Lunes, 08 de marzo de 2010

Homilía de monseñor Luis Urbanč, obispo de Catamarca, con ocasión de la misa por los 100 años de la diócesis. (AICA)
 (5 de febrero de 2010)


100 años de la diócesis de catamarca 

Queridos hermanos:

Nos hemos congregado en la Catedral Basílica, junto a nuestra Madre del Valle, para dar gracias por los 100 años de nuestra Iglesia diocesana.

A todos: sacerdotes, consagrados, seminaristas y laicos les agradezco de corazón que se encuentren hoy aquí para celebrar esta Santa Misa de alabanza a Dios por su infinita bondad para con su pueblo, puesto que hace exactamente 100 años inspiró a SS Pío X para que erigiera esta Diócesis y así los hombres y mujeres de este suelo pudieran ser atendidos más solícitamente en su peregrinar hacia el cielo y orientados en su compromiso terrenal.

Nuestros antepasados pudieron escuchar al profeta que les decía: “¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria del Señor sobre ti ha amanecido!...Alza los ojos y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos y tus hijas son llevadas en brazos.

No nos quepa la menor duda que esta realidad ha ido creciendo a lo largo de estos cien años. Cada año lo constatamos con ocasión de las fiestas en honor a nuestra Señora Tutelar, la Virgen del Valle. ¡Cómo no cantar y alabar al Señor por su bondad, su fidelidad, su amor y su inconmovible presencia en medio nuestro! ¡Qué triste si hay pocos o muchos que nos pudieran objetar que todo esto es una fantasía! Eso nos apremiaría a redoblar los esfuerzos evangelizadores a fin de que nadie en nuestra diócesis se sintiera extraño en medio de tantas bendiciones del Señor.

Esta jurisdicción eclesiástica, que sociológicamente vista es fruto de una división, sin embargo, es la más fiel muestra de la unidad de toda la Iglesia. Toda la única Iglesia de Jesucristo acontece en esta Iglesia particular. Ella ha sido creada, en la providencia de Dios, para vivir y testimoniar el objeto central de la oración sacerdotal de Jesús: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros”. La Iglesia es misterio de Comunión a ejemplo de la Trinidad divina. La Iglesia es misterio de unidad en la diversidad. La Iglesia, Esposa o Cuerpo Místico de Jesucristo, es una, santa, católica y apostólica. Para que la Iglesia subsista debe haber bautizados orgánicamente unidos, guiados por un pastor, iluminados por la Palabra de Dios, fortalecidos por los Sacramentos y animados por la Caridad, teniendo como fuente y cumbre de su vida la Eucaristía. Todo esto lo tenemos desde hace cien años por libérrima voluntad de Dios.

En su oración Jesús pide a su Padre que nos ‘santifique en la Verdad’, es decir, en su Hijo eterno y encarnado, por eso dice: ‘tu PALABRA es Verdad. Jesucristo es la Verdad que ilumina a todo hombre. Nuestra diócesis está al servicio de esta Verdad y debe anunciar creíblemente esta Verdad. Sólo esta Verdad nos hace libres; libres para ser amados y para amar. María, nuestra Madre, es la Madre de la Verdad.

Desde hace 100 años hemos recibido la inexcusable, indelegable e impostergable misión de hacer conocer al mundo a quien es el fundamento de todo cuanto existe, visible o invisible: Jesucristo de Nazaret, el Señor. Por esto también oró Jesús al Padre: ‘Como Tú me has enviado, Yo también los he enviado…conságralos a esta Verdad’. Nuestra gran Verdad es Evangelizar: ser ‘discípulos-misioneros’. San Pablo lo entendió muy bien cuando a los Corintios les decía: ‘Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria, es más bien un deber que me incumbe. Y, ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!’ (1Cor 9,16).

El Señor ora no sólo por los agentes cualificados de la evangelización, sino por todos aquellos que van a creer por el ejemplo y la palabra de éstos, ‘a fin de que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, de modo que el mundo crea que Tú me has enviado’. Esta unidad de sus ‘discípulos – misioneros’ no la quiere a medias, sino plena, de allí que insiste: ‘Yo les he dado la gloria que Tú me diste para que sean uno como nosotros somos uno…para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que Tú me has enviado y que los has amado como me has amado a Mí’.

No sólo el Señor oró a su Padre por nosotros, sino que nos dejó a su Madre como nuestra Madre para que nos ayude a cumplir nuestra misión, para que nos reconforte en nuestras fatigas, penas y fracasos, para que nos enseñe a suplicar con humildad la gracia de la fidelidad y perseverancia en el buen obrar y para que nos congratulemos en hacer siempre la voluntad de Dios con actitud de servidores.

En la Carta pastoral, nº7, les decía que: ‘Si bien, el Jubileo, con ocasión del Centenario, nos hace pensar en festejos, que debe haberlos, no obstante necesitamos, sobre todo, hacer un profundo examen de conciencia, personal y colectivo, para animarnos al arrepentimiento y a la penitencia por nuestros innumerables y gravísimos pecados, tanto de obra como de omisión’, por eso, en esta celebración pediremos al Señor la gracia de reconocer las luces y sombras de nuestro obrar personal y comunitario, a fin de agradecer los frutos, de pedir perdón por las faltas y omisiones y de reparar los daños con un renovado ardor misionero.

No dudemos en acudir a María, pues jamás se oyó decir que quien a Ella haya recurrido fuese desoído.  ¡Nuestra Señora del Valle, ruega por nosotros!

Mons. Luis Urbanc, obispo de Catamarca 


Publicado por verdenaranja @ 22:49  | Homil?as
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