Domingo, 21 de marzo de 2010

Comentario al evangelio del domingo quinto de Cuaresma – C, publicado en el Diario de Avisos el domingo 21 de Marzo de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.  

Ley del embudo

Daniel Padilla

Las adúlteras deben ser apedreadas, según la ley. Es así que esta mujer ha sido sorprendida en adulterio. Luego debe ser apedreada. Así razonaban los escribas y fariseos, es decir, los sabios y perfectos del tiempo de Jesús. Y así razonan "los sabios y los perfectos" de todos los tiempos, incluidos nosotros. En nombre de un rigorismo dialéctico y de una aplicación literalista de la ley, se han llevado a cabo infinidad de acciones que, luego, con la perspectiva de la histo­ria, vemos que han sido verdaderas barbaridades e injusticias. Y, sin embargo, filosóficamente hablando, nadie podría rebatir a aquellos fariseos. Se trata de un silogismo perfecto, sin vuelta de hoja. Cualquier profesor de lógica daría un sobresaliente al alumno que así razonara. Pero, claro, Jesús no vino a la tierra a implantar una academia de filósofos, una cátedra de lógica. El vino a crear una escuela de humanidad. No trata de ense­ñarnos a argumentar con los silogismos del pensamiento, sino con los del cora­zón. Y así, más que enseñarnos a juzgar para condenar, lo que quería era acos­tumbrarnos a comprender para poder perdonar. Primero, comprender. He aquí un verbo al que hacemos poco caso los mortales y que, sin embargo, debería ser básico antes de nuestros juicios. Cambia­rían notablemente nuestras conclusiones finales. En el caso concreto que nos ocupa, ¿piensan que aquella mujer se lanzó al adulterio, así, de repente? Antes de coger nuestras piedras, deberíamos estudiar muy a fondo los prolegómenos de su acción. Seguramente nos encontra­ríamos con muchos detalles que nos harían pensar. ¡Que sé yo! Por ejemplo, que pudo tener una infancia muy olvi­dada y desasistida, muy menesterosa de un afecto que nadie le dio. Acaso nunca nadie le prestó atención. Quizá luego, cuando llegó a la edad de la curiosidad y de los sueños, y de las ilusiones, todos vie­ron en ella, incluido su marido, un oscuro objeto de deseo, más que un claro sujeto del amor, que es lo que ella añoraba. Lo repito, ¡que sé yo! Pero sí sé que, si todos tratáramos de comprender, no la conde­naríamos, sino que haríamos lo que sugi­rió Jesús. Mirarnos a nosotros mismos. Ese es el argumento que él empleó. Si, en vez de mirar a ella, nos miráramos a nos­otros mismos, encontraremos segura­mente motivos para ser lapidados: "El que de ustedes esté sin pecado, que tire la primera piedra". Es verdad. Todos, de hecho, o de deseo, solemos ser adúlteros, y lascivos y profanadores, más o menos camuflados. Lo que nos pasa es que somos muy hábiles en emplear la ley del embudo. Para juzgarnos a nosotros mis­mos, utilizamos ese hueco ancho de la copa, en el que cabemos nosotros, con todas nuestras oscuridades e hipocresías. Y para juzgar a los demás, utilizamos ese cilindro largo y estrecho en el que es muy difícil entrar y más difícil pasar. Y eso, amigos, es mucha ganga. En vez del embudo, deberíamos usar unos prismáti­cos para enfocar las acciones del prójimo. Pero colocándonoslos del revés. Se ven las cosas muy pequeñitas. Parecen motas. De aquellas motas en las que dijo Jesús que solemos fijarnos demasiado.


Publicado por verdenaranja @ 9:40  | Espiritualidad
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