Viernes, 26 de marzo de 2010

Mensaje de monseñor Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luján para la Cuaresma (17 de febrero de 2010). (AICA)


CUARESMA 2010

Queridos hermanos:

El miércoles 17 de febrero, con la celebración en la que se imponen las  cenizas iniciamos el tiempo de Cuaresma. Tiempo  que privilegia algunos elementos de la Tradición cristiana que nos ayudan a ir al encuentro del Señor que nos llama a seguirlo cada vez más de cerca, como discípulos misioneros. Estos elementos son:

1. La lectura de la Sagrada Escritura. Allí conocemos el modo de ser y de obrar de Dios. Los textos de este tiempo favorecen nuestras actitudes para conocer y amar a este Dios que viene a nuestro encuentro. En la lectura atenta y meditada, es decir en la lectura orante de cada día, descubrimos cuanto somos amados por Él.

2. La oración. En especial la participación en la Sagrada Eucaristía donde la gracia de Dios produce en nosotros la divinización. Mediante la oración entramos en dialogo amoroso con Aquel que nos amó y se entregó por nosotros (cfr. Gal. 2,20).

3. La limosna. Dios nos colma de bienes: todo lo hemos recibido y, por lo tanto, renunciando a cosas nuestras, salimos al encuentro de Jesús en los pobres. En el que sufre, en el necesitado, nos encontramos con El y nos  identificamos con Él (Mt 25,40).

4. La mortificación. El amor de Jesús ilumina nuestros corazones y descubrimos allí sombras, infidelidades, vicios. Para responder a quien nos amó primero (1Jn. 4,10) y ser fieles, emprendemos un camino de renuncias a todos nuestros apegos y mezquindades. Es un camino de conversión y penitencia como lo señala el Santo Padre en su mensaje cuaresmal, significa "salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia”. Esta conversión nos hace pasar de las tinieblas a la luz, del egoísmo a la caridad, de la tristeza a la alegría, de la soberbia a la humildad y se realiza así el sueño que el Señor tiene para nuestras vidas.

Es todo un tiempo de preparación. Son cuarenta días, como los de Jesús en el desierto (Mt 4,2), para llegar con el corazón transformado por el amor del Maestro, a la Pascua. Es el triunfo de la Vida sobre la muerte, para vivir como resucitados, dado que en el bautismo hemos recibido la Vida Nueva de Cristo. De esta identificación con Él nace nuestro ser misioneros. No es por la insistencia de los sacerdotes o del obispo que somos misioneros, sino por necesidad, por convicción de no poder callar lo que hemos visto y oído (cfr. 1Jn. 1,1) o bien por la conciencia apostólica, como dice San Pablo: “¡Pobre de mí si no predico el Evangelio!” (1Cor. 9, 16).

La Pascua de Cristo en nosotros nos transforma de tristes en alegres, de apagados y tibios, en gozosos y valientes testigos, mensajeros del gran amor que nos hace hijos en el Hijo. En la medida en que conocemos y amamos a Jesús, experimentamos la necesidad de compartir con otros la alegría de la fe, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una palabra, a construir el Reino de Dios. (Cf. Aparecida 278)

En este año tan importante para nuestra Iglesia particular en el que damos gracias a Dios por los 75 años de la creación de nuestra diócesis y miramos con esperanza hacia delante para ser más fieles al Evangelio, dirijamos nuestro corazón al amor de Dios; es de aquí, del amor que el Padre tiene por cada uno de nosotros, desde donde se gesta la identificación con Cristo y sus consecuencias. Que el Señor nos conceda en esta Cuaresma que cada una de nuestras Comunidades, al mismo tiempo que se preparan para el Jubileo Arquidiocesano, crezcan en la conversión pastoral que nos pide Aparecida, que exige pasar de una de mera conversión individual a una pastoral eclesial decididamente misionera (Cf. Aparecida 370).

Con afecto fraterno en Jesús y María.
Mons. Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luján


Publicado por verdenaranja @ 22:08  | Hablan los obispos
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