Domingo, 18 de abril de 2010

Comentario al evangelio del domingo tercero de Pascua, publicado en Diario de Avisos el domingo 18 de Abril de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.

Pedro, tres sobresalientes

Daniel Padilla

 

Desengáñate, Pedro. Lo que al final vale, por encima de todo, es el amor. Tu amigo Pablo, con quien tantos desvelos y sufrimientos compartiste por el evangelio, lo resumió bien claramente: "Existen tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la que permanece para siempre es el amor". ¿Te das cuenta, Pedro? De eso es de lo que Jesús, al final de su estancia en la tierra, quería tener constancia: de tu amor. ¿Conoces aquella preciosa frase de San Juan de la Cruz, el santo de la "noche oscura"? Él dijo que, "al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor". Pues eso es lo que hizo contigo el Señor. Al final de toda tu trayectoria tras de él, te examinó sobre el amor. Ya, antes, Jesús había analizado tu fe. Recuérdalo, Pedro. Andaban todos bastante despistados acerca de la identidad de Jesús y, por lo tanto, de las razones por las cuales le seguían. Unos le identificaban con Elías, otros con Jeremías, otros con algún otro profeta. Y fue entonces cuando hablaste tú. Y diste la razón de tu fe. Hiciste el acto de fe más bello y contundente: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". A Jesús le gustó tanto tu discurso, que te puso sobresaliente en tu fe: "Aquello no te lo había revelado nadie de carne y hueso, sino el Padre que está en los cielos". Otro día, ante el anuncio de la eucaristía muchos se desanimaron, perdieron la esperanza y empezaron a desertar. Tam­bién entre ustedes hubo un conato de huida. Pero, una vez más, tú pusiste toda tu esperanza en Jesús y dijiste espléndi­damente: "¿A dónde iremos, Señor, si tú tienes palabras de vida eterna?". Sobre­saliente otra vez. Es como si hubieras cantado: "En Dios pongo mi esperanza y confío en su palabra". Pero, daro, lo que al final cuenta, ya te lo he dicho, es el amor. Y de eso quería estar seguro Jesús. "Tú te extrañaste de que por tercera vez te preguntara: 'Pedro, ¿me amas más que éstos?' Y te quedaste triste". Pero, piensa un poco, Pedro, por favor. A pesar de tu sobresaliente en fe y de tu sobresaliente en esperanza -y perdóname que te lo recuerde-, te habías acobardado y le habías negado. Sí, sí; Jesús había hecho ya de ello, borrón y cuenta nueva. Pero, ya comprenderás, hacía falta solidificar tu amor. Hacía falta que tú mismo caye­ras en la cuenta de que, si le amabas sobre todas las cosas, ese amor te tenía que poner alas. Hacía falta, sobre todo, que ese amor te llevase definitivamente a saber "apacentar sus ovejas y sus corde­ros". Hacía falta que tú, Cefas, "que signi­fica piedra", una vez asentado, confir­maras a todos los hermanos. Más que para asegurarse él, para que te asegura­ras tú mismo, te repitió tres veces la misma pregunta sobre tu amor. Sobresa­liente, también. Y bien que lo demos­traste, Pedro. La tradición nos cuenta que, después de predicar tu fe por aquí y por allá -¡Ah, las sandalias del pescador!­, diste tu vida por Cristo en la persecu­ción de Nerón, en Roma. Dicen también que te crucificaron como a Jesús. Pero añaden dichas tradiciones - ¡y bien que nos conmueve el dato!- que, recordando sin dudas tus bravuconadas de otros días, pediste ser crucificado cabeza abajo. Ya que no te considerabas digno de ser com­parado en nada con tu Maestro. ¡Siem­pre fuiste así de noble, así de sencillo y así de bueno, Pedro!


Publicado por verdenaranja @ 10:47  | Espiritualidad
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