Mi?rcoles, 10 de marzo de 2010

Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata y miembro de CEMIN en la misa de clausura del Encuentro Nacional de Formadores de Seminarios. (AICA)
(San Miguel de Tucumán, 5 de febrero de 2010)
 

"TE RECOMIENDO QUE REAVIVES EL DON DE Dios"  

Al término de este Encuentro Nacional de Formadores de Seminarios, en nuestra Eucaristía se destaca más especialmente su dimensión intrínseca de acción de gracias. A nadie se le escapa la trascendencia que tiene este acontecimiento anual dentro de la Iglesia argentina. Se trata de un encuentro fraterno y enriquecedor, donde se va componiendo, como en un mosaico de muchas piezas, de manera lenta y laboriosa, la imagen ideal del pastor y ministro de la Iglesia que deseamos ver encarnada en los futuros presbíteros. Nos sostiene la esperanza, nos enriquece la fraternidad, y con María imploramos el Espíritu.

La formación del clero, como nos lo enseñaba el documento Optatam totius desde sus primeras palabras, figura entre las primeras preocupaciones de la Iglesia, pues “la ansiada renovación de la toda Iglesia (optatam totius Ecclesiae renovationem) depende en gran medida del ministerio de los sacerdotes” (OT 1).

Porque sabemos que no quedan infecundos los esfuerzos de tantos presbíteros servidores de nuestros Seminarios, sino que la comunicación de nuestras experiencias y dificultades siempre nos ofrece un poco más de luz o un fuerte estímulo para seguir buscando; porque sentimos el gozo del encuentro eclesial en la comunión de muchos hermanos, distintos y unidos en torno a la misma mesa eucarística; porque creemos firmemente que nuestro Señor Jesucristo, conforme a su promesa, no nos deja solos sino que siempre nos acompaña y hace fructificar nuestro trabajo en la medida de nuestra fe…por todo esto, elevamos una ferviente acción de gracias.

Esta imagen ideal de pastores según el Corazón de Cristo, estos Seminarios soñados como “continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús” (PDV 60), y como “una comunidad eclesial educativa” (PDV 61), sólo podrán hacerse realidad en el encuentro vital de dos perspectivas: por un lado, el ministerio del presbítero tal como quedó delineado en los primeros siglos por los Padres de la Iglesia, dando forma a la intención profunda del mismo Cristo; y por otro lado, la conciencia lúcida de los condicionamientos mentales que impone la cultura contemporánea, con sus oportunidades y sus desvalores.

Desde hace cuarenta y cinco años, la Iglesia viene sufriendo dolores como de parto, por ver mejor configurada la imagen individual y comunitaria del presbítero buen pastor que nuestros tiempos reclaman. Seguimos buscando, seguimos implorando y mantenemos viva nuestra esperanza.

En la Eucaristía damos gracias y al mismo tiempo pedimos con insistencia la abundancia de la gracia divina. La Eucaristía es, ante todo, acción de la gracia del Padre que pone en manos de la Iglesia el sacrificio de su Hijo, el supremo acto de amor de Cristo al Padre por nosotros, para que nosotros, en el mismo Espíritu se lo ofrezcamos como nuestro propio.

Ella es la escuela cotidiana donde asimilamos el Evangelio. La doxología que cierra la Plegaria Eucarística nos debe recordar siempre su estructura esencial y debe inspirar siempre la actitud espiritual con que la celebramos: “Por Cristo, con Él y en Él… al Padre… en la unidad del Espíritu Santo”. El centro, por tanto, de toda Eucaristía, es Dios, la Trinidad Santísima; el centro es Cristo, y por Él y en Él, nos introducimos en nuestra identidad profunda de hijos y hermanos. Esto equivale a decir que el centro no es la Iglesia que se autocelebra, no somos nosotros, sino que nos encontramos a nosotros mismos, y realizamos nuestra unidad, cuando nos perdemos en la alabanza de la gloria de su gracia.

En la Eucaristía se inspira y de ella toma fuerza nuestra oración personal y comunitaria. Ella nos educa en el servicio, pues nos recuerda la última cena del Señor. Entonces, aquél ante quien “toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en los abismos” (Flp 2,10), se anticipó a doblar sus propias rodillas para lavar los pies de sus discípulos a quienes eleva y llama a la intimidad de amigos. Pienso que no nos alcanzará la vida para entender con la mente y el corazón, superando toda retórica, esta revelación de la grandeza de su amor divino expresado en forma tan humana.

Hoy la liturgia nos hizo oír el elogio que el libro del Eclesiástico compone sobre la figura de David. En términos muy positivos aparecen sus sentimientos religiosos y su fidelidad fundamental a la Alianza. Sabemos por la misma Palabra de Dios, que la grandeza objetiva de este hombre, llamado a grandes destinos en la historia sagrada de Israel, no le viene en primer lugar de su propia virtud ni de su generosidad, sino de una gratuita elección y de la generosidad del beneplácito divino. Su nombre perdurará en los siglos de esa historia, como signo de la irrevocable promesa de Dios: “yo elevaré después de ti a uno de tus descendientes, a uno que saldrá de tus entrañas y afianzaré su realeza” (2Sam 7,12); y también, como se lee en el evangelio de la Anunciación: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob para siempre” (Lc 1,32-33).

Jesús no desdeña ser llamado “Hijo de David” por el ciego del camino (Mc 10,47), y el domingo de su entrada en la ciudad santa de Jerusalén así lo aclamará la multitud: “Hosanna al hijo de David” (Mt 21,9). Pero sabemos que David fue un hombre muy débil y hasta cruel por momentos. Lo cual puede recordarnos en este año sacerdotal aquella enseñanza del Apóstol San Pablo referida a la vocación apostólica: “Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se vea que este poder extraordinario no procede de nosotros sino de Dios” (2Cor 4,7). El carácter y la potestad conferidos en el orden sagrado, no nos convierten en super-cristianos, sino que nos constituyen como ministros portadores de gracia, más allá de nuestra santidad y de nuestros méritos. El sello o carácter no podrá nunca perderse, ni crecer ni decrecer. Pero existe indeleble en nosotros como un reproche que llama a la santidad del que es su portador. Lo que sí puede aumentar o disminuir y hasta perderse, es la gracia recibida. Por eso, será bueno recordar siempre la exhortación del Apóstol, que es también el mejor texto inspirador para la formación permanente: “Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos” (2Tim 1,6).

La liturgia nos presenta hoy también la figura martirial de San Juan el Bautista. Herodes lo escuchaba con agrado, no obstante lo cual terminó cortándole la cabeza.  Celebramos, además, la memoria de la virgen y mártir Santa Águeda. Ambas figuras nos recuerdan que el testimonio sobre la verdad es la vocación profunda de la Iglesia y puede terminar mal. En todo caso, siempre es incómodo y puede ser muy insalubre. Nos lo ha anunciado Jesús: “A causa de mí serán llevados ante gobernadores y reyes para dar testimonio delante de ellos y de los paganos … Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,18.22). Y también: “Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya, pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia” (Jn 15,19).

Una pregunta obligada para los formadores de Seminarios debería ser siempre ésta: si estamos formando para lo arduo, o sea para ir en sentido contrario a la gran corriente del mundo, o si acaso no estaremos veladamente favoreciendo una espiritualidad edulcorada, que ignora la cruz y la paradoja del cristianismo, la lógica de la pequeñez del grano de mostaza y la fecundidad de la muerte del grano de trigo.

Si la inserción del Evangelio en el corazón profundo de la cultura circundante es una ley intrínseca al mensaje universal de Cristo, no olvidamos por ello que la fidelidad al Maestro y a la verdad objetiva, puede convertirnos, en un sentido, en contra-culturales. Así nos lo demuestran las generaciones de mártires desde los primeros siglos hasta la actualidad.

Deseo, por último, recordar el aniversario de la partida de una gran figura eclesial. Hace doce años, en un día como hoy, dejaba este mundo el querido cardenal Pironio. Imposible olvidar su paso por el Seminario de Buenos Aires durante los tres años en que lo tuvimos como Rector. Imborrable el recuerdo que dejó en el CELAM como Secretario general y luego como Presidente, creando siempre un oasis de Evangelio y de amor a la Iglesia, en medio de agrios debates y discusiones. El ejemplo de su vida y la luz de sus escritos impregnados de sólida teología y de profunda experiencia espiritual, quedarán como faro orientador para las generaciones venideras. Tenemos allí mucha riqueza para seguir espigando. No menos imborrable fue su paso por la Curia Romana, como Prefecto de la Congregación de Religiosos, en tiempos de gran oscuridad, y su trabajo a favor de los laicos al frente del respectivo dicasterio.

De este siervo de Dios, podemos decir que fue el hombre de todos y de ninguno. Su plena pertenencia a Cristo y su incondicional fidelidad a la Iglesia lo volvieron muy libre. Todos podían sentirse a gusto con él, no porque fuese un fácil componedor, sino porque la gracia lo había vuelto acogedor y pobre. Por eso pudo acuñar esta frase: “pobre es aquél con quien los demás pueden sentirse a gusto”. Si alguien pretendiera encerrarlo en los estrechos moldes de sus propias opciones, se expondría fácilmente al ridículo.

Al término de este Encuentro, nuestra gratitud se dirige a la OSAR por sus esfuerzos organizativos y de un modo especial a los miembros de este querido Seminario, que con el respaldo de nuestro querido hermano, el arzobispo Luis Villalba, y la activa solicitud y caridad del Rector, de los formadores y de los seminaristas, se han desvelado para que nos sintiéramos muy bien recibidos. Que a todos la Virgen Santísima bajo la advocación de la Merced, y San José su esposo, bajo cuyo patrocinio vive y respira este Seminario, les concedan por su intercesión la gracia de la fidelidad y el gozo en la misión. 

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata 


Publicado por verdenaranja @ 22:15  | Homil?as
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