Mi?rcoles, 24 de marzo de 2010

Homilía de monseñor Antonio Mario, obispo auxiliar de La Plata para el miércoles de ceniza. (AICA)
(Catedral de La Plata, 17 de febrero de 2010)
 

“Vuelvan a mí de todo corazón”
(Joel 2,12) 

I. LA CUARESMA EN LA HISTORIA 

Con esta celebración eucarística, durante la cual asistimos a la imposición de las cenizas, damos comienzo al tiempo sagrado de Cuaresma, que la Iglesia ha instituido desde los primeros siglos como pedagogía hacia la celebración digna y fructuosa de la Pascua.

Una breve reseña histórica sobre este período litúrgico, junto con algunos elementos de doctrina y catequesis, pueden ayudarnos a entender mejor su riqueza y prepararnos a llevar a la práctica la fuerte exhortación que la Iglesia nos dirige para vivir bien este tiempo.

Ya en la segunda mitad del siglo II, existía en la Iglesia la costumbre de preparar la Pascua con unos días de ayuno. Así nos lo atestigua Eusebio de Cesarea en su Historia eclesiástica (24,12-13). Progresivamente se irá pasando, sobre todo en Roma, de una semana de ayuno a tres semanas, hasta alcanzar más tarde la extensión de cuarenta días, que traían a la mente de los fieles, el recuerdo de los cuarenta días de ayuno y oración de Jesús en el desierto. El número cuarenta suscitaba, además, otras resonancias bíblicas, entre las cuales mencionamos: los cuarenta días del diluvio; los cuarenta años de Israel en el desierto, camino hacia la tierra prometida; los cuarenta días en que Moisés ayunó por las culpas de su pueblo, antes del don de la Ley; los cuarenta días del viaje de Elías hacia el Horeb, el monte de la Alianza; los cuarenta días de penitencia pregonados por Jonás a los habitantes de Nínive.

La institución cuaresmal estaba ya claramente extendida en toda la Iglesia en el siglo IV, tanto en oriente como en occidente,  y a ella alude, en el año 325, el canon 5º del Concilio de Nicea. Se trataba de un tiempo preparatorio a la Pascua que comprometía a todo tipo de fieles. Ante todo a los catecúmenos, que luego de tres años de preparación y tras el debido reconocimiento de sus aptitudes morales y espirituales, debían prepararse con ayunos durante estos cuarenta días para recibir solemnemente los tres sacramentos de la iniciación cristiana, la noche del sábado santo. También implicaba a los pecadores que después del Bautismo habían incurrido en pecados graves y públicos. Luego de confesar sus pecados al sacerdote, éste les daba un hábito con cilicio, espolvoreado con ceniza, tras lo cual se retiraban a un monasterio cercano para hacer penitencia. La Iglesia les imponía cuarenta días de ayuno y oración, antes de reconciliarlos en la mañana del jueves santo.

Para todos los fieles, sin excepción, la cuaresma era un tiempo de oración y de purificación que con ocasión de la celebración de la Pascua, brindaba a la Iglesia la oportunidad de una intensa misión popular, que concluiría otorgando a los catecúmenos la gracia del Bautismo, a los pecadores la alegría de la reconciliación, y a todos los fieles el gozo de volver a cantar el “alleluya”.

En el siglo XI desaparece la práctica de la penitencia pública, y el Papa Urbano II extiende la imposición de las cenizas a todo el pueblo. Desde entonces la cuaresma se inicia con este rito y con la observancia del ayuno y la abstinencia.

 II. LA CUARESMA Y LA SANTIDAD BAUTISMAL 

Con la decadencia del catecumenado de adultos, en el medioevo se irá diluyendo el significado bautismal de la cuaresma, prevaleciendo el carácter penitencial. En realidad, ambos significados, bautismal y penitencial, son constitutivos de la espiritualidad de este tiempo. El aspecto penitencial se deriva de nuestra vocación bautismal a la santidad. El Bautismo, que nos hace morir al pecado y renacer a la vida en Cristo, está íntimamente vinculado con el misterio pascual de Cristo. Por él hemos sido sacados de las tinieblas y trasladados al reino de la luz. Allí hemos sido sellados por el Espíritu Santo y hemos adquirido un compromiso de alianza que exige de nosotros fidelidad y renovación permanente en la santidad.

La cuaresma viene a recordarnos este compromiso y a facilitarnos los medios para un combate cotidiano contra el pecado. Nos recuerda nuestra fragilidad y nos ayuda a interpretar nuestra vida como éxodo del pecado y de la mentalidad del mundo, como marcha por el desierto de la vida, hacia la tierra prometida, que es nuestra patria definitiva del cielo.

Uno de los temas más salientes en la Palabra de Dios que escucharemos durante estos días será la dura marcha de Israel por el desierto hacia la tierra prometida por Dios, con sus luchas y tentaciones, sus fatigas y sufrimientos; el tormento de la sed y del hambre; las murmuraciones y rebeldías; la infidelidad y la idolatría; las serpientes abrasadoras y la amenaza de pueblos hostiles. Pero en el mismo período, también habrá consuelos y regocijo, oasis reparadores y agua surgida de la peña; las codornices y el maná que los alimentaba en la áspera geografía; el don de la Ley y de la Alianza, junto con las manifestaciones de la gloria divina, que nunca los dejó solos, sino que los ponía a prueba, mostrándoles que el alto precio pagado por la libertad bien valía la pena.

Al término de aquel largo camino, antes de entrar en la tierra de la promesa, Moisés instruía al pueblo con estas palabras: “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos. Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (Dt 8, 2-3).

Siglos más tarde, San Pablo recordaba a los cristianos de Corinto la actualidad permanente de esa historia sagrada: “Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se crea muy seguro, ¡cuídese de no caer! Hasta ahora, ustedes no tuvieron tentaciones que superen sus fuerzas humanas. Dios es fiel, y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla” (1Cor 10,11-13). 

III. LOS EJERCICIOS DE CUARESMA 

Si peregrinar por el desierto es la condición de nuestra vida, y en él sufrimos las tentaciones de la carne, del mundo y del demonio, no debe extrañarnos la exhortación de la Iglesia a recordar nuestro Bautismo y a purificarnos por la penitencia para mantenernos fieles.

Características infaltables de este tiempo deben ser la lectura, meditación y recuerdo de la Palabra de Dios; el sacramento de la Reconciliación recibido con un corazón contrito y bien dispuesto; la frecuentación de la Eucaristía que es nuestro maná, de donde sacamos fuerzas. Decía al respecto el Papa Benedicto en su reciente mensaje de Cuaresma: “hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo «mío», para darme gratuitamente lo «suyo». Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia «más grande», que es la del amor (cf. Rom 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar”.

El ayuno, hoy tan mitigado y reducido a este día miércoles de ceniza y al viernes santo, debe ayudarnos a entender “que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (Dt 8,3). Las privaciones voluntarias en gustos legítimos, entrenan nuestra fuerza de voluntad y nos vuelven más libres y ágiles en la pronta respuesta a la voluntad divina ante las circunstancias difíciles y amargas de la vida, que no faltan. La oración incesante, debería llegar a ser para nosotros tan indispensable como el aire que respiramos. También las obras de caridad para con el prójimo, que deben caracterizarnos como cristianos en el mundo y como comunidad de creyentes. Todo cristiano debe prestar oído atento para secundar iniciativas de socorro a los hermanos necesitados o postergados, que las distintas comunidades parroquiales toman especialmente en este tiempo.

Las lecturas de la Palabra de Dios nos han brindado un resumen del programa espiritual que debemos cumplir en estos días que ahora iniciamos. Fuimos exhortados, en primer lugar, con palabras del profeta Joel: “Vuelvan a mí de todo corazón… vuelvan al Señor, su Dios, porque Él es bondadoso y compasivo” (Jl 2,12-13). También hemos escuchado al Apóstol San Pablo: “Éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (2Cor 6,2). Por último, llegó a nosotros la enseñanza del mismo Jesús acerca de las prácticas de la limosna, de la oración y del ayuno, que deben ser realizadas “en secreto”, para merecer la “recompensa” del “Padre que ve en lo secreto” (Mt 6,1-8.16-18).

¡Qué contraste total entre el Evangelio y la mentalidad que nos invade por la televisión, la radio, la prensa escrita, y hasta por las decisiones de los poderes del Estado! La ansiada renovación de nuestra sociedad y la superación del fuerte oleaje de paganismo decadente que pretende anegarnos, sólo podrán venir como resultado de una fe cristiana encarnada en individuos y comunidades que viven con plena autenticidad sus convicciones, y que aprendieron a ir contra la corriente del mundo, sin ignorar ni desvirtuar las exigencias evangélicas. Toca a nosotros fortalecernos para la lucha y sembrar en la esperanza. 

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata 


Publicado por verdenaranja @ 23:16  | Homil?as
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