Jueves, 15 de abril de 2010

 

 

Mensaje de Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, con motivo de la solemnidad de la Anunciación del Señor (25 de marzo de 2010). (AICA)

DÍA DEL NIÑO POR NACER

Queridos hermanos y hermanas:

Agradecemos el don de la Encarnación del Hijo de Dios, que se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, y celebramos con fe este misterio, que confiere a la vida humana una nueva dignidad. En el relato evangélico de la Anunciación, la actitud de reverencia con que la Virgen María escucha las palabras del Arcángel Gabriel, aceptando la voluntad divina, significa también el respeto con que considera ese fruto de su vientre, el Niño que ha de nacer, el Hijo de Dios. Desde el comienzo de su gestación este Niño es ya Salvador de su pueblo, y en Él se cumplen las promesas hechas a los padres. De manera análoga, cada vida incipiente, rodeada de amor y cuidados por la misma naturaleza en el seno materno, destinada a una misión en el mundo, formando parte de la comunidad humana, reproduce ese milagro de la capacidad de colaboración y de instrumentalidad con que Dios hizo al hombre, imagen suya. El modelo único del Hijo de Dios nacido de María Virgen, se encuentra en cada nueva criatura, recibida con amor, acompañada con respeto, protegida con dedicación y generosidad, y llamada a ser verdaderamente, en su vida, hijo de Dios por adopción, obediente a sus mandatos, siguiendo su voz con fidelidad.

La difusión de una actitud favorable a la práctica del aborto, o al menos tolerante hacia quienes lo propugnan, como una solución a determinadas situaciones dolorosas y complejas, o peor aún como un medio para reducir la natalidad o evitar los embarazos eventuales, desconoce el sentido de la vida y es un abuso de la libertad concedida al hombre para orientar su conducta. El aborto es un crimen, porque elimina una vida inocente. Es una acción egoísta, porque solo tiene en cuenta a intereses particulares. Debilita el espíritu que da origen a  la familia, que debe ser edificada sobre el amor en la oblación de los cónyuges y se prolonga en la vida de los hijos.

El aborto destruye una vida indefensa y castiga a quien no es culpable de falta alguna. Al desconocer la disposición que Dios estableció para la trasmisión de la vida, y que tiene su ejemplo más preclaro en el misterio de la Encarnación, se convierte en un modelo nuevo, aberrante, de muerte y no de vida, de exclusión y no de acogida, de egoísmo y no de generosidad.

Esta cultura de la muerte tiende a imponerse, ante la indiferencia de muchos en nuestra sociedad. Por la vía judicial y legislativa, se ha ido abriendo camino, y parece que cuenta con una protección y una promoción mayores y más difundidas que las propuestas que respetan la vida y amparan al inocente. Pero la única víctima no es el niño no nacido; es víctima la madre, llevada a cometer un crimen horrendo y sufrir en primera persona las consecuencias de él; es víctima la familia toda, por esta herida infligida en lo más sagrado, la vida, que es la que da trascendencia al amor de los padres en la continuidad de su prole. Es víctima la sociedad, especialmente en sus miembros más indefensos, los jóvenes, los pobres, porque se la habitúa a convivir con la muerte y a aceptar como una causa justa la que es producto del egoísmo y del materialismo.

Nuestro país no es excepción, y sufre también el ataque de la cultura de la muerte. Insensiblemente nos podemos ir acostumbrando a ello. La pérdida de los valores, el vaciamiento de la identidad, la desnaturalización de las instituciones, llevan a esta indiferencia. Pidamos la inteligencia y la fuerza para difundir la verdad y permanecer adheridos a ella. Pidamos la elocuencia y la capacidad para emplear los medios oportunos que ayuden a  nuestros hermanos. Confortemos a los que han sufrido y sufren la duda y el combate interior, para salvar la vida naciente y hacer más plena y feliz la de quienes tienen la hermosa misión de acompañarla y orientarla. Permanezcamos junto a la verdad del Evangelio y hagamos resonar la voz de la Iglesia, que nos invita a ser custodios de la vida.

Por este motivo, invito a todos los cristianos a unirse en oración el próximo 25 de marzo, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, y a participar en la Eucaristía, rogando a Dios Nuestro Señor, por la intercesión de María Santísima, que aleje de nosotros el grave peligro de una mayor difusión del aborto y transforme los corazones de los responsables de la Patria, para  que sean solícito defensores de la vida. 

Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio
Nueve de Julio, marzo de 2010 


Publicado por verdenaranja @ 22:38  | Hablan los obispos
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