Domingo, 04 de abril de 2010

Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 2° domingo de Cuaresma. (AICA)
(28 de febrero de 2010)


"El camino y la Meta”
 

Continuando con la reflexión de la carta cuaresmal sobre la esperanza, este domingo tomaremos el tema del “Camino y la Meta”: “Una espiritualidad cristiana, que internalice el misterio pascual requiere la vivencia de la virtud teologal de la esperanza, y necesita ahondar en su profundo contenido teológico, que necesariamente tiene implicancias en la cotidianidad de nuestra vida. Es cierto que a la palabra esperanza la podemos usar habitualmente, y darle “solo” un significado temporal, reducido a expectativas inmediatas, que aunque puedan ser válidas no son suficientes para captar la esperanza cristiana. Si bien la misma nos compromete en el presente, no puede desligarse del futuro.

Creo conveniente recordar el texto escrito por la C.E.A., con motivo de los 2000 años del nacimiento del Señor: “Jesucristo, Señor de la Historia”, en donde desarrolla el tema de la esperanza. El mismo señala: “El camino de la vida es muy diferente de acuerdo al final que uno presiente o imagine. ¿Es acaso lo mismo si al final del camino no hay nada ni nadie, o si en la meta de la existencia hay una Presencia y un abrazo? Peregrinar la vida, engendrar y educar hijos, construir historia, apostar al amor y forjar futuro no tienen los mismos motivos si el vacío lo ha devorado todo o si al final nos espera alguien. La situación cultural actual, crecientemente plural, nos invita a redescubrir la originalidad del mensaje judeo cristiano sobre la historia: un camino personal y comunitario con origen, sentido y plenitud final en Dios” (15).

Los cristianos debemos reconocer que en general reflexionamos poco sobre la esperanza, el futuro y nuestra meta, y esto lleva a que muchos por la falta de formación en su fe mezclen e incorporen predicciones, supuestos códigos que dan fechas del fin del mundo, o bien relacionen el futuro con una continuidad dadas en reencarnaciones. Todo esto sin discernir que ninguna de estas propuestas en general tienen que ver con nuestra esperanza cristiana. El texto “Jesucristo, Señor de la Historia” sigue diciendo: “Para algunos, el mundo está cerca de su final catastrófico, la destrucción estaría a las puertas y hasta tendría fecha precisa. Extrañas predicciones, antiguas y nuevas, asegurarían que el final está cerca. Para otros, el universo está en su infancia, recién ha concluido la primera etapa de vida, ha comenzado una nueva era. Hay quienes piensan que simplemente no hay futuro, el porvenir posee tan poco significado como lo tiene el presente y tuvo el pasado. Otros viven como si todo se redujera al instante, al hoy y aquí, para alcanzar el mayor bienestar posible… el futuro sería una ilusión que distrae del presente e impide vivirlo a fondo. La falsa idea de la reencarnación, la afirmación de que tenemos varias vidas sucesivas, lamentablemente gana hoy adeptos, incluso entre los cristianos” (15).

Para los cristianos la esperanza implica el camino y la Meta. El tener deseos de llegar a la Meta, al encuentro con nuestro Padre Dios, no implica que no nos comprometamos con el presente. La esperanza es activa, se compromete con las situaciones difíciles que nos toca afrontar… “La esperanza en un futuro más allá de la historia nos compromete mucho más con la suerte de esta historia. ¡Cómo deseamos que esta esperanza activa empape la conciencia y la conducta de cada uno de nuestros hermanos! Pero estas mismas convicciones que reflejan el significado profundo del esfuerzo cotidiano y del trabajo, también revelan con mayor hondura la gravedad de algunas situaciones, como por ejemplo, la problemática del desempleo y de la precariedad laboral, una verdadera enfermedad social muy extendida entre nosotros. Muchos que quisieran colaborar para construir esta historia común están privados de la posibilidad de trabajar, y ni siquiera pueden encaminar su propia familia hacia un futuro mejor” (J.S.H. 16).

Es cierto que uno de los males de la época caracterizado fundamentalmente por la fragmentación y el individualismo, lleva a perder el sentido del futuro, la Meta y la eternidad. Sin la vida de la gracia nos quedamos a lo sumo en metas inmediatas, que a veces las endiosamos y necesariamente nos llevan a la insatisfacción, a la pérdida del sentido de la vida y de nuestra propia existencia. Son fenómenos propios de nuestro tiempo, el pesimismo, “el esto no cambia más”, o bien la tristeza”.

¡Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo! 

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas


Publicado por verdenaranja @ 20:46  | Hablan los obispos
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