S?bado, 17 de abril de 2010

Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, en el día de la Anunciación del Señor (Iglesia del Seminario, La Plata, 25 de marzo de 2010). (AICA)  

“HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA” (Lc 1,38) 

 

“Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). El universo entero se llena de un sentido nuevo. Nunca antes ni después, en la toda la historia de la humanidad, las palabras de una simple mujer tuvieron tanta repercusión en la vida del resto de los hombres. Nunca antes ni después, la alianza entre Dios y los hombres encontraría una expresión más intensa y perfecta que aquella que, a partir de ese instante, se establecía entre una Madre y su Hijo.

“Tú eres un Dios escondido” (Is 45,15), exclamaba Isaías, el profeta. El salvador de Israel se hace presente ocultándose. “Tanto más se manifiesta, cuanto más hondo se esconde”. Tal es la complacencia divina: silencio y discreción de apariencias.

Roma, Atenas, Alejandría. Los ejes de la gran historia pasaban por otros meridianos. Jerusalén era gloriosa tan sólo para los hijos de Israel. Nazaret, apenas un nombre, sinónimo de insignificancia: “¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1,46), preguntaría Natanael, entre dudoso y despectivo.

Pero en el tiempo de Dios, la hora de cumplir las promesas había llegado. En un poblado sin lustre de Galilea, una joven virgen recibe el anuncio del designio divino de convertirla en Madre del Hijo de Dios y Mesías Salvador.

Nunca como ahora se había revelado la fecundidad del “sí” del hombre ante voluntad de Dios. “Hágase en mí según tu palabra” dice la Virgen. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).

Lo grandioso se reviste de pequeñez. El tesoro del Reino se esconde en la pobreza. La Palabra eterna y poderosa, creadora y llena de vida, “en quien todo tiene consistencia” (Col 1,17), antes de manifestarse al mundo, busca su morada en el seno purísimo de la Virgen, que será su Madre. Se esconde para manifestarse y nos habla desde su silencio.

Anunciación del Señor. Un ángel anuncia su venida. Anunciación a María. El Señor quiere venir con la colaboración de la Mujer. El que habita en el seno del Padre quiere descender al seno de María, sin dejar el seno del Padre.

Sólo la voluntad divina es portadora de salvación. Pero quien de nadie necesita, libremente quiso necesitar del servicio de la Mujer, elegida y preparada desde el principio. Ella no es el Evangelio. Sólo el Hijo que se le anuncia “será grande y se lo llamará Hijo del Altísimo” (Lc 1,32). Sólo Él se sentará en “el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (ibid.). Sólo Él “será Santo y se lo llamará Hijo de Dios” (Lc 1,35). No es María el Evangelio, pero sin ella, no habría Evangelio.

Misterio de la Alianza renovada entre Dios y los hombres. Misterio del Dios con nosotros. La Sabiduría eterna, increada y creadora, nos dice: “Mi delicia era estar con los hijos de los hombres” (Prov 8,31).

“¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!” (Lc 1,28). ¡Alégrate tú, lo mejor de nuestra raza! ¡Alégrate, tú elegida y rodeada desde el primer instante de tu existencia por la gracia del Aquel mismo que te elige como Madre! ¡Alégrate, gloria de Jerusalén y alegría de Israel! “Toda la antigua alianza revive con tu fe”.

Virgen nazarena, el saludo del ángel te trae el eco de oráculos antiguos dirigidos a la “hija de Sión”. “¡Alégrate, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate, hija de Jerusalén! (…). El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal (…). ¡No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos! ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti; poderoso salva! Él exulta de alegría por ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta” (Sof 3,14-18).

“Llena de gracia”, ése es tu nombre propio. “Toda la antigua alianza revive con tu fe”. El Señor te invita a un místico desposorio al asociarte al misterio de la Encarnación. “Nueva Eva” que desatas el nudo de la desobediencia original. La historia y el universo estuvieron pendientes de tu respuesta. Madre y compañera inseparable del “Nuevo Adán”, mantuviste tu fidelidad hasta la Cruz.

Hoy queremos alegrarnos con tu alegría. Hoy contemplamos en ti la vocación de la Iglesia entera y nuestro compromiso de discípulos y misioneros: traer a Cristo a este mundo lleno de pesadumbre y de tristeza. Por eso, en nuestra labor apostólica levantamos los ojos hacia ti, “puerta del cielo y estrella de la mañana”, buscando imitar tu ejemplo de docilidad a la voluntad divina. Hoy te pedimos volvernos fecundos por obra del mismo Espíritu, por quien se continúa tu misterio: engendrar a tu Hijo en los corazones de los fieles.

Hoy grabamos en nuestras mentes y corazones tres palabras a modo de consignas de las que queremos vivir, y repetirlas contigo hasta el final: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). “He aquí que vengo, Dios, para hacer tu voluntad” (Heb 10,7). “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10).

La primera, es tu respuesta que cambió la historia. La segunda, es la voz simultánea de tu Hijo al encarnarse en tus entrañas, cuya vida se resume en la voluntad divina. La tercera, queremos pronunciarla contigo y con Jesús para insertarnos en el misterio de la Alianza y hacer presente el Reino de tu Hijo que los hombres anhelan, tantas veces sin saberlo.

No cesamos de alabarte, sabiendo que tu grandeza excede nuestra alabanza. “Llena de gracia” te definió el ángel. “Omnipotencia suplicante” te llamará la voz de la Iglesia, que extasiada en tu belleza te reconoce como Hija predilecta del Padre, Madre santísima del Verbo, sagrario purísimo del Espíritu Santo, templo y sagrario de la Santísima Trinidad.

Hoy contemplamos con tristeza nuestro mundo y nuestra patria. Son horas de apostasía de la verdad, y muchos, confundidos, dejan la casa de Dios. El dragón infernal, aunque herido de muerte, parece triunfar y llevar a muchos a la ruina.

Nos sentimos débiles y con pocas fuerzas ante la magnitud del desafío. Pero tu humildad nos alienta a creer en la fecundidad de los pequeños pasos, y tu mirada nos abre hacia amplios horizontes de esperanza. Lo más grande de la historia surgió de la fecundidad de tu fe y del perfume de tu  silencio.

La casita insignificante de Nazaret, se convirtió en el espacio primero de la Iglesia, en tu Pentecostés personal que fue la Anunciación. Gracias a tu respuesta, tu pequeña casa hoy se ha convertido en la Iglesia universal, que es la patria del mundo.

Madre de Dios y Madre nuestra, empleamos como niños las palabras de la Salve, aprendidas en los años de inocencia: “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. 

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata 


Publicado por verdenaranja @ 16:39  | Homil?as
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