Martes, 13 de abril de 2010

Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de la Plata, en la solemnidad de San José (Iglesia del Seminario, 19 de marzo de 2010). (AICA)   

 “JOSÉ HIZO LO QUE EL ÁNGEL DEL SEÑOR LE HABÍA ORDENADO” (Mt 1,24) 

Día de júbilo en la Iglesia. Día de fiesta en nuestro Seminario. Al celebrar la santa Eucaristía, evocamos hoy la gran figura de San José, a quien Dios “confió la fiel custodia de sus más preciosos tesoros”, como se afirma hoy en la liturgia<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->. Es el castísimo esposo de la Virgen María y el padre adoptivo del Redentor de los hombres. Después de la madre del Hijo de Dios, él es la persona más íntimamente asociada al gran misterio de la Encarnación redentora. Testigo privilegiado, por tanto, de la realización del “designio misericordioso” cumplido “en la plenitud de los tiempos” (cf. Ef 1,9-10). 

Nuestro Seminario platense se gloría de su patrocinio desde su fundación. La solemnidad de hoy se reviste, por eso, de especial significado. El fiel custodio de la Virgen y del Hijo de Dios, sigue ejerciendo su oficio de atenta vigilancia y de servicio sobre el Cuerpo Místico de Cristo, y de un modo particular sobre esta porción de la Iglesia donde se forman aquellos que serán sus futuros ministros, en diversas diócesis de nuestra patria.

 Acabamos de escuchar en la proclamación del Evangelio según San Mateo, las palabras que el Ángel del Señor le dirige en sueños: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados” (Mt 1,20-21). Aquí estamos en presencia de lo fundamental de su existencia y de su misión dentro del plan salvador de Dios. 

De manera semejante a María, también él recibe una anunciación. Uno y otra dejaron que Dios aclarara el misterio de esa concepción. Tanto aquí como en otros episodios, José y María se entienden más por el silencio que con las palabras y, al abandonarse a la Providencia, permiten que el designio benevolente de Dios se manifieste en forma admirable. 

Tanto el Evangelio de Mateo como el de Lucas, concuerdan en el origen de Jesús, por obra del Espíritu Santo en María Virgen, ya desposada con José, sin que hubieran convivido. De María, los relatos evangélicos nos conservan pocas palabras. Conocemos entre ellas su respuesta al anuncio del Ángel: “He aquí la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). De José, en cambio, los evangelistas no registran ninguna palabra. Pero San Mateo, nos dice: “Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa” (Mt 1,24). 

En este sobrio relato, la tradición espiritual ha descubierto un símbolo del vivir abiertos en obediencia a la voluntad de Dios, y también del valor de la vida oculta y de la fecundidad del silencio. También José, al igual que María, es presentado como paradigma de creyente, puesto que en la Sagrada Escritura, la fe es caracterizada como “obediencia”. Y de José se dice que “hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado”. Como enseña el Concilio Vaticano II, al hablar de la Revelación divina: “Cuando Dios revela hay que prestarle «la obediencia de la fe» (Rom 16,26; cf Rom 1,5; 2Cor 10,5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando «a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad», y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él” (Dei Verbum 5). 

Puestos, como José, al servicio de la persona y de la misión redentora de Cristo, aprendemos de él a renunciar a nuestros planes y a dejarnos moldear por el designio divino. Como él, en las horas de perplejidad, aprendemos a buscar respuesta en Dios. Es mucho lo que podemos aprender siguiendo los episodios que jalonan su itinerario de fe junto a su esposa y junto al Niño, que Dios Padre le confiaba para que, a su vez, hiciera las veces de verdadero padre humano. 

José, durante el censo ordenado por el emperador Augusto, registra al Niño que aparecerá como uno más entre tantos otros, con el nombre de Jesús, hijo de José de Nazaret. De este modo, el Hijo de Dios, mezclado entre tantos, ofrecía a todos la comunión con él. 

En la noche de Belén, José es testigo ocular de la manifestación “del misterio oculto desde siempre en Dios” (Ef 3,9), servidor providencial en medio de la pobreza que, aunque vivida con dignidad, anticipaba el anonadamiento de la cruz.

 En la circuncisión, cumple con su deber paterno, sometiendo a su hijo a un rito que contenía la sombra de la Nueva Alianza. Pero al imponerle el nombre de Jesús y reconocerlo como su hijo, está vinculando a Jesús con su propia estirpe davídica, y así al Niño se le podrá reconocer su condición de Cristo o Ungido como Rey Mesías. Si Jesús es biológicamente el hijo de María, y por su generación eterna es el Hijo o Verbo de Dios, por la adopción de José se hace posible su conexión con la casa de David, de quien será reconocido hijo. 

Al presentarlo en el templo de Jerusalén, se cumple con el rito del rescate del primogénito, mediante la ofrenda de los pobres. Una vez más la mirada de la fe nos lleva a interpretar el relato como profecía: el Niño ahora sujeto del rescate, se manifestará con el tiempo como el autor del rescate de la multitud de los hombres. El Evangelio de San Lucas señala además que “su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él” (Lc 2,33). Las palabras de Simeón, que escuchó junto a María su esposa, traen el anuncio de la pasión redentora. 

El Evangelio de San Mateo nos habla de la huida a Egipto, donde nuevamente José es modelo de fe y obediencia. Antes de vivir en Nazaret y antes de inaugurar la Nueva Alianza, el camino de Jesús recapitula el camino de Israel por el itinerario del éxodo. 

El tiempo de la llamada vida oculta de Jesús, estará caracterizado por el trabajo mediante el cual la Sagrada Familia santificaba la vida más ordinaria, y por el manto de discreción y silencio con que Dios cubre sus mejores obras. En ese período, José alimentará al que es el Pan de Vida, educará a la Sabiduría eterna e increada; le enseñará a hablar, a caminar y a ejercer un oficio, al que es la Palabra omnipotente que sostiene todas las cosas, al que siempre obra en comunión con su Padre. 

Sólo un acontecimiento interrumpe este silencio y ocultamiento: la Pascua en Jerusalén cuando Jesús tenía doce años. Allí oye a su esposa decir: “tu padre y yo te buscábamos angustiados” (Lc 2,48). La desconcertante respuesta de Jesús: “¿no sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49), traería una nueva confirmación del origen y misión del Niño y adolescente a cuyo cuidado dedicó su vida. 

La vida de José sirve de modelo para todos los fieles. Para nosotros, sacerdotes y seminaristas, resulta ejemplar acabado al hacer ofrenda de nuestra capacidad de amor mediante el celibato, enteramente consagrados a la tarea eclesial, nos convertimos como él en “ministros de la salvación”, título con el cual San Juan Crisóstomo honró al esposo de la Virgen y padre nutricio de Jesús (cf. In Matth. Hom. V,3).  

Mediante su actitud obediente, podemos decir que José es el primero en participar de la fe de María su esposa en el misterio de la Encarnación, quien por otra parte es la que precede a la Iglesia en la “peregrinación de la fe”, según la bella expresión de la Constitución sobre la Iglesia en el último Concilio (cf. LG 58). 

En el Oficio de lecturas de la Liturgia de las horas, correspondiente al día de hoy, encontramos estas palabras de San Bernardino de Siena, fundadas en sólida teología: “Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura  racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión. Esto se realizó de un modo eminente en la persona de San José (…). Por tanto, si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José, después de ella, una especial gratitud y reverencia”. 

En la Iglesia latina, ha sido Santa Teresa de Jesús la mayor entusiasta de su culto y difusora del poder de su intercesión: “No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.  Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo… Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no lo creyere y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción”. 

El Santo Padre, Benedicto XVI, en diciembre de 2008 nos regalaba esta reflexión: “El silencio de San José es un silencio impregnado de la contemplación del misterio de Dios, en una actitud de disponibilidad total a las voluntades divinas. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino por el contrario, una plenitud de fe que lleva en su corazón, y guía cada uno de sus pensamientos y cada una de sus acciones. Un silencio gracias al cual José, al unísono con María, conserva la Palabra de Dios, conocida a través de las Santas Escrituras, confrontándolas permanentemente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración continua, de bendición del Señor, de adoración de su voluntad y de confianza absoluta en su providencia”.

 En una época de prodigios técnicos, los medios de comunicación parecerían asegurar mejor la comunión entre los hombres. Sin embargo, en cuanto a las necesidades profundas que tiene el ser humano de comunicarse y entrar en comunión, no es así. El ruido nos invade, y en lugar de comunicarnos mejor, corremos el riesgo de volvernos más superficiales. Necesitamos recuperar una cultura del silencio. De un modo especial los sacerdotes, hombres de comunicación y comunión, y por eso mismo, necesitados de vida interior intensa. No huyamos del silencio, no le tengamos miedo. Los años del Seminario tienen este sentido. El ejemplo de José nos trae la evidencia de que una vida plena no es necesariamente una vida de grandes escenarios y de fama. En el silencio del corazón nos espera la música callada y la secreta belleza y armonía que los hombres buscamos tantas veces por caminos equivocados. 

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata

Nota:
[1]<!--[endif]--> Cf. Liturgia de las horas, Oficio de lecturas: San Bernardino de Siena, Sermón 2, sobre San José.

 


Publicado por verdenaranja @ 23:08  | Homil?as
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