania, 11 de septiembrede 2006.

 


Publicado por verdenaranja @ 16:48  | Hablan los obispos
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