Lunes, 05 de abril de 2010

Lectio divina para el domingo de Pascua 2010, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

Domingo de Pascua 

LECTURA:          “Juan 20, 1‑9”

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llego primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

MEDITACIÓN:             “Había de resucitar”

Después de  revivir todos los pasos de tu pasión, hoy en toda la Iglesia, más que una reflexión, brota un grito de júbilo. La tensión, el dolor, la impotencia, han sido tan fuertes que roto todo ese clima sólo brota el canto, el júbilo, el aleluya, porque lo que anunciabas se ha cumplido.

El amor no puede morir, el amor tiene la última palabra en la vida y en la historia. Tendrá que experimentar la contradicción de la persecución que producen los intereses oscuros de la misteriosa profundidad del corazón humano, de ese misterio del mal que no comprenderemos en toda su fuerza hasta que no hayamos palpado el triunfo definitivo del amor.

Es normal que tus discípulos no te hubiesen entendido, ni creído. A nosotros también nos cuesta entender hoy que el amor pueda ser lo definitivo. Según lo que vemos casi es más fácil admitir que no, porque el amor sigue siendo víctima fácil de los poderes oscuros.

Pero frente a ese fatalismo, frente a la oscuridad que yo mismo experimento en mi propio corazón, que me lleva hasta límites insospechados, un grito desde lo más alto y desde lo más profundo del corazón humano, nos dice hoy, que es el amor, el amor quien vencerá, y que necesita de mí; y yo, Señor, quiero. Por eso me uno al grito de la iglesia, al grito de toda la humanidad que espera, aún sin saberlo, diciendo ¡aleluya!  Tú, Cristo vives. Tu vida es ahora, y lo seguirá siendo, la fuerza de la mía.                              

ORACIÓN:          “Fortalece mi esperanza”

Señor resucitado, gracias. Un gracias infinito brota de lo más profundo de mi ser, porque me abres a la esperanza cuando vislumbro tantos signos de desesperanza, cuando tantas amenazas de odio se extienden por la humanidad.

Gracias porque tu resurrección es esa gota de ilusión y de esperanza que nos permite decir que la historia no está llamada al fracaso, que en ella subyace la vida, porque en lo más íntimo de ella estás tú.

            Fortalece mi esperanza y hazme portador de ella, porque, tú lo sabes, Señor, la necesitamos.

CONTEMPLACIÓN:            “¡Vives!”

Tú no eres un Dios muerto
ni ausente.

Eres el Dios de la vida,
¡y vives!

El Dios que abre la esperanza
que anida en el corazón humano,
y que busca aun si saberlo.

El Dios que atraviesa
y llena mis vacíos
e ilumina los fondos oscuros
de mi soledad acompañada.

Eres el Dios
que conmueve mis entrañas,
que interrogas mis silencios,
que interpelas mis huidas,
que te aposentas dentro,
muy dentro
de mi ser más mío,
para mantenerlo vivo,
esperando mi respuesta.


Publicado por verdenaranja @ 11:24  | Liturgia
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