Lunes, 08 de marzo de 2010

Viacrucis vocacional editado por Comisión  Episcopal de Seminarios y Universidades con motivo del Día del Seminario 2010 por la Fiesta de San José, recibido con los materiales para su celebración el 21 de Marzo.


"La celebración en nuestra Iglesia del Día del Seminario unida a la fiesta de San José coincide siempre que esta jornada se desarrolle dentro del tiempo de la santa Cuaresma. Para todos aquellos grupos y comunidades que se sirven de los materiales que el Día del Seminario edita, os ofrecemos este Vía crucis vocacional para ayudaros en vuestra tarea y apostolado vocacional".

 Objetivo:

- Andar con Jesús el camino de la cruz, intentando experimentar su entrega a los hombres por amor.
- Experimentar nuestra vida como una llamada constante a seguir a Jesús desde la cruz.
- Hacer de este momento una oración a Dios para que surjan vocaciones entregadas a la misión evangelizadora, y dispuestas a entregarse hasta dar la vida. 

Textos tomados del Vía crucis vocacional para jóvenes del Oracional Alzo mi voz a Dios,
Atenas, Madrid 1990

El sacerdote, testigo
de la misericordia de Dios

DÍA DEL SEMINARIO 2010
VÍA CRUCIS
VOCACIONAL

 

Sugerencia o esquema de realización 

- Enunciar cada una de las estaciones.
- Leer el Evangelio.
- Leer la reflexión que aquí aparece.
- Proyectar sobre una pantalla una imagen alusiva a la estación que estamos contemplando/reflexionando.
- Terminar cada estación con un canto meditativo. 

Ambientación 

Seguir a Jesús en su camino hacia el Padre pasa por la cruz. Nos unimos para orar y pedir que nuestro seguimiento sea auténtico y hasta el final, que Dios nos dé la fuerza para llegar hasta la cruz en nuestra fidelidad a su llamada. Lo mismo que Jesús, también nosotros debemos abrazar la cruz en nuestras vidas para así resucitar después con Él y sentir el gozo del que ve que el sufrimiento por amor tiene un sentido. Esta forma se seguir a Jesús debe iluminar nuestro día a día.

Leemos Mc 8, 34-37: «Después Jesús reunió a la gente y a sus discípulos y les dijo: si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la buena noticia, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si pierde su vida? ¿Qué puede dar uno a cambio de su vida?». 

Primera: Jesús es condenado a muerte

Señor, has dicho muy claramente la verdad a todos. Y te han denunciado a las autoridades y las autoridades te han condenado.

No interesan los hombres que dicen la verdad, los que no se dejan comprar con dinero, los que no trafican ni negocian con la vida de los otros. Cada vez que actúe como tú me acusarán, me intentarán quitar de en medio.
Dame fortaleza y valentía para luchar y vivir tu Evangelio. 

Segunda: Jesús con la cruz a cuestas

El que quiera ser discípulo mío, tome su cruz cada día y sígame. Señor, yo quiero ser tu discípulo y quiero cargar con mi cruz, pero me resulta muy difícil, se me hace pesada. Es más cómodo ir tirando, confundirse en la masa, en el grupo, ser uno más. Es más rentable vivir para uno mismo, dejar a los otros con sus problemas. Yo quiero seguirte, pero... Señor, ayúdame cada día a seguir el camino que tú me señalas. 

Tercera: Jesús cae por primera vez

La primera caída. La primera caída tuya, Jesús. No me agrada el que te hayas caído. Me duele recordar mi primera caída. Esa caída, que fue cosa de niños. Esa caída que pensaba que no tenía importancia.

Pero mi primera caída, mi primer despiste, ha dejado huella en mí. La primera caída ha abierto el camino a otra segunda y a otras muchas caídas. Tal vez la primera caída es la más importante: el primer desánimo, el primer desengaño, la primera irresponsabilidad... Líbrame, Jesús, de la primera caída, de la primera deserción. 

Cuarta: Jesús encuentra a su madre

De nuevo con la cruz a cuestas. No puedes fallar, tienes que llegar hasta el final. Te sigue una multitud de curiosos. Algunos quisieran echarte una mano, pero no se atreven. El qué dirán los otros les pesa mucho. Estás solo, completamente solo. Bueno, completamente solo, no; está María, tu madre. Ella, con su corazón dolorido, te sigue de cerca. Vuestras miradas se cruzan. Tu dolor aumenta al ver su dolor. ¿Puedo quedar yo impasible ante tanto dolor, ante tanta injusticia que me rodea? Enséñame, María, a estar al lado de los que sufren, de los más pobres, de los necesitados. 

Quinta: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Temen que no llegues al final. Te ofrecen una ayuda. Tú aceptas la ayuda de Simón de Cirene. Me molesta que hayas aceptado su ayuda. Me siento incómodo, nervioso. ¿No me estarás diciendo que quieres mi ayuda, que deje mis planes, mis proyectos, mis ilusiones y que me fije en esos hombres que no pueden con su cruz, que necesitan a alguien que les ayude a llevar su cruz? No me compliques mi vida, Jesús, déjame en paz, déjame ser uno más. ¿Y los que no tienen paz, los que sufren, los abandonados...? Piénsalo, te necesito y te necesitan.

Sexta: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Por fin una muestra de cariño. La Verónica se adelantó y limpió el rostro de Jesús. ¿Qué hacemos los cristianos con tu imagen, con tu palabra, con tus sacramentos? Desfiguramos tu rostro con nuestras obras, con nuestra manera de vivir. Necesitamos lavar nuestra cara para no ofrecer una mala imagen de discípulo tuyo. Siempre hay algún valiente que se lanza, que no se deja llevar por los otros. Necesitamos cristianos que revelen tu rostro, que te den a conocer a los demás. Perdóname las veces que he sentido vergüenza de conocerte, de ser cristiano. Aleja de nosotros la cobardía. 

Séptima: Jesús cae por segunda vez

Otra vez por tierra. La subida se hace cada vez más pesada. Con esta caída me haces pensar en mi vida: las dificultades, el cansancio, la monotonía, el ir rodando. Me recuerdas mis caídas. No es lo peor el que sean muchas, sino que ya no me sorprenden, porque me he acostumbrado a ellas. Siento, Jesús, mi alma un poco endurecida. No siempre tengo fuerzas para enfrentarme con mi realidad. A veces me desanimo al ver mi vida: pecar, confesar, pecar. Hazme sentir el peso de mis caídas y dame fuerzas para no desanimarme y seguir, porque sé que los hombres me necesitan. 

Octava: Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén

Hay corazones sensibles a los problemas de los demás.  Tus palabras a las mujeres que lloraban me hacen mucho bien: «No lloréis por mí, llorad por vosotras, llorad por vuestros pecados». Tú estabas donde tenías que estar, hacías lo que el Padre te había encomendado. Pero a mí, Señor, me gustan los aplausos, el que los demás se fijen en mí, el que me pasen la mano por el hombro. A veces soy hipócrita, intento hacer ver a los demás que soy mejor de lo que soy. Me siento protagonista y me olvido de los demás. Enfrascado en mis propios problemas, no veo los problemas y necesidades de los demás. Hazme salir de mí mismo. Que al ver los problemas de los hombres piense... 

Novena: Jesús cae por tercera vez

Caes por tercera vez, pero ya estás cerca de la cima. También a ti te han fallado las fuerzas, aunque la cogiste con ganas. Caíste deshecho y roto. Tal vez más deshecho y más roto por la incomprensión, por la soledad, por mi propio egoísmo que por el propio peso de la cruz. De nuevo pienso en mi vida: me quiero valer yo solo, me expongo a muchos peligros, me olvido de rezar, no rindo en mi trabajo, busco el placer y la comodidad, me olvido de los que sufren, de los que lloran, de los que pasan hambre... Reconozco que fallo muchas veces por querer ir solo. Enséñame a rectificar después de mis caídas y dame fuerzas para seguir. 

Décima: Jesús es despojado de sus vestidos

Está claro que no tienes derecho a nada. Todo lo que el Padre te ha dado es para nosotros. Ni siquiera te dejan tus vestidos. Se los reparten. ¡Qué lección de humildad y de generosidad! Ni una muestra de dolor, de desagrado; ni un mal gesto. ¡Qué diferencia, Jesús! A mí me cuesta mucho dar algo mío, aceptar un sacrificio, por pequeño que sea, en favor de los demás. Me pides mis cosas, mi tiempo, mi persona para dársela a los otros. Me rebelo, miro hacia atrás. No me resigno. Enséñame a darme, a ponerme al servicio de los demás. 

Undécima: Jesús es clavado en la cruz

Sólo te queda un poco de vida. La has ido dejando a jirones. Te clavan de pies y manos en la cruz. Rodeado de dos malhechores. Ni siquiera te respetan esos momentos finales. Se siguen riendo, tomándote por loco: ¡Baja de la cruz...! ¡Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen! Nosotros seguimos sin saberlo, porque vivimos como si no lo supiéramos. Me da vergüenza cada vez que analizo mi vida y descubro mi perfecta forma de esquivar las cruces de cada día. Sé que hay muchas en las vidas de los hombres: el hambre, las injusticias, la falta de cultura, el dolor, la enfermedad, el paro, las familias rotas... Pero me quedo con lo que me gusta, con lo que me agrada, busco lo cómodo, el placer. Los demás, que se arreglen. Qué tengo que hacer, Jesús. Dame fuerzas y valentía para llevar mi cruz y ayudar a los hombres a llevar las suyas. 

Duodécima: Jesús muere en la cruz

«Todo está cumplido». «En tus manos encomiendo mi espíritu». Ya no queda nada por hacer. Todo lo has hecho bien. Has cumplido el plan del Padre. Has hecho andar a los cojos, ciegos, sordos... Comprendo que ahora empieza mi tarea. He aprendido la lección: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto». Estoy dispuesto a seguir tus pasos. Que las dificultades, el ambiente, el qué dirán, mis propios fallos, no me dejen tirado en la cuneta. Ayúdame, Señor, a hacerte presente entre los hombres. 

Decimotercera: Jesús cae en los brazos de su madre

María estaba junto a la cruz. Ni un solo momento te abandonó. Entre tanto dolor obtuvo su recompensa: tenerte en sus brazos. Mira cómo te lo hemos dejado. Ni siquiera parece hombre. No ha terminado la pasión de Jesús ni el dolor de María. Sigue mientras existan hombres explotados por otros, mientras reine la injusticia, mientras haya hambre, mientras siga habiendo un solo hombre que sufra en su cuerpo o en su espíritu. No puedo cruzarme de brazos. Debo comprometer mi vida. Dame fuerzas para morir a mis egoísmos, envidias, comodidades, placeres… 

Decimocuarta: Jesús puesto en el sepulcro

Te enterraron en el sepulcro. Algunos pensaban que todo había terminado. Para muchos hombres la muerte es el final, un final irreversible, un problema sin solución, un triste desenlace para una vida salpicada de dolor, de sufrimiento, de angustias. También hoy muchos piensan que estás muerto, que no tienes nada que hacer en este mundo en que los hombres se sienten libres, capaces de montar su vida a su aire, dominadores de los más audaces avances científicos.
Yo sé que vives, que has vencido a la muerte, que ‘has cumplido tu misión y estás a la derecha del Padre, como Señor de la creación.
Quiero ser testigo de tu resurrección, llevar al mundo tu mensaje de salvación, tu victoria sobre el pecado y la muerte. Dame un corazón generoso en el que quepan las necesidades y problemas de los otros. 

Oración final

Terminemos nuestra contemplación del camino de Jesús con una afirmación de fe y agradecimiento. La cruz de Jesús brilla sobre nosotros. La cruz de Jesús es luz y guía para la humanidad entera. La cruz de Jesús despierta conciencias dormidas. La cruz de Jesús es llamada y vocación. La cruz de Jesús nos salva.  

Unidos recemos: Padre Nuestro… 

Señor nuestro Jesucristo: acabo de acompañarte en el camino de la cruz. Para mí, el camino de la cruz es el de cada día. Tú has salvado al mundo por la cruz. Yo quiero ayudarte a salvar el mundo. Madre Dolorosa, ayúdame a cumplir esta promesa que hago a Jesús, tu Hijo, después de rezar hacer este Vía crucis. Y que nunca me abandone el recuerdo de su pasión y muerte, prueba de su inmenso amor por nosotros. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 22:34  | Pastoral Vocacional
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