Martes, 06 de abril de 2010

Lectio divina para el miércoles de Pascua 2010, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

Miércoles de Pascua

 

LECTURA:           “Lucas 24, 13‑35”

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?» Él les preguntó: «¿Qué?»

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»

Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.» Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

MEDITACIÓN:             “Ardía nuestro corazón”

            Señor, a mí también me encajan tus palabras de reproche. Soy torpe para entender. Me cuesta abrir el corazón y hacer una lectura de todo lo que sucede a mi alrededor para descubrirte en el centro, y hay momentos en los que me ahogo en mis incertidumbres, mis desesperanzas, mis miedos. Me cuesta aceptar la fuerza de verdad que está inscrita en tu palabra, en tu vida, y eso apaga en muchos momentos mi vitalidad y mi entrega.

            Sin embargo, sigue latiendo en mi interior algo que es más fuerte que yo y mis resistencias. Siento en muchos momentos, cuando trato de acercarme a ti, que mi corazón arde, que una fuerza superior a mí lo conmueve y lo proyecta en unas ansias tremendas de gozo profundo, y en unos deseos irrefrenables de gritar de gozo para decir que tú llenas de sentido mi existencia, y que la única salida que tenemos todos es la de abrirte paso en nuestra  ser, y dejar que lo traspases con tu vida para que nos convirtamos en portadores de vida, en medio, muchas veces, de tanta confusión.

            Sí. Tu resurrección me abre todos los horizontes de mi esperanza. Me hace sentir que merece la pena seguir en la brecha. Es verdad que lo más cómodo es huir. Cerrar los ojos y los oídos y seguir viviendo a nuestro aire, a espaldas de la realidad, del dolor o el gozo de los demás. Pero eso es optar por la muerte y, tú, hoy, de un modo especial, me hablas de vida, y yo, Señor, quiero vivir y ayudar a vivir. Creo en la vida que se prolonga hasta la eternidad, y creo en el amor, como la fuerza para hacerlo posible. No un amor cualquiera, sino el que con tu vida me has enseñado tú.  

ORACIÓN:            “Sentir tu cercanía”

            Ábreme siempre a tu palabra, Señor, no permitas que me cierre en mí mismo, hasta hacerme raquítico y felizmente egoísta. Ayúdame a descubrir cada día la vida que me ofreces para poner en ella lo mejor de mí mismo. A veces pienso que es más bien poco, pero cuando se da lo poco que uno tiene, lo está dando todo, y eso tiene un efecto multiplicador. Y además está tu promesa, cuanto más se da, más se recibe, para poder seguir dando.

            Señor, quiero dejarme inundar de presencia cercana, sentir tu cercanía, tu presencia que camina a mi lado, aunque no la perciba. Y no dejes de recordarme, que siempre que sienta que algo arde en lo profundo de mi corazón, es que tú estás ahí.  

CONTEMPLACIÓN:           “Sentado a mi mesa”

Te has sentado a mi mesa,
para compartir conmigo
un pedazo de tu amor.

Lo sé porque siento
que algo quema 
en mi interior.

Y una caricia suave
recorre mi alma
y la conmueve.


Publicado por verdenaranja @ 22:36  | Liturgia
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