Lunes, 22 de marzo de 2010

Carta Pastoral de monseñor Marcelo Daniel Colombo, obispo de Orán para la Cuaresma 2010. (AICA)


CARTA PASTORAL DE CUARESMA
 

Mis queridas y queridos hermanos,

Con alegría les escribo estas líneas, en la inminencia de la Cuaresma, para convocarlos a vivir este tiempo de gracia del Señor, como una oportunidad de crecimiento en la fe y en el compromiso con nuestra condición de bautizados. Somos Pueblo de Dios en camino y nos reconocemos necesitados de su ayuda para ir dando nuestros pasos en su seguimiento.

El Papa Benedicto nos invita en su Mensaje anual, a vivir la Cuaresma como una verdadera liberación del corazón, un éxodo que nos lleve a dejar la tentación de sentirnos autosuficientes para llegar a la tierra prometida de la Justicia de Dios, obrada en Jesús, nuestro Salvador, que se entregó por amor a nosotros. No podemos solos, necesitamos de Dios que con su amor nos libera de nuestras omnipotencias y falsas seguridades, y también  necesitamos de los demás, nuestros hermanos y compañeros de camino, para ayudarnos y sostenernos.

Esta Cuaresma, el Señor nos invita, con nuestras opciones de vida, a hacer de la historia humana, no una tragedia donde no cuenta nuestra libertad, sino verdadera historia de salvación, donde Él actúa llamándonos a madurar, a crecer, a decidir, a compartir, a servir…

Hace algunas semanas, un nutrido grupo de jóvenes y adultos de la parroquia de Colonia Santa Rosa afrontaron la inundación de unos de sus barrios. La dolorosa tragedia de Tartagal, a un año de acaecida, sigue presente entre nosotros, en este caso como experiencia de trabajo, de solidaridad, de presencia inmediata para que varias decenas de familias tuvieran alimento, techo, ropa seca. Cáritas diocesana y parroquial se hicieron presentes en medio del desconcierto y la crecida del agua. En estos días, no son pocos los jóvenes en nuestra diócesis que en distintas comunidades, están acompañando espacios de recreación y ayuda escolar en barrios y asentamientos, o formando parte de grupos misioneros.

La entrega de nuestros hermanos en Colonia Santa Rosa, los barrios y asentamientos, la misión, el servicio silencioso en la pastoral carcelaria u hospitalaria, entre otros, nos hacen descubrir que nuestra Cuaresma es más que nunca tiempo de servir y vivir fraternal y conscientemente nuestra condición de discípulos de Aquél que se hizo servidor de todos y todas.

El tercer objetivo específico de nuestro Plan de Pastoral, promover el diálogo y el respeto mutuo asumiendo la diversidad de los pueblos y culturas de nuestra comunidad diocesana, que nos acompañará en nuestra reflexión y acción de todo este año, constituye un valioso indicador del horizonte de nuestra Cuaresma. La conversión del corazón nos exige una nueva capacidad de diálogo fundada en el amor con que nos amó Cristo, un amor creativo y generoso que busca el bien del otro, su realización plena. En nuestro caso, estamos llamados a reconocer y celebrar las diferencias culturales que, en vez de alejarnos, constituyen la oportunidad de ser el único Pueblo de Dios, peregrino en la Nueva Orán.

El marco más amplio de la celebración del Bicentenario, no debería hacernos olvidar de todo lo que en nuestra corta historia nacional, atentó contra la vida y la supervivencia de los Pueblos Originarios presentes en nuestra Patria desde hace muchos siglos. Quedarse en ese reconocimiento, lamentarnos amargamente sin dar pasos de diálogo y conocimiento mutuo y sin profundizar en nuestras opciones evangélicas de servicio, podrían desorientar nuestra Cuaresma. Nuestra Diócesis, más acentuadamente que otras en el país, tiene esta riqueza de la multiculturalidad, y afrontarla como tal, vivirla evangélicamente, puede constituir para nosotros un verdadero desafío cuaresmal. Las culturas originarias nos ofrecen una pedagogía sapiencial que podemos discernir e integrar a nuestro camino cristiano de conversión y construcción de una Patria más justa y más fraterna, donde todos sean parte y nadie quede excluido.

Finalmente, los invito en esta Cuaresma a retomar la invitación que les propuse en mi Carta pastoral de Navidad: descubrir y profundizar la dimensión vocacional de nuestra vida. Este tiempo de preparación para celebrar la Pascua del Señor nos da la posibilidad de visualizar que con nuestra vida respondemos a una invitación que nos viene de Dios. En el caso de nosotros, los adultos, la existencia recibida, la fe del bautismo, nuestra elección de estado de vida, la familia que formamos, la consagración religiosa o la ordenación diaconal o sacerdotal, y aún las opciones laborales y profesionales concretas que podemos hacer, son todos dones del Señor, a los que hemos querido responder, pero que nos piden permanentemente una revisión sobre el modo en que los vivimos, las motivaciones que los sostienen y su significación para los demás. Este Año Vocacional diocesano es para nosotros adultos la oportunidad de revivir nuestro amor primero, nuestro fervor original, nuestra entrega inicial, y de rejuvenecer nuestra respuesta al servicio del Reino de Dios.

A los jóvenes los aliento a considerar con generosidad lo que Dios, en su propio corazón, a través de su Palabra y de los signos de la vida, los llama a ser y a hacer. Están transitando una etapa muy particular de sus vidas, y el embate de ofertas, propuestas y criterios, no deben hacerles perder el rumbo. No se puede ser auténticamente feliz sin Dios, sin los hermanos, sin decir que sí a lo verdaderamente bueno y noble que el Señor ha hecho habitar en nuestros corazones, su aliento de Vida. En este Año Vocacional la Iglesia diocesana los invita a vivir el vértigo de decidir, apostando fuertemente al Amor de Dios: La familia cristiana, la comunidad eclesial, necesitan protagonistas conscientes y libres, deseosos de ofrecer su don como esposos y padres, consagrados, consagradas, diáconos, sacerdotes, misioneros, ministros de la Palabra y de la Comunión, Catequistas, Servidores de Cáritas… Pero también en aquellos otros ámbitos que no son ajenos a la Iglesia porque constituyen espacios de la comunidad humana, a los que la Iglesia quiere servir como experta en  humanidad, como son la vida social y política. Necesitamos de jóvenes decididos a estudiar y formarse para trabajar en estos sectores de la comunidad, y queremos acompañarlos para que no estén solos ni solas en ello.

En la Misa Crismal de este Año, mi primera Misa Crismal junto a Uds., celebraremos el restablecimiento de la formación para el diaconado permanente en nuestra diócesis. Mi recordado predecesor Mons. Manuel Guirao, el segundo Obispo de la Nueva Orán, fue un entusiasta propulsor de este ministerio en la diócesis y se constituyó en un signo elocuente de esta novedad conciliar para toda la Iglesia en Argentina. “Con la audacia de los que tienen puesta su confianza en Dios, abrió a las Iglesias que presidió y sirvió, a las novedades del Espíritu que soplaba en la Iglesia; confianza que para algunos podría saberles a ingenuidad, pero era fruto de la reciedumbre de aquel que vive postrado ante Dios” se dijo de él en sus exequias.

Con este paso, madurado en la oración, a partir de la observación atenta de nuestra realidad y del pedido motivado de numerosos sacerdotes y fieles de nuestra Diócesis, deseo como pastor de la Nueva Orán, crecer en fidelidad al espíritu del Concilio, fuente de sabiduría eclesial para responder a las crecientes exigencias de nuestras comunidades y de los tiempos, en el marco de una Iglesia Misterio de Comunión.

Emprender el éxodo desde nuestra autosuficiencia egoísta y alienante hacia el encuentro con el amor de Cristo, entregarnos en el servicio a los demás, reconocernos hermanos en las diferencias culturales, dialogar y responder generosamente a nuestra propia vocación, son los grandes desafíos de esta Cuaresma. Les deseo una buena preparación para la Pascua. Es un regalo grande de Dios que queremos recibir con un corazón renovado en Cristo, el Testigo fiel.

Los abrazo y bendigo afectuosamente,  

Mons. Marcelo Daniel Colombo, obispo de Orán


Publicado por verdenaranja @ 22:49  | Hablan los obispos
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