S?bado, 06 de marzo de 2010

Carta de monseñor Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes, con motivo del Jubileo Arquidiocesano en el Centenario de la creación de la Diócesis de Corrientes 1910-2010. (AICA)
(25 de diciembre 2009)


Carta pastoral
Centenario de la diócesis
 

A los Presbíteros y Diáconos, Religiosos y Religiosas, y Fieles laicos

1. El tiempo de Adviento nos preparó para la visita de Dios: “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Por eso la Iglesia se alegra inmensamente y canta con los ángeles: “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra, paz a los hombres amados por él!” (Lc 2,14). Esa alegría se dilata en nuestra Iglesia, porque la visita de Dios se prolongará en ella durante todo el año Jubilar Arquidiocesano, cuya apertura solemne iniciaremos el 3 de febrero, junto al histórico monumento de la Columna que representa la Cruz de los Milagros, situada en la bajada del Puente General Belgrano.

2. Hace tres años empezamos a preparar el Centenario de la creación de la Diócesis de Corrientes. Entonces se nos invitó a mirar los “dos amores” que nos acompañaron desde los primeros tiempos de la evangelización: la Cruz de los Milagros y la Tierna Madre de Itatí. Promediando el tercer año de preparación, en la explanada de la Basílica de Itatí, anunciamos la Visita de la Cruz y de la Virgen a las instituciones civiles y a los hogares, visita que culminará el 16 de julio del año 2010, ya en pleno Jubileo Arquidiocesano. Esta Visita nos pone en clima espiritual de jubileo y nos hace exclamar: “Bendito sea Dios que ha visitado y redimido a su pueblo” (cf. Lc 1,68). Dios, que es Santo, visita a su Iglesia para atraerla más hacia sí y hacerla más santa. Para eso, le coloca delante de sus ojos la Cruz de Jesús y la ternura de su Madre, para que contemplando esos dos amores, la Iglesia de Corrientes se sienta confirmada y revitalizada por la novedad del Evangelio, profundamente arraigada en nuestra historia (cf. Aparecida, 11).

3. El primer obispo de Corrientes, Mons. Luis María Niella, escribía al Papa Benedicto XV en el año 1918, solicitándole que declarara Patrona y Protectora de la Diócesis a la Virgen de Itatí. En esa carta le decía que “Esta provincia argentina, fundada por la Virjen i por el famoso portento de la Sma. Cruz de los Milagros, titular de Nuestra Santa Iglesia Catedral, parece haber sido destinada por la Divina Providencia a grandes cosas. Por lo menos Dios la ha visitado con particular misericordia, colocando en su seno dos santuarios como un aliciente para la virtud i como un refujio para la hora del peligro”. Contemplando con ojos de fe los acontecimientos de los últimos tiempos, nos conmueve profundamente la vigencia profética que tienen esas palabras: Dios quiere seguir visitando “con particular misericordia” las instituciones, las familias y los corazones de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que habitan en las benditas tierras de esta provincia argentina fundada por la Virgen i por el famoso portento de la Sma. Cruz de los Milagros.

4. Para el sentir de nuestra gente, una visita es siempre motivo de alegría, de esmerada preparación y de cálida acogida. Con ese espíritu de “visitar y ser visitado”, quisiera compartir con ustedes, en primer lugar, el jubileo como experiencia de alegría que provoca la visita del Señor. En segundo lugar, aquel que se “deja visitar”, abre las puertas de su casa y de su corazón, y se dispone para el encuentro. En ese sentido, el jubileo es tiempo de reconciliación con Dios y con los hermanos. En tercer lugar, la visita acerca a las personas, las hace más amigas y las convoca a celebrar el encuentro. Esto nos lleva a pensar el jubileo como un acontecimiento eminentemente eucarístico. Y en cuarto lugar, la alegría y el encuentro de los creyentes en Jesús se transforman en misión, en deseo intenso de hacer participar a muchos en la fiesta del encuentro y convocarlos a construir juntos una convivencia justa y fraterna para todos.

5. El inicio de la celebración del Bicentenario (2010-2016) coincide con nuestro Jubileo. Esta convergencia es una feliz ocasión para mostrar que los cristianos queremos ser portadores de buenas noticias para nuestro pueblo (cf. Aparecida, 30), mediante un compromiso más responsable y efectivo, que esté inconfundiblemente marcado por “una intensa mística del servicio”, espíritu de diálogo y reconciliación, de respeto y confianza mutua, que no excluya la verdad y la justicia, como hemos declarado los obispos argentinos en la carta Hacia un Bicentenario. En síntesis, podemos decir que el jubileo es tiempo para alegrarse en el Señor, celebrarlo presente en la Iglesia y en el mundo y, a la vez, tiempo de renovar el fervor de la misión eclesial y del compromiso ciudadano.
 

I. Celebrar el Jubileo es alegrarse en el Señor

6. El Jubileo es, ante todo, un tiempo de alegría y de fiesta. El motivo histórico que nos llena el corazón de júbilo es el cumplimiento de los 100 años de la creación de nuestra Iglesia diocesana. En efecto, el 3 de febrero de 1910, el Papa San Pío X, firmó el documento por el que se creaba la Diócesis de Corrientes. La nueva diócesis abarcaba todo el territorio de las provincias de Corrientes y Misiones, que hasta esa fecha formaban parte de la Arquidiócesis de Paraná. Luego, con el correr del tiempo, se crearon otras Iglesias locales en el vasto territorio de la diócesis correntina: Posadas (1957), Goya (1961), Santo Tomé (1979), Iguazú (1986) y, recientemente, Oberá (2009).

7. Este brevísimo compendio de datos nos revela que la vida y misión de nuestra Iglesia fue fecunda y que la semilla de la Palabra de Dios fue cayendo en terreno fértil. Sentimos un gozo muy grande al ver las obras del Señor y las maravillas que ha realizado ante nuestros ojos (cf. Sal 40,6; 139,14). Por ello, el Año Jubilar quiere ser una respuesta gozosa y agradecida por las innumerables misericordias que la bondad de Dios fue derramando en nuestra Iglesia a lo largo de muchas generaciones. El don más grande que reconocemos agradecidos es la fe en Jesucristo y la pertenencia a esta Iglesia arquidiocesana. Con espíritu eclesial recordamos al primer obispo, Mons. Luis María Niella, que gobernó la nueva diócesis desde 1911 hasta 1933. Lo sucedió Mons. Vicentín desde 1935 a 1972; luego vino Mons. Jorge Manuel López: 1972 a 1984; lo siguió Mons. Fortunato Antonio Rossi desde 1984 a 1994; y a partir del año 1994 hasta el año 2007 fue pastor bueno y servicial de nuestra Iglesia, Mons. Domingo Salvador Castagna, que continúa enriqueciendo nuestra comunidad con su vida ejemplar, dispuesto siempre a colaborar en los oficios pastorales que se le solicitan. Con todos ellos y con tantos sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas y religiosos, catequistas y laicos corresponsables en los más diversos servicios eclesiales, confesamos agradecidos y alegres que Jesús vive, que él es el Señor y que su presencia hace santa esta Iglesia que peregrina en Corrientes.

8. Confesar la fe en Jesús, muerto y resucitado, vivo y presente en su Iglesia, nos coloca ante la Santísima Cruz de los Milagros, signo providente del amor de Dios hacia nuestro pueblo. Este signo representa a Jesús, el Hijo de Dios, que “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20). Celebrar el jubileo ante el signo más grande de nuestra salvación, nos impulsa a adherirnos con todas nuestras fuerzas a Jesucristo Crucificado, para que en ese abrazo nos haga experimentar la gratuidad de su amor, y celebremos así gozosos y agradecidos la obra maravillosa que Dios hace en medio de su pueblo.

9. La obra más hermosa de Dios es María. Tan bella y transparente que en ella contemplamos el rostro materno de Dios. El pueblo correntino, junto con todos sus hermanos del noreste argentino, siente un amor único por Ella y, al mismo tiempo, se siente amado con inmensa ternura por la Madre de Dios, a tal punto de llamarla “Tiernísima Madre de Dios y de los hombres”. Ella estuvo presente desde los inicios de nuestra evangelización, acompañando el nacimiento y posterior desarrollo de la vida de nuestra Iglesia, como lo hizo con los discípulos de Jesús en los comienzos de la comunidad cristiana (cf. Hch 1,14).

10. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre…” (Jn 19,25). Ante el signo de la Cruz, origen de nuestro pueblo correntino, y la imagen de la Virgen de Itatí, nos sentimos Iglesia peregrina, felices por creer en Jesucristo y agradecidos por haber nacido en esta tierra y haber recibido una valiosa herencia de valores humanos y cristianos.
 

II. El Jubileo es tiempo para reconciliarse con Dios y
con los hermanos

11. El jubileo es una fiesta religiosa muy antigua, de alto contenido humano y social. Así como cada semana tiene un día de descanso para que el hombre festeje los frutos de su trabajo y de ese modo se recupere del esfuerzo realizado, así también la tierra, sometida al trabajo incesante del agricultor, se le concedía un año de descanso cada siete años y cada cincuenta años. Ese año se anunciaba con el yobel -de allí deriva la palabra jubileo-, un instrumento parecido a una trompeta. Durante ese año se socorría a los pobres con los productos espontáneos de la tierra; se daba libertad a todos los esclavos israelitas; y se debían restituir los bienes que hubieren sido hipotecados o enajenados. Podríamos decir que el jubileo era un tiempo para “poner las cosas en su lugar”, haciendo justicia a los hombres, a los animales y a la tierra. Era un año de gracia para todos.

12. Ese año de gracia es también un anticipo que aviva la esperanza de alcanzar una vida plena y feliz, que es el anhelo más profundo del corazón humano. Jesús, que conocía la tradición de su pueblo y participaba de sus mismos anhelos de vida plena y de felicidad, cuando fue a Nazaret, donde se había criado, “el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,16-19). No es difícil ver la semejanza que hay entre las palabras de Jesús y la tradición de los jubileos del pueblo de Israel. Para nosotros “el jubileo” es Jesucristo muerto y resucitado, vida plena y felicidad para el que cree en él, lo escucha y lo sigue, porque él “ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza” (Aparecida, 548).

13. El Jubileo es un año de gracia para nuestra Iglesia. Un tiempo extraordinario para experimentar que Dios nos ama y que tiene misericordia con nosotros. Es un tiempo para volver a él y para reconciliarnos con nuestros hermanos (cf. 2Cor 5,20). Es un año para devolver lo que no nos pertenece y reconocer humildemente que Dios es el Señor y que de él es todo lo que somos y tenemos (cf. Rom 14,7-8), y que nosotros fuimos elegidos y llamados para ser buenos administradores de sus dones (cf. 1Pe 4,10). Las indulgencias, que suelen concederse en tiempos especiales, son una manifestación extraordinaria del perdón de Dios. La indulgencia nos quita los rastros negativos que dejó el pecado en nuestra vida; nos dispone a vivir más íntimamente unidos a Cristo; nos ayuda a comprender lo que él nos pide; y nos fortalece para actuar con “el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida” (Aparecida, 139).
 

III. El Jubileo es un acontecimiento eminentemente eucarístico

14. El Jubileo cristiano es un acontecimiento que nace del misterio pascual. Es la alegría de la Iglesia que cree y celebra la muerte y resurrección de Jesús, y con él también ella se experimenta profundamente renovada. Ése es el regocijo espiritual que invade hoy nuestra Iglesia de Corrientes, conformada por un pueblo que ama la vida y la celebra con mucha intensidad. Este sentido festivo le ayuda a mantener viva la esperanza; a enfrentar los gozos y los dolores de la existencia; y a rehacer y fortalecer vínculos de amistad. Los sacramentos, especialmente el Bautismo y la Eucaristía, están relacionados con ese sentido de fiesta, porque en ellos celebramos la vida divina que brota del misterio pascual de Jesús. Allí es donde nuestro pueblo reconoce y experimenta que el Dios de la vida sale al encuentro de los seres humanos, para liberarlos de tantas formas de muerte y darles nueva vida.

15. Como decíamos, el jubileo cristiano se nutre del misterio que celebra la muerte y resurrección de Jesucristo. Dado que él vive (cf. Mc 16,11; cf. Lc 24,5), la vida del creyente es una experiencia gozosa en Aquel por quien vivimos, nos movemos y existimos (cf. Hch 17,28). El jubileo es la alegría que siente la Iglesia por la presencia viva de Jesús en ella. Y por eso lo confiesa y lo celebra, como los discípulos de Emaús, al escuchar su Palabra y al partir el Pan (cf. Lc 24,28-32). Esto hace que el jubileo sea un acontecimiento eminentemente eucarístico y, como tal, se coloca en continuidad con el Congreso Eucarístico Nacional, que se ha celebrado en Corrientes no hace mucho tiempo, y que ha abierto una fuente rica de espiritualidad eucarística en nuestra gente. El año jubilar es una ocasión providencial para recordar la centralidad de la Eucaristía y la importancia del ministerio sacerdotal, tan estrechamente ligados entre sí.

16. La Eucaristía ha de ser cada vez más la fuente y la cumbre de nuestra vida cristiana. Fieles laicos, personas consagradas, diáconos permanentes, sacerdotes y obispo, estamos llamados a “vivir de la Eucaristía”. Debemos procurar, como discípulos de Cristo, asemejarnos cada vez más al Maestro, quien en torno a la mesa eucarística nos enseña que el servicio al prójimo, hasta el sacrificio de sí mismo, es la puerta de entrada para participar en el banquete eucarístico. Esa dimensión martirial y oblativa debe distinguir al misionero que participa de la Santa Misa.

17. Celebrar el Jubileo a la par con el Año Sacerdotal nos hace pensar en la grandeza de este ministerio y valorar la importancia de su misión en comunidad. Hace poco, el Santo Padre nos decía que los elementos esenciales de nuestro ministerio son “el anuncio y el poder”, recordando que Cristo envió a sus discípulos a anunciar el Evangelio y les dio el poder de expulsar a los demonios (cf. Mc 16,15-18). Anuncio y poder, es decir, “palabra y sacramento” son los pilares del servicio sacerdotal. Estamos consagrados principalmente a la misión de perdonar los pecados y celebrar la Eucaristía, fuente de comunión, de paz y de alegría para la comunidad; y, al mismo tiempo, alimento que renueva el compromiso misionero de todos sus miembros.

18. El Jubileo, en el contexto del Año sacerdotal, nos brinda una hermosa ocasión para agradecer a Dios por los sacerdotes que él eligió y llamó al ministerio en nuestra Iglesia arquidiocesana. Apreciamos mucho la cercanía fraterna que brindan a su pueblo y, sobre todo, el alimento espiritual que ellos administran. Recemos con más frecuencia y con mayor intensidad por cada uno de ellos, para que se mantengan fieles en su ministerio y vivan con alegría su vida como sacerdotes. Tengamos muy presente en nuestra oración a los seminaristas y renovemos constantemente la súplica por las vocaciones sacerdotales y religiosas.
 

Adorar la Eucaristía: las cosas son desde donde se miran

19. El sentido común nos dice que el primer paso determina la orientación del camino. Si se empieza contemplando a Dios, se puede ver la realidad como él la ve, y entonces todo lleva a un mayor encuentro con él, con los otros y con las cosas. En ese sentido, el pensamiento del Santo Padre ilumina cuando advierte que “antes que cualquier actividad y que cualquier cambio del mundo, debe estar la adoración. Sólo ella nos hace verdaderamente libres, sólo ella nos da los criterios para nuestra acción. Precisamente –concluye constatando– que en un mundo, en el que progresivamente se van perdiendo los criterios de orientación y existe el peligro de que cada uno se convierta en su propio criterio, es fundamental subrayar la adoración” (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22.12.05). La adoración, como paso que inicia toda acción, hace posible “anclar la vida y la historia en firmes referencias espirituales” (Benedicto XVI, Catequesis, 10.07.05). La adoración debe ser el primer paso de cualquier actividad pastoral que hagamos en la comunidad, para que responda realmente al querer de Dios y evite personalismos y grupos cerrados en sí mismos.

20. Felizmente, podemos constatar que a partir del Congreso Eucarístico son muchas las comunidades parroquiales y grupos que se reúnen periódicamente para la adoración eucarística. Esto es un don de Dios para nuestra Iglesia arquidiocesana. Y la lógica del don mira a fortalecer la unidad en la comunidad y, al mismo tiempo, dar valentía y nuevo vigor misionero a sus integrantes. La adoración eucarística es auténtica y fecunda si nos une más íntimamente a Jesús vivo y presente en la Eucaristía; y a la vez, nos lleva a un encuentro más sincero y profundo con los hermanos, a perdonarnos y reconciliarnos. Adorar el Santísimo Sacramento del Altar, donde nos alimentamos de la Palabra de Dios y del Pan del Cielo, tiene que impulsar a todo adorador a ser misionero fervoroso y audaz de la Buena Noticia y, al mismo tiempo, un hombre coherente con su vida y sus compromisos.

21. La espiritualidad eucarística tiene que llevarnos a compartir más solidariamente con todos. Los que comparten la misma mesa y comen el mismo pan, se sienten llamados a ser más fraternos entre sí; se preocupan en conocer las necesidades de la comunidad y juntos buscan cómo resolverlas. De esta manera todos nos vamos comprometiendo a colaborar en el sostenimiento del culto, poniendo en común nuestras capacidades, recursos y dinero. La Iglesia se convierte así en una verdadera “casa y escuela de comunión”. Para impulsar esta acción, que apunta a la comunión y corresponsabilidad de nuestras comunidades parroquiales, hemos puesto en marcha el Plan Compartir, un instrumento pastoral que tiene como finalidad ayudarnos a comprender el valor y la belleza que tiene la vida cristiana, cuando nos animamos a romper conductas individualistas y nos disponemos a compartir.

22. Testigos y agentes privilegiados de la comunión eucarística son las personas consagradas. La fuerza de su misión les viene del altar, donde consagraron sus vidas a Dios. Esa primacía de Dios en sus vidas los ha llevado a desarrollar una enorme y valiosa tarea en la educación, evangelización, catequesis y promoción humana, que hoy continúan realizando. Mientras agradecemos a Dios la vida y misión de estas hermanas y hermanos nuestros, que enriquecen nuestra Iglesia con sus diversos carismas, pedimos al Señor Jesús que muchos jóvenes se animen a vivir la hermosa aventura de entregar toda su vida a Dios en el servicio al prójimo, especialmente a los más pobres y sufrientes.
 

IV. El Jubileo: renovar el entusiasmo de la misión

23. La paz y la alegría brotan del encuentro con Jesús resucitado. Aquellos primeros discípulos y discípulas que fueron testigos de la resurrección de Jesús y comieron con él (cf. Lc 24,42-43; Jn 21,12-13), se llenaron de paz y de gozo (cf. Mt 28,8-9; Lc 24,41; Jn 17,13). Ese estado de felicidad permanece en ellos después de la ascensión: los discípulos volvieron a Jerusalén con gran alegría (cf. Lc 24,53). Es el mismo gozo que el Ángel prometió a Zacarías anunciándole que su esposa Isabel le daría un hijo (cf. Lc 1,14). Es el inmenso regocijo que la Virgen María refleja en el Magnificat (cf. Lc 1,46). También Isabel se siente feliz cuando recibe la visita de María y siente que el niño salta de alegría en su seno (cf. Lc 1,44). Se trata de una alegría que nadie les podrá quitar y será de una plenitud y transparencia tal que “aquel día no me harán más preguntas” (Jn 16,22-23), como lo aseguró Jesús a sus discípulos. Cuando hablamos de renovar el entusiasmo de la misión, nos estamos refiriendo a ese ánimo desbordante que experimenta el discípulo al encontrarse con Jesucristo. Esa misteriosa y conmovedora realidad de comunión se convierte en misión de la Iglesia y del discípulo, para que el mundo crea y tenga vida en Cristo (cf. Jn 17,21).

24. La misión es algo intrínseco a la Iglesia y una imperiosa necesidad del discípulo: anunciar y comunicar a los otros aquello que supera mucho más de lo que se puede pedir e imaginar (cf. Ef 3,20; Flp 4,7). Y esta misión no se puede llevar a cabo con “evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo” (Evangelii Nuntiandi, 80). Por eso, la Iglesia y todos en la Iglesia deben ser misioneros. Esto quiere decir que “ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera” (Aparecida, 365). En la reciente Carta de los obispos argentinos sobre la Misión Continental, se dice que “la misión es relación, es vínculo. No hay misión si no me relaciono con el prójimo. La misión necesita de la cercanía cordial. Y el desafío desde esta cercanía es llegar a todos sin excluir a nadie” (n. 19). Y en otra parte advierte que lo que importa, antes de programar tareas pastorales, es el “como” las vamos a hacer, para que las acciones reflejen realmente un estilo de cercanía cordial y transmitan lo fundamental: la bondad de Dios (cf. 17).

25. Durante el jubileo, queremos vivir el espíritu de la misión con la visita de la Santísima Cruz de los Milagros y la Virgen de Itatí a todas nuestras instituciones civiles y hogares. Importa mucho que vivamos este acontecimiento como una verdadera visita, donde prestemos una especial atención a las personas que van a recibir la Cruz y la Virgen en su casa. Quisiéramos que esta visita fuera un verdadero encuentro de hermanos y hermanas en la fe, que se distinguiera por la cercanía, el respeto y la confianza, para que, mediante este testimonio sincero y transparente de los misioneros, esta visita renueve en todos la alegría de ser discípulos de Jesús, los lleve a participar con más frecuencia de la vida de la comunidad, sobre todo del Sacramento de la Reconciliación y de la Misa dominical, y nos haga a todos personas más buenas y más responsables en la vida de familia y en la sociedad.

26. La Carta sobre la Misión Continental sugiere que orientemos nuestra pastoral “sobre algunas acciones destacadas para este tiempo de renovación misionera”. A continuación las mencionamos con alguna breve acotación.

 Alentar un estilo misionero en la pastoral orgánica y diocesana, en especial desde la Parroquia. Esto significa “poner nuestra mirada en la Parroquia como institución privilegiada en la tarea evangelizadora”, recordando que “debemos retomar con energía el proceso de la reforma y conversión de nuestras parroquias”, y que “la misión comienza en el gesto cordial y cercano”.

 Priorizar una pastoral misionera desde la catequesis de iniciación. Ante la dificultad de la transmisión familiar de la fe, “pensar en cómo encarar la pastoral bautismal”, porque “si no hay bautismo no está el vínculo primero y más simple con la Iglesia que es la pertenencia a ella como familia”.

 Promover el compromiso misionero hacia una sociedad justa y responsable. Pastoral Familiar y Doctrina Social de la Iglesia. El Bicentenario es una ocasión providencial para trabajar “en un camino formativo y de compromiso con la construcción de la sociedad y en especial poniendo énfasis en la pastoral familiar y educativa”.

Expandir procesos misioneros permanentes. Junto a la renovación misionera de la pastoral ordinaria, incluir acciones que ayuden a encender y mantener vivo el ardor misionero. Este ámbito reclama una pastoral de conjunto diocesana que implique a toda la Iglesia y a todos en la Iglesia: obispo junto a todo el presbiterio, diáconos permanentes, religiosas y religiosos, y los fieles laicos. Quisiéramos que estas acciones destacadas fueran objeto, ante todo, de nuestra oración, para que reflexionando sobre ellas tengamos el pensamiento de Cristo (cf. 1Cor 2,16), y a la hora de buscar juntos cómo llevarlas a la práctica, nos dejemos conducir por el Espíritu Santo (cf. Ga 5,16).

La misión es peregrinar juntos hacia el encuentro con todos

27. Nuestra gente expresa sentimientos religiosos muy hondos cuando peregrina. Por eso, esta bendita tierra está surcada por innumerables filas de caminantes que peregrinan a pie, a caballo, en carreta y otros medios de transporte. No hay fin de semana que no haya una o varias procesiones en diversos lugares con ocasión de las fiestas patronales. Con preferencia se peregrina en familia o como miembros de alguna asociación. Es muy difícil ver un peregrino solitario. El peregrino se siente miembro de un pueblo que camina, inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. En ese sentido, peregrinar arraiga a los miembros de la familia más en Dios y los reconcilia entre ellos; renueva los vínculos entre los parientes y favorece la amistad con los vecinos y los amigos. Peregrinar juntos también ayuda al encuentro entre los diversos sectores y hace sentir que somos un pueblo que camina en esperanza y con una meta común.

28. Peregrinar nos hace más semejantes a Dios que se hizo peregrino por amor a nosotros. Cristo mismo se hace peregrino y camina resucitado entre los pobres, invitando a todos que lo sigan. Con Cristo, que camina con nosotros, aprendemos que peregrinar es un acto de amor a Dios y al prójimo, y que lo primero es él, que nos amó hasta el extremo y nos dio nueva vida. El peregrino participa de la misión de Jesús y de ese modo camina hacia la santidad. Vivirla en la misión lo lleva al corazón del mundo. Por eso, la santidad no es una fuga hacia el intimismo o hacia el individualismo religioso, tampoco un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos y, mucho menos, una fuga de la realidad hacia un mundo exclusivamente espiritual, nos recordó el Papa Benedicto XVI en Aparecida. Peregrinar nos recuerda que la vida es pasajera, que los bienes materiales sirven sólo en cuanto nos ayudan a ser más personas y más amigos con todos; y que el medio ambiente es un lugar que debemos cuidar y cultivar, de modo que sirva y sea apto para el desarrollo integral de las personas y de la comunidad.

29. El peregrino sale de sí mismo, trascendiendo sus propios límites, porque tiene una meta. El Santuario de Itatí es el lugar que mejor simboliza la meta de nuestro peregrinar. Allí el peregrino siente vivamente que su vida no acaba con la muerte. Junto a su Madre se abraza fuertemente a la Cruz de su Hijo y renueva su fe en el único que salva: Jesucristo, vencedor del pecado, de la muerte y el mal. Por eso, en la oración “Tiernísima Madre”, el peregrino suplica que ella atienda sus necesidades; pero, aún más allá de las urgencias que lo afligen, le pide sobre todo que le conceda “un gran amor a su divino Hijo Jesús, y un corazón puro, humilde y prudente, paciencia en la vida, fortaleza en las tentaciones y consuelo en la muerte”. Esa hermosa súplica revela la dignidad y belleza que tiene la condición humana cuando se abre y se deja tocar por el amor de Dios. En esa oración encontramos las palabras justas para expresar nuestra sed de Dios, que queda colmada con el consuelo que pedimos para la hora de nuestra muerte.

30. La gracia del Centenario se manifiesta por un renovado impulso hacia la santidad que el Espíritu del Señor quiere imprimir a nuestra Iglesia diocesana. Ésa es la vocación de la Iglesia y de cada uno de sus hijos. De los que viven en Cristo se espera un testimonio muy creíble de santidad y compromiso. Deseando y procurando esa santidad no vivimos menos, sino mejor, porque cuando Dios pide más es porque está ofreciendo siempre mucho más (cf. Aparecida, 352). Que la celebración del Jubileo despierte en todos aún más esos profundos anhelos de ser más santos, hombres y mujeres que se reconozcan por el testimonio valiente de su fe, por vivir alegres en la esperanza, generosos en la caridad, abiertos y respetuosos con todos. Sintamos en lo más íntimo de nuestro corazón la realidad hermosa de nuestra Iglesia Arquidiocesana de Corrientes. María de Itatí, nuestra tiernísima Madre, nos invita a abrazar de nuevo la Cruz de su Hijo, y sentir en ese abrazo la comunión de tantos hermanos y hermanas, que en el curso de estos primeros cien años han sido testigos fieles del Evangelio y amaron entrañablemente a la Iglesia. En ese abrazo renovemos con Ella la esperanza de encontrarnos un día todos con Cristo en la asamblea festiva y gozosa de los Santos en el cielo.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap, arzobispo de Corrientes

 


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