Lunes, 22 de marzo de 2010

 Carta pastoral de monseñor Carlos María Franzini, obispo de Rafaela. (AICA)
(Cuaresma 2010)
        

CINCUENTA AÑOS DE VIDA DIOCESANA
EN CLAVE DE MISIÓN
(Orientaciones pastorales para el próximo trienio) 

“…De esta manera, nuestra Iglesia diocesana será fiel a su vocación más profunda: ser memoria, presencia y profecía del que dice “…Yo hago nuevas todas las cosas…” (Ap  21,5). A nosotros nos toca ayudarnos en este camino pastoral para discernir “…lo que el Espíritu dice a las Iglesias…” (Ap 2,7) y, con actitud dócil y disponible, ponernos a trabajar responsablemente en la misión que hemos recibido: “…dar testimonio de la Buena Noticia de la Gracia de Dios…” (Hch 20,24). Se trata de una tarea fascinante y comprometedora, de la que nadie puede excusarse. Todos somos necesarios en la misión y cada uno tiene un lugar irremplazable. Es el mismo Señor Resucitado que –como a los Apóstoles- nos dice a nosotros: “…Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo…” (Mt 28, 19-20)[1] 

Queridos hermanos:

1. Con esta cita de mi última Carta Pastoral quiero retomar nuestro diálogo para seguir avanzando en el camino que juntos venimos recorriendo como Iglesia particular de Rafaela. El mandato misionero de Jesús a los Apóstoles sigue resonando entre nosotros, actualizado ahora por la fuerte experiencia de comunión vivida en la Asamblea Diocesana que celebramos en el pasado mes de octubre. En ella volvimos a reconocer la presencia del Resucitado entre nosotros que nos convoca, nos hace Iglesia y nos  envía para ser testigos y servidores suyos en las diferentes realidades de nuestra Diócesis, como nos habíamos propuesto en la anterior Asamblea.

2. Con la Asamblea de octubre hemos comenzado una nueva etapa en el camino pastoral de esta joven Iglesia que está por celebrar sus primeros cincuenta años de vida. Y la mejor manera de hacerlo será renovando nuestra vocación de discípulos-misioneros porque  “…conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y nuestras obras es nuestro gozo…”[2], como nos recuerdan los obispos latinoamericanos en Aparecida.

3. El cincuentenario de la diócesis nos debería encontrar en una renovada movilización espiritual que nos permita vivirlo en clave de misión. Será, además, nuestro modesto pero específico y eficaz aporte a la celebración del bicentenario de la Patria que también celebramos en estos años. En la preparación a la última Asamblea recordamos nuestra vocación a la profecía misionera y solidaria y al discernir los nuevos desafíos pastorales reconocimos que necesitamos ir al encuentro de realidades que nos cuestionan y piden respuesta. Así fueron surgiendo los objetivos que parecieron más adecuados y que ahora les propongo a través de esta Carta Pastoral. Ellos orientarán nuestro camino pastoral que en este trienio estará inevitablemente signado por la celebración jubilar que queremos vivir con verdadera gratitud y mística misionera.

4. El discernimiento hecho en la preparación a la Asamblea nos confirmó que los desafíos pastorales que habíamos señalado para el anterior período seguían vigentes y, en cierta medida, aún más desafiantes. Ello hizo que a la hora de formular el objetivo general y los objetivos específicos para este nuevo período insistiéramos en algunas ideas sobre las que veníamos trabajando pero poniendo algunas acentuaciones y matices propios de esta nueva etapa de la vida diocesana. Al mismo tiempo la celebración de los cincuenta años de la diócesis y el bicentenario de nuestra Patria le dan un marco histórico peculiar a este período que iniciamos con la Asamblea y que no podemos dejar de tener en cuenta. Es en esta perspectiva de continuidad y renovación que debemos encarar la nueva etapa para vivir con más hondura y compromiso nuestra comunión misionera. Para ello nos ayudará tener siempre en el horizonte personal y comunitario el objetivo general que habrá de guiarnos en el próximo trienio: 

AFIANZAR EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO
PRESENTE EN LA PALABRA, LA EUCARISTÍA Y LOS HERMANOS
PARA CELEBRAR LOS 50 AÑOS DE LA DIÓCESIS
COMO DISCÍPULOS MISIONEROS EN UNA IGLESIA ABIERTA Y SOLIDARIA
 

5. Este objetivo quiere darnos la “mística” de nuestro camino pastoral, el ideal hacia el que orientamos todos nuestros esfuerzos, el “tono” con el que queremos caminar como Iglesia. Hablamos de afianzar el encuentro con Jesucristo porque en realidad ya nos hemos encontrado con Él; es este encuentro el que da sentido a nuestra vida cristiana y por el cual formamos parte de su comunidad de discípulos-misioneros. Sin embargo -como sucede en todo encuentro entre personas- se trata de algo ya dado que necesita crecer constantemente para ser auténtico y no morir. A nadie se le ocurriría pensar en un amigo sin querer profundizar cada día más en esa amistad. Así también sucede con el Señor que nos dice a nosotros como a los Apóstoles: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre…” (Jn 15, 14-15). Se trata, por tanto, de afianzar cada día más el encuentro con Jesucristo, amigo que no falla, como decía Santa Teresa de Ávila. Es el programa, el objetivo permanente de la Iglesia, como nos enseñaba Juan Pablo II al inicio del nuevo milenio[3]. En otras palabras, hemos de sabernos y sentirnos destinatarios primeros y privilegiados de esta gran misión. Lo debemos reconocer, hay ámbitos de nuestra vida y de nuestro corazón donde la presencia amiga de Jesús aún no ha podido llegar. No hay gesta misionera posible si no somos misionados por Jesús.

6. Pero el encuentro con Jesucristo se verifica auténtico sólo en la medida de nuestra apertura a la misión. Toda amistad verdadera no encierra a los amigos en ellos mismos; eso sería un “egoísmo de a dos”. La amistad, cuando es madura, nos hace más generosos y disponibles, más capaces de salir de nosotros mismos para compartir la vida con los demás. Así también al afianzar nuestro encuentro con Jesucristo hemos de ir creciendo en nuestra apertura y disponibilidad para la misión y el servicio. Tenemos que desconfiar de una espiritualidad intimista y cerrada que sólo  nos hace girar sobre nosotros mismos. Esta es una tentación que nos acecha tanto a las personas como a las comunidades. Por ello también nos proponemos crecer como discípulos-misioneros para ir construyendo, guiados por el Espíritu, una Iglesia abierta y solidaria. Es decir una Iglesia consciente de que su vocación y dicha más profunda es la evangelización; una Iglesia que no es “autoreferencial” ni narcisista; una Iglesia que si bien no es del mundo está en el mundo, lo ama y se sabe enviada a él para ofrecerle la Buena Nueva de la alegría y la esperanza. Una Iglesia, por tanto, llamada a dialogar con todos, a acoger a todos los que se acerquen con corazón disponible, a buscar y servir a todos pero especialmente a los pobres, débiles y sufrientes, que son los predilectos del Señor.

7. Precisamente esta disposición de apertura y solidaridad es lo que buscamos concretar con los objetivos específicos, con los que queremos responder a los desafíos que oportunamente discernimos como más urgentes en nuestra realidad diocesana. Seguramente hay otros desafíos y realidades que nos preocupan y a los que nos gustaría responder. Sin embargo hemos señalado algunos para destacarlos e intentar dar respuestas en las que cada comunidad podrá volcar su ingenio y creatividad pastoral.

8. En este camino nos encontramos con otras Iglesias de Argentina y de América Latina que también inspiradas en el acontecimiento de Aparecida se proponen llevar adelante una Misión Continental. Hace pocos meses los obispos argentinos señalamos con referencia a este tema: “…hablar de Misión Continental es decir al mismo tiempo dos cosas: trabajar en una conversión pastoral que lleve a un estado de misión permanente, a partir de la pastoral ordinaria, y realizar misiones organizadas que encarnen y hagan visible este renovado estilo misionero. Esto permite que cada Iglesia particular pueda adecuar su camino misionero vinculándolo con las prioridades pastorales que se vienen trabajando. Así la misión no aparece como punto de partida sin tener en cuenta el camino anterior, sino que viene a potenciar y renovar lo que se está haciendo…”[4]

9. Y también hemos querido señalar el nuevo “estilo” que ha de caracterizar la misión: “…la gran “conversión pastoral” pasa por el modo de relacionarse con los demás. Es un tema “relacional”. Importa el vínculo que se crea, que permite transmitir “actitudes” evangélicas. Como Jesús en el encuentro con el ciego de Jericó, que lo llamó, le abrió un espacio para que compartiera su dolor, le devolvió la vista, y así finalmente, en un vínculo nuevo, el ciego “lo siguió por el camino” (cfr. Mc 10, 46 – 52)…”[5] Y un poco más adelante: “…La misión lleva al encuentro personal para transmitir a Cristo. La misión es relación, es vínculo. No hay misión si no me relaciono con el prójimo. La misión necesita de la cercanía cordial. Y el desafío, desde esta cercanía, es llegar a todos sin excluir a nadie…” [6]

10. Así, ante la creciente crisis de la familia y de la misma institución familiar, hemos vuelto a proponernos el gozoso anuncio del evangelio de la familia ofreciéndolo como un invalorable servicio para afianzar esta institución básica de la Iglesia y de la sociedad. Para ello queremos: 

Promover una pastoral que salga al encuentro de todas las realidades familiares
para que la familia cumpla su misión de Iglesia Doméstica,
como primera educadora de la fe y los valores
 

11. No es éste el lugar ni el momento para volver a describir las muchas manifestaciones de la crisis que la familia está atravesando. Se trata de una crisis amplia y profunda que golpea duramente la vida de la Iglesia y de la sociedad. Sus causas son variadas y sus consecuencias son muy graves; todos sentimos que de alguna manera somos afectados por esta crisis. Frente a ello no hemos de permanecer indiferentes o perplejos; mucho menos quejosos o nostálgicos de tiempos idos, supuestamente mejores.  Como Iglesia, la familia de los hijos de Dios, tenemos una gran experiencia de la riqueza de la institución familiar: creemos en un Dios que es familia-comunión y que se encarnó en el seno de una familia; reconocemos el testimonio de multitud de santos y santas que han vivido la experiencia fecunda de la vida familiar;  contamos con abundante doctrina sobre la familia, fundada en la Palabra de Dios y en la Tradición de la Iglesia; hemos experimentado distintas expresiones de la pastoral familiar de nuestras parroquias y movimientos; y, de manera particular, en la inmensa mayoría de los casos hemos recibido y madurado nuestra fe en el marco de la vida familiar.

12. Con este rico “bagaje” que nos permite apreciar y disfrutar la alegría de ser familia es que hemos de encarar una misión familiar, que sea un sencillo pero eficaz aporte para responder a este desafío.  Empezando por la catequesis familiar que tanto bien ha hecho y tanto ha contribuido a la renovación de las familias y de las comunidades cristianas en las últimas décadas. El ingenio misionero debería llevarnos a encontrar nuevas modalidades, adaptadas a los nuevos tiempos, pero rescatando  el valor permanente del espacio familiar como primera “comunidad eclesial” que evangeliza a sus propios miembros. La renovación de la iniciación cristiana no debería soslayar el lugar irremplazable de la familia en el itinerario catecumenal, si queremos que sea sólido y perseverante. La pastoral bautismal será también un privilegiado espacio misionero para afianzar la vida familiar desde los compromisos que se siguen de recibir y transmitir la fe. La preparación al sacramento del matrimonio, el acompañamiento a las jóvenes parejas, la contención de los matrimonios con dificultades y los espacios eclesiales adecuados para distintas realidades familiares, son todas realizaciones que ya se dan entre nosotros y que –sostenidas con empeño y creatividad- podrán ir dando respuestas a los crecientes desafíos que se presentan a las familias. Pero al mismo tiempo este empeño sostenido nos irá ayudando a encontrar nuevas respuestas, desprendiéndonos de cuanto ya no sirve pero ofreciendo caminos alternativos que revitalicen la pastoral familiar dándole un estilo claramente misionero. A este valioso itinerario de nuestra pastoral ordinaria deberíamos acompañarlo con acciones misioneras puntuales destinadas a la familia, que nos estimulen y hagan más palpable el estilo misionero que nos proponemos.

13. De esta manera una pastoral familiar vigorosa y consistente ofrecerá también un invalorable aporte al bien común de la Patria. Los valores fundamentales de la convivencia ciudadana se aprenden en la familia: el diálogo y el respeto; el servicio y la solidaridad; el amor a la verdad y la justicia; el perdón y la tolerancia; el sentido de responsabilidad y el espíritu de trabajo son todos valores que se reciben en la vida familiar, cuando es sana y equilibrada. Una pastoral familiar lograda es promotora no sólo de buenos cristianos sino también de personas maduras y equilibradas y de ciudadanos comprometidos.

14. Íntimamente ligada a la crisis de la familia está una realidad juvenil cada vez más desafiante, según formulamos nuestro segundo desafío pastoral para este trienio. Las muchas y serias respuestas pastorales que hemos venido dando tanto a nivel parroquial como diocesano no llegan a contener una realidad que nos desborda y nos llena de interrogantes. Sin embargo no nos desanimamos, seguros de tener también hoy respuesta para las búsquedas sinceras de los jóvenes. Estamos convencidos que el Evangelio sigue siendo capaz de cautivar a los jóvenes de hoy, como lo ha sido desde hace veinte siglos, aunque haya muchos que –como el joven rico- no estén dispuestos a seguir a Jesús que los mira con amor y les propone un camino exigente. La gran tarea que nos toca a nosotros es precisamente transparentar el rostro manso y provocativo del Señor que llama, invita y cuestiona. Por ello nos proponemos: 

Salir al encuentro de los jóvenes en sus propios espacios,
 favoreciendo el encuentro con Cristo,
para que descubran, acepten y vivan el proyecto de Dios
 desde una comunidad eclesial que los integre y acompañe
 

15. Fieles a una larga tradición pastoral de esta Iglesia diocesana queremos salir al encuentro de los jóvenes y para ello queremos buscarlos allí donde se encuentran, como hacía Jesús y como hizo San Pablo. La misión joven para estos años deberá llevarnos a los nuevos “areópagos” en los que se desarrolla la cultura juvenil: los ámbitos de estudio (escuela, universidad) y de trabajo (campo, taller, fábrica); los lugares de esparcimiento y recreación; el deporte, la actividad política o gremial; los medios de comunicación y el arte, son todos espacios donde se vive y expresa la cultura juvenil que necesita ser iluminada y enriquecida con los valores del Evangelio. Pero más aún, la misión nos empuja a buscar al joven que ha quedado al margen del camino, víctima de la desocupación, el alcohol, la droga y otras formas de exclusión social.  No se trata, por tanto, de esperar que los jóvenes vengan a nosotros. Más bien hay que ir a su encuentro con amor perseverante y paciente, ofreciéndoles el Evangelio y la posibilidad de encontrarse con Jesús para que puedan dar así “un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva…”[7].

16. Como nos recuerdan los obispos en Aparecida los jóvenes “…no temen el sacrificio ni la entrega de la propia vida, pero sí una vida sin sentido…”[8]. Por ello una pastoral juvenil auténticamente misionera les ayudará a descubrir a Jesús como Aquél que llena de sentido sus vidas, haciéndolas generosas y fecundas; además les dará la posibilidad de descubrir su mirada tierna y comprometedora que los llama y cuenta con ellos; y también les ofrecerá un camino cierto y posible de felicidad, esa felicidad que buscan apasionadamente y que sólo Jesús puede darles.

17. En este sentido una pastoral juvenil misionera debe ser necesariamente vivida en clave vocacional. La juventud es la etapa de las búsquedas y definiciones sobre el rumbo que la persona quiere dar a su vida. Es la etapa en la que se hace particularmente clara la llamada a un proyecto de vida pensado por Dios para cada uno desde toda la eternidad. Es la etapa en la que se descubre que la vida se la “gana” dándola al servicio de Dios y de los demás. Es la etapa donde descubrimos que sólo saliendo de nosotros mismos podemos ser verdaderamente maduros y felices. Por eso la pastoral juvenil deberá ayudar a los jóvenes a reconocer la invitación que Jesús le hace a cada uno para la vida matrimonial o la vida consagrada; para una actividad profesional o laboral determinada; para el servicio y el compromiso en la construcción de una sociedad más justa y solidaria… En definitiva les ayudará a descubrir que sólo se realizarán como personas y serán auténticamente felices si se insertan el proyecto amoroso de Dios para la salvación de todos los hombres.

18. Para esto los jóvenes necesitan del compromiso y la respuesta de toda la comunidad eclesial que los integre y acompañe. La pastoral juvenil no es sólo “cuestión de los jóvenes” sino de todos los miembros de la comunidad, cada uno según su lugar y responsabilidad en ella. En primer lugar de los pastores, pero también de los demás agentes pastorales, cada uno según sus carismas y posibilidades, pero todos igualmente comprometidos e interesados por este objetivo, que es de todos. Si realmente estamos preocupados por una realidad juvenil cada vez más desafiante, todos debemos sentirnos  estimulados a ir buscando, con la ayuda de Dios, las respuestas nuevas y creativas que estamos necesitando. También para cumplir con este objetivo nos ayudará acompañar la pastoral juvenil ordinaria con experiencias misioneras dirigidas a las realidades juveniles más significativas de nuestro extenso territorio diocesano.

19. Así todo nuestro camino pastoral diocesano nos lleva a volver a constatar la necesidad de una vida cristiana cada vez más vigorosa para poder responder a la insistente llamada a la misión que el Señor nos sigue haciendo. Por ello nos proponemos: 

Fomentar la participación plena y activa de los bautizados
 en la eucaristía y la comunidad eclesial
para impulsar la vida sacramental, el espíritu misionero,
el amor a los más pobres y la búsqueda constante
del bien común

 

20. Como nos enseñan el Evangelio y muchos santos a lo largo de los siglos, la genuina espiritualidad no se verifica tanto en sensaciones subjetivas o experiencias interiores cuanto en un estilo de vida caracterizado por la disponibilidad a la voluntad de Dios y el servicio a los hermanos, sobretodo a los más pobres. Una hermosa página del Papa Benedicto XVI es el mejor fundamento y comentario a este objetivo específico: “…en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento…Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo « piadoso » y cumplir con mis « deberes religiosos », se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación « correcta », pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama. Los Santos —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta— han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero…[9]

21. La prueba más contundente de que hemos afianzado nuestro encuentro con Jesucristo y el parámetro más concreto para evaluarnos será la misión solidaria que hemos de encarar como fruto y expresión de nuestro camino pastoral. Una vez más la enseñanza del Señor en el Evangelio (Mt 25, 31-46) ha de marcar toda nuestra vida cristiana y nuestra práctica pastoral. El cincuentenario diocesano es una buena oportunidad para plasmar nuestro compromiso solidario en favor de los más pobres y celebrarlo en este sentido: no reduciéndolo a meras evocaciones nostálgicas o a eventos festivos sino dando vida y afianzando el estilo misionero y solidario de la Iglesia diocesana y de todas nuestras comunidades parroquiales. De esta forma también estaremos respondiendo al deseo que los obispos argentinos expresamos en noviembre de 2008: “…Anhelamos poder celebrar un Bicentenario con justicia e inclusión social. Estar a la altura de este desafío histórico depende de cada uno de los argentinos. La gran deuda de los argentinos es la deuda social. Podemos preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar y a comprometernos para saldarla…”[10]

22. Por ello, en sintonía con la Encíclica “Dios es Amor” y con Aparecida me animo a proponerles que el trienio que estamos comenzando se caracterice por un fuerte compromiso solidario de todas las comunidades. Para dar cumplimiento a este objetivo cada parroquia, escuela y movimiento laical debería cuestionarse qué hacer para que los tres componentes esenciales de toda comunidad cristiana (la fe anunciada en la catequesis, la fe celebrada en la liturgia y la fe hecha servicio en Caritas y otros servicios solidarios) estén desarrollados de manera adecuada en ellas. Lamentablemente debemos reconocer que de estos tres elementos el tercero suele ser el menos cuidado y desarrollado. De aquí que me permita hacerles esta propuesta. Más aún cuando todos lamentamos y sufrimos la creciente situación de pobreza y exclusión que también verificamos en nuestra diócesis, como en todo el país.

23. Caritas Diocesana viene desarrollando una importante tarea de formación y animación de un estilo auténticamente promocional en sus servicios. Cada Parroquia debería plantearse desde sus Consejos Pastorales la manera de aprovechar estas ofertas y de desarrollar con los propios recursos el rostro “servicial” de toda comunidad cristiana. Ello supone dedicar tiempo, dinero y agentes idóneos para renovar el perfil de los servicios solidarios de la comunidad. La misión solidaria debería llevarnos a encarar y sostener proyectos solidarios concretos y realistas; sea en cada comunidad parroquial, movimiento o escuela; sea entre varias comunidades reunidas; sea a nivel decanal.

24. Una hermosa forma de celebrar el cincuentenario diocesano sería procurar que de cada una de nuestras comunidades pueda decirse lo que el Beato Juan XXIII decía de la Iglesia toda: que sea de verdad “Iglesia de los pobres”, donde los pobres no son sólo destinatarios privilegiados sino también protagonistas, que se sientan en ella como en su propia casa. A este respecto también nos enseñaba Juan Pablo II:”…tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como « en su casa ». ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino? Sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras…”[11] El gesto solidario que realizamos en la Cuaresma nos estimula a ponernos a trabajar en este sentido, para desarrollar la “nueva imaginación de la caridad” que nos pedía el mismo Papa al inicio del nuevo milenio.

25. Pero como bien se señala en el tercer objetivo nuestro compromiso solidario no acaba en las distintas tareas en favor de los hermanos pobres, débiles y sufrientes de nuestras comunidades. Conscientes de que la pobreza tiene causas estructurales que sólo serán superadas con un compromiso estable y perseverante de todos por el bien común, es necesario que nuestro encuentro con el Señor nos lleve también a un mayor compromiso ciudadano, en el que cada uno pueda hacer su aporte a la transformación social, económica y política de nuestra realidad. Conviene recordar que la enseñanza de la Iglesia recuerda a los laicos que su lugar es el mundo de las realidades temporales para transformarlas según el Evangelio. Una espiritualidad madura e integral nos lanza y estimula en este necesario compromiso transformador. Con frecuencia nos lamentamos de las falencias de ciertas dirigencias políticas y sociales. ¿Cuánto estamos dispuestos a dar de nosotros mismos para que las cosas cambien? Los obispos argentinos hemos hecho un vibrante llamado a trabajar  activamente hacia la celebración del bicentenario en justicia y solidaridad[12]; cada uno puede hacer algo en este sentido. También acá se juega la verdad de nuestro encuentro con el Señor. La abundante enseñanza social cristiana, pedagógicamente recogida en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nos ofrece un rico material para nutrir y alentar nuestro compromiso ciudadano. Un buen modo de dar cumplimiento al objetivo diocesano y concretar la misión solidaria sería dedicar tiempo a su difusión y conocimiento en el seno de las comunidades.

26. Queridos hermanos: estamos iniciando una nueva Cuaresma, en camino hacia la Pascua. La Cuaresma nos habla de conversión, personal y comunitaria. También hemos comenzado a transitar un nuevo período de nuestro camino pastoral, marcado por la celebración del bicentenario de la Patria y el cincuentenario de la diócesis. Con el  espíritu de conversión pastoral que nos regala la Cuaresma quiero invitarlos a vivir este tiempo litúrgico pidiendo al Señor que nos haga vivir la preparación a la Pascua, y toda la vida, con un renovado compromiso  misionero. Como les decía al inicio de esta Carta: Todos somos necesarios en la misión y cada uno tiene un lugar irremplazable. Es el Señor Resucitado quien nos envía y quien nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo.

Los saludo y bendigo con afecto y los encomiendo al cuidado de nuestra Madre de Guadalupe y de San José, 

Mons. Carlos María Franzini, obispo de Rafaela

Cuaresma 2010 

Notas:

[1] Franzini, Carlos María: Iglesia diocesana: memoria, presencia y profecía; Carta Pastoral de Pascua 2009, nº 21.

[2] Vª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe; Documento conclusivo nº 29; de ahora en adelante DA.

[3] “…El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste…” Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, nº 29

[4] CEA; Carta pastoral de los obispos argentinos con ocasión de la Misión Continental; 20 de agosto de 2009; nº 8 y 9.

[5] Ibid.: nº 15

[6] Ibid.: nº 19

[7] Benedicto XVI: Carta Encíclica Dios es amor; nº 1

[8] DA nº 443

[9] Benedicto XVI; Carta Encíclica Dios es Amor, nº 18

[10] CEA; “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad”, nº 5; Pilar , noviembre de 2008.

[11] Juan Pablo II; “Novo millennio ineunte”, nº 50.

[12] CEA; “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad”; Pilar , noviembre de 2008.


Publicado por verdenaranja @ 22:41  | Hablan los obispos
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