Lunes, 19 de abril de 2010

Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, para el Domingo de Ramos (Parroquia Nuestra Señora de los Milagros, Villa Elisa, 28 de marzo de 2010). (AICA)  

“¡BENDITO EL REY QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR!” (Lc 19,38) 

“¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” (Lc 19,38). El grito fervoroso de los discípulos de Jesús resonaba al inicio de nuestra celebración. Clamor de gloria y alabanza ilimitada hacia el Maestro “por todos los milagros que habían visto” (Lc 19,37). Nos dejamos contagiar ese entusiasmo desbordante y con nuestros ramos también lo aclamamos como Rey.

Ya en el templo, el júbilo cedió paso al relato de la pasión. Judas lo traiciona. Jesús está solo. Pedro lo niega tres veces. El Sanedrín lo condena. Los guardias lo insultan y golpean con saña. Pilato termina cediendo a las presiones del Sanedrín y a los gritos de la multitud, que ahora vocifera: “¡Que muera ese hombre! (…) ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” (Lc 23,18.21). No podemos pensar mayor contraste.

Si hoy estamos en el templo celebrando el inicio de la Semana Santa, es porque buscamos entender ese contraste en nuestras propias vidas. La fe nos ilumina y nos mueve al compromiso.

La evidencia de los signos llevó a la multitud de los discípulos a reconocerlo como Rey Mesías. La flaqueza de la carne y la luz insuficiente de una fe imperfecta, llevó, días más tarde, a los apóstoles y al mismo Pedro, al desconcierto, al miedo y a un terremoto espiritual en sus ideas. El prendimiento y la condena de Jesús, seguidos de su pasión y muerte, eran una dura realidad. ¡Qué poco concordaba con las representaciones mentales acerca del Reino de Dios tan esperado!

Jesús se preocupó de prepararlos. Con muchas advertencias fue anticipando el misterio y el sentido de su muerte. Al predecir por segunda vez su pasión, ellos que acababan de ver prodigios, escucharon de su Maestro palabras desconcertantes: “Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía –dice el evangelista Lucas–, Jesús dijo a sus discípulos: «Escuchen bien esto que les digo: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto” (Lc 9,43b-45).

“Escuchen bien esto que les digo”, nos dice también Jesús a nosotros. Al dar inicio a esta semana, que es santa por excelencia, debemos guardar esta advertencia del Maestro que pide ser escuchado. Nosotros queremos y debemos “escuchar bien”. Escuchar para recordar. Escuchar para guardar en la memoria y repasar en el corazón. Escuchar para mirar la vida con los ojos de Jesús. Escuchar para vivir en consecuencia.

Debemos recuperar la cultura del silencio. Silencio exterior, tan necesario para nosotros sumergidos en el ruido. Silencio interior, para escuchar a aquél que es la Palabra, el Verbo de Dios hecho carne. Que no nos contagien la profanación de la Semana Santa. Que los días mayores de esta semana, no se nos confundan con vacaciones mundanas, vacías de Cristo.  El Domingo de Ramos no se agota en el puro sentimiento ni en el signo hermoso del ramo bendito que llevamos. Es un compromiso.

El Reino de plenitud y de paz que todos buscamos, viene a este mundo por caminos distintos a los imaginados. Pasa por la obediencia al Padre y la humillación de la cruz. “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”. El Reino de libertad y justicia, donde las opresiones del hombre desaparecen y los opresores del pueblo son derrotados, no se hace presente con una victoria al modo humano. No se inaugura con una acción meramente exterior, sin comprometer nuestro cambio de mentalidad. El Reino comienza en el corazón que se convierte, y acepta seguir a Cristo por el camino de la cruz, que es el camino del heroísmo y del amor. Camino estrecho y puerta angosta.

“Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas”. Si celebramos este Domingo de Ramos y procuramos vivir con intensidad la Semana Santa, es porque buscamos “entender”. Sabemos que no entenderemos con el solo raciocinio, sino con el corazón iluminado por la fe.

El drama de no entender el camino de Jesús se repite en nuestras vidas. ¿Qué esperamos de Él, nosotros que nos reconocemos como cristianos y discípulos suyos? ¿Cómo reaccionamos ante las oscuridades y pruebas de la vida? ¿Somos capaces de mantener viva la fe en los momentos de oscuridad? ¿No se repiten en nuestra vida tantas veces la traición de Judas, las negaciones de Pedro y el desconcierto del resto de los discípulos?

Entenderemos creyendo. Comprenderemos viviendo y orando. Asimilaremos acercándonos a los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía. El que estaba lejos que se acerque. Que el pecador no desespere y se convierta. Sepa que Cristo se entregó por él y lo espera. Que el tibio sacuda su mediocridad y se decida por la coherencia. El que está firme, que se entregue por entero.

Para hacer presente su Reino, Jesucristo necesita seguidores de mentalidad renovada por su gracia. Valientes y humildes a la vez. Capaces de sacrificarlo todo, con tal de no apartarnos de sus enseñanzas. Nos elige para dar testimonio de Él en medio de una sociedad cuyos grupos dirigentes parecen darle la espalda. Muchos se han vuelto paganos y quieren paganizarnos. A otros, Cristo les pregunta si han puesto las encuestas de popularidad por encima de sus propias convicciones.

No nos asuste la crítica ni la difamación. En estos días cierta prensa apunta contra el Papa. Con fragmentos de verdad, bien recortados, se construye una inmensa mentira. Como Iglesia y como sociedad atravesamos oscuridades y tormentas. La verdad queda oculta y oscurecida tras las nubes de palabras de los falsos profetas de nuestro tiempo. En nuestra patria, gobernantes, legisladores y jueces, promueven leyes que niegan la dignidad inviolable de toda vida humana y la naturaleza misma del matrimonio. Se habla de interrupción voluntaria del embarazo para nombrar el crimen abominable del aborto. Se pretende llamar matrimonio a uniones antinaturales.

Mientras los legisladores promueven y debaten estos temas, miles de niños y jóvenes carecen de educación elemental o abandonan las aulas. Aumenta, aunque se niegue, el número de pobres e indigentes. No cesa el flagelo destructor de la droga. La inseguridad de los ciudadanos sigue siendo tema constante. Continúa la violencia verbal y parece que hay regocijo en fomentar rencores. Pero las verdaderas prioridades de la gente son postergadas.

Queridos hermanos, de la fuerza de nuestro sereno testimonio en la vida cotidiana, dependerá la vigencia del Evangelio en la vida de la sociedad. No nos cansemos de sembrar en esperanza pequeñas semillas de fe y de amor. No nos cansemos de dar testimonio. Si la semilla es buena, aunque diminuta, a su tiempo germinará.

Quiere Jesús que seamos “sal de la tierra y luz del mundo”. En el interior del hogar, cumpliendo con los deberes de esposo y esposa, de padre y de madre, de hijos y hermanos, defendiendo la recta noción de familia. En el aula y en la vida ciudadana. En el lugar de trabajo y en las responsabilidades públicas. Con el ejemplo y con la palabra, sin avergonzarnos nunca de nuestra condición de cristianos y católicos, aunque por eso debamos padecer desprecio y burla, o quizá perder ventajas de este mundo.

Que desde la parroquia entendamos que no debemos contentarnos con acudir a los oficios religiosos, sino que nuestro deber es también salir y proclamar, colaborar y difundir el tesoro que tenemos. Bajo la guía de los pastores de la Iglesia, con la audacia de los testigos.

Entonces sí, nuestra proclamación de Cristo se volverá elocuente y realista, no sólo litúrgica sino misionera, y diremos con toda nuestra vida: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” (Lc 19,38).

 Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata 


Publicado por verdenaranja @ 22:34  | Homil?as
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