Domingo, 04 de abril de 2010

Exposición de monseñor Domingo S. Castagna, arzobispo emérito de Corrientes (marzo de 2010) (AICA)

Para el AÑO SACERDOTAL 2009-2010
 

san AGUSTÍN
OBISPO DE HIPONA Y DOCTOR DE LA IGLESIA
 

En búsqueda de la Verdad.  Agustín, nacido en Tagaste de madre cristiana y padre pagano, se distingue por ser un incansable buscador de la verdad, aunque, en ocasiones, se encuentre enredado con las propuestas del error y de la herejía. Su madre Mónica logra, suplicando a Dios insistente y humildemente, que toda su familia llegue a la fe católica. El más destacado de sus miembros es Agustín, su hijo “buscador de la verdad y del bien”. La gracia doblega la resistencia del joven y decide iniciar seriamente su catecumenado. Es bautizado por San Ambrosio en la noche del 24 al 25 de abril - Sábado Santo - del año 387 junto a su hijo Adeodato y a su discípulo Alipio. Allí inicia una vida cristiana ejemplar y forma una primera comunidad dedicada a la oración y al estudio de la doctrina de la fe. El Obispo de Hipona, con la presencia de Agustín como humilde integrante de la comunidad, expone ante el pueblo la necesidad de un sacerdote santo que lo asista. La respuesta no se deja esperar y un Agustín, abrumado por la gravedad de la propuesta, es señalado como el candidato ideal. Apenas han pasado cuatro años de su Bautismo y recibe la Ordenación sacerdotal de inmediato. Su vida se orienta al servicio generoso de la Iglesia. Servicio sostenido por una experiencia monacal de intensa oración, penitencia y empeñoso estudio de la Doctrina revelada.

El Obispo.  Cuatro años más tarde, propuesto por el mismo pueblo de Hipona, es ordenado Obispo como inmediato colaborador y sucesor del anciano Valerio. Entonces su figura adquiere una dimensión que lo ubica entre los grandes de la Iglesia. Se ocupa de su pequeña Diócesis y, desde ella, de los grandes temas de la Iglesia Universal; al servicio del pueblo, encomendado a su cuidado, empeña su extraordinario talento y especialmente su espiritualidad de hombre santo. Agustín es un contemplativo y dedica a la oración extensos espacios de su tiempo. Allí adquiere una sabiduría extraordinaria que se valdrá de su formación anterior y de su genio, como instrumentos de transmisión del contenido de la fe católica.  Aunque todo el ministerio es desempeñado con esmero por Agustín, el de la palabra es su fuerte. En él se destaca y logra transmitir su enseñanza que lo constituye en uno de los más importantes Padres de la Iglesia Latina. Su cuidadosa redacción, sus sermones y homilías, sus extensos trabajos filosóficos y exegéticos manifiestan la seriedad de su labor y, principalmente, la profundidad de su contemplación. El Bautismo pone a Agustín en camino de santidad, vislumbrado ya durante el catecumenado. Su intención es ser buen cristiano en búsqueda de la Verdad, siempre nueva. El episcopado no está en su horizonte, lo sorprende, como todas las cosas de Dios, y acepta porque le viene de Dios.

Al servicio humilde del pueblo.   Desde la Iglesia de Hipona, el Obispo Agustín ama a la Iglesia de África y a la Iglesia Universal. La gracia de la imposición de manos de los Obispos lo constituyen en un humilde servidor de sus hermanos bautizados: “Donde me aterra lo que soy para ustedes, allí me consuela lo que soy con ustedes. Para ustedes soy Obispo. Con ustedes soy cristiano”. (s. 340, 1) Su servicio abre frentes inimaginados, desde la predicación de la palabra hasta la Eucaristía, y deposita en ellos la riqueza de su espiritualidad y el alto nivel de sus conocimientos. El santo Obispo es más padre y pastor de su pueblo que prestigioso exponente de un sistema filosófico y teológico. De alguna manera sabe “anonadarse” para que Cristo sea bien conocido y fervorosamente amado. Conocedor del espíritu de San Pablo, no tiene en cuenta su enorme prestigio intelectual y se hace siervo de los más pequeños. La exposición de la doctrina, incluso la que desborda el tema religioso, no queda exenta de su clara orientación evangelizadora. San Agustín es el prototipo del hombre dedicado exclusivamente a la Iglesia. Como Pablo, todo lo aprende de Cristo y lo hace contenido de su lúcida enseñanza. Pero, como Pablo, mantiene su pensamiento puesto en Jesús y no deja de dedicar tiempos prolongados a estar con Él en el recogimiento de la oración.

Difícil itinerario a la santidad.  Su estilo de vida monacal no se opone a su actividad intensa de Obispo y polemista. En todo aflora la santidad que lo va conformando con Cristo y lo pone al servicio de los hombres; de aquellos que, como a él le ocurrió, viven hoy el drama del pecado como distanciamiento de Dios. Agustín es presentado por el Papa Benedicto XVI como modelo del convertido. Se rinde a la gracia, que lo santifica, cuando su vida, aún joven, toca el fondo de la desilusión y se dedica a buscar a Quien lo ilusione verdadera y definitivamente. Lo encuentra, no tarde como lo lamenta él en el poema de las “Confesiones”: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde te amé”. (conf. 10, 27) Desde el día de su Bautismo, y su cuidadosa preparación, Agustín vive la experiencia santificante de la gracia. En otras circunstancias y respondiendo a estímulos temperamentales distintos, Agustín vuelve a parecerse a Pablo. En ambos Cristo siembra en tierra fértil y cuidadosamente preparada. Ya sacerdote y Obispo, Agustín podrá decir con Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Su ministerio, como el del Apóstol de las gentes, responde al magisterio de Jesús y se somete humildemente a sus inspiraciones. Su genio encuentra allí la fuente de inspiración que necesita para desarrollar su enseñanza ante el pueblo de Hipona y de toda la Iglesia.  Es un intelectual disciplinado que cuida con esmero la redacción de sus escritos, los revisa y mejora antes de ofrecerlos a la lectura de los demás.

El Doctor de la gracia.  Quisiera detenerme en Agustín - “Doctor de la gracia” - como obra artesanal del Espíritu. El libro de las “Confesiones” incluye una pintura realista, hasta dramática, de su vida intelectual y moral anterior a la conversión. Allí ofrece a nuestra observación, de manera directa, la transformación operada por la gracia. San Agustín es un gran santo. Su mérito - también obra de la gracia - constituye el empeño incansable en pos de la Verdad, hasta identificarla con el Dios personal. Cristo es la revelación de Dios y en Él queda satisfecha su intensa y apasionada búsqueda. En adelante, el santo Obispo, obtiene su conocimiento de la contemplación del Verbo más que de su esfuerzo intelectual. Al producirse el encuentro con Cristo, Dios hecho Hombre, advierte que su búsqueda de la Verdad había logrado su propósito. También comprende que debe ahondar en la búsqueda; que Cristo es la Verdad humanamente insondable, aunque visible y ofrecida como Misterio apasionante y sendero hacia su posesión perfecta.

Paternidad y magisterio sacerdotal.   Es posible imaginar los encuentros con sus sacerdotes leyendo y releyendo sus hondas reflexiones teológicas y espirituales. La conformación de su vida de Pastor, con lo que enseña como Maestro, inspira el estilo espontáneo de sus relaciones con sus hermanos y amigos sacerdotes. Se presenta como el hombre de los hombres, interesado en las manifestaciones culturales, políticas y sociales de su pueblo; también se revela como el hombre de la intimidad con Dios.  Aquí debemos detenernos para comprender, como lo hemos hecho en otras semblanzas, el secreto de su extraordinario vigor espiritual. Agustín empieza enamorándose de la verdad y termina enamorándose de Dios. En lo sucesivo no se saldrá de ésa “su Verdad” manteniéndose en la intimidad con Dios. Para ello emprende el camino de la humildad. Virtud que Agustín aprende de Jesús y considera fundamental en las graves responsabilidades que le confían. Se siente conmovido al comprobar su igual dignidad con los recién bautizados. El episcopado es un servicio humilde, que lo pone a los pies de los más pequeños e ignotos miembros de su comunidad. Su enseñanza adquiere mayor poder al ser ofrecida al pueblo sencillo de Hipona.  Mientras tanto, como ocurre con las enseñanzas de Jesús, se dirige directamente a los pequeños para que, haciéndose “pequeños”, aprendan los grandes. Para entender a San Agustín, Pastor de la Iglesia, es preciso escucharlo o leerlo con el corazón. Por lo tanto, es necesario acercarse a su espíritu y dejarse iluminar por él.

Extrae su sabiduría de la contemplación.  Sin duda, el santo Obispo de Hipona, transmite su singular experiencia, especialmente a los sacerdotes, aprendiendo en la continua contemplación lo que debe enseñar. ¡Qué bien combina lo monacal y lo pastoral! Todo sacerdote, en su calidad de hombre consagrado, debe cultivar la ardiente contemplación para que su vida de Pastor sea un auténtico servicio evangelizador, tanto para sus fieles, como para la sociedad en la que conviven personas sumidas en el error o en la indiferencia religiosa. El ejemplo de tantos sacerdotes santos constituye la prueba de su factibilidad. Se requiere el “amén”, que Agustín inicia y sostiene a lo largo de más de treinta años, gastados con amor en el Ministerio episcopal. El itinerario de San Agustín prueba que el movimiento de la gracia progresa hacia la santidad - cualquiera haya sido su punto de partida - mientras se pronuncie existencialmente el “amén” desde un corazón purificado por la humildad. El corazón de Agustín es apasionado y no descansa hasta lograr lo que busca con ansiedad: “porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (conf. 1, 1)

Restaurador del sentido de lo sagrado.  Quizás uno de los males que más daño ha causado al espíritu de nuestros coetáneos es la pérdida del sentido de lo religioso. También el sacerdote, si su vida se acomoda a los criterios del mundo, puede llegar a perder su sensibilidad religiosa. Sin experimentar, con sus hermanos pecadores y como “pecadores”, el drama del alejamiento de Dios, el ministro del “perdón divino”, corre el riesgo de convertirse en un funcionario frío y calculador. Agustín se considera peregrino con los peregrinos, pecador con los pecadores, condiscípulo entre los discípulos del Señor. A partir de esa saludable experiencia acepta la misión sacerdotal de animar y encender los corazones de los hermanos en su ardiente deseo de Dios. En los diversos actos de su ministerio, sobre todo en la predicación y la Liturgia, brinda a sus fieles su sobrenatural lucidez. Lo aprende de otro grande - San Ambrosio - como él mismo lo recuerda al sorprenderlo, en cierta ocasión, abismado en la contemplación del texto bíblico abierto sobre sus rodillas.

El Santo desborda al prócer.  Se ha escrito mucho y muy bien sobre la personalidad del Santo Obispo de Hipona. Mi propósito es rescatar, ante la mirada asombrada de los sacerdotes, el admirable proceso de su santificación. San Agustín es un gran hombre pero no un fenómeno salido de otro mundo. Se dejó tomar enteramente por la gracia y apareció su verdadera identidad, imposible de calificar entre los grandes de este mundo. El santo no es un prócer que la sociedad homenajea periódicamente entre bronces y altisonantes discursos. Desborda la imagen del prócer. La gracia lleva a la perfección todas las virtudes y elimina las debilidades y pecados. San Agustín presenta, de manera particularmente destacada, que la santidad es obra de Dios. Para acceder a ella es preciso salir de sí mismo, por la humildad, y no tener en cuenta la frívola clasificación a que el mundo intenta reducirlo. Si quisiéramos ajustarnos a la verdad, al observar a Agustín Obispo, debiéramos calificarlo simplemente como la Iglesia lo hace: El Santo Obispo Agustín.  

Mons. Domingo Salvador Castagna, arzobispo emérito de Corrientes 


Publicado por verdenaranja @ 21:11  | A?o Sacerdotal
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