Lunes, 19 de abril de 2010

Homilía de Monseñor Virginio Bressanelli scj, en la celebración de la misa Crismal (Catedral San Juan Bosco, martes 23 de marzo de 2010). (AICA) 

MISA CRISMAL

Queridos Hermanos y Hermanas:

Celebramos esta Misa Crismal, que generalmente se realiza el día Jueves Santo por la mañana, pero aquí debido a las grandes distancias, lo hacemos hoy. Y es hermoso ver que esta Misa, por un sentimiento que viene de Dios, es una de las más participadas de la Diócesis. Quizás la más participada.  Es un día de semana pero viene siempre gente de todos los lados.

Yo diría que por esa intuición que nos da la fe, nosotros estamos afirmando algo de lo que queremos ser. Algo de lo que ya somos, por la Gracia Sacramental, que nos ha transformado en  hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Y algo que queremos llegar a ser en perfección, una perfección que nos alcanzará sólo en el más allá. Esto que queremos representar y que de hecho representamos, es la Comunión Eclesial que nos recuerda la Trinidad Santísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo; que nos ha llamado a participar con ese mismo impulso de amor, de diálogo, de encuentro, de seguridad de una comunidad de amor que se da en la Trinidad. Nosotros queremos acentuar esa Comunión Eclesial que es lo que realmente expresa lo que es la Diócesis.

La Diócesis es la Iglesia la que se hace presente, en lugares muy vivos, muy  concretos, como es en esta parte del Chubut. Antes era la Diócesis de todo el Chubut, pero desde hace un año a esta parte, desde que existe la Prelatura,  hemos quedado solamente dos tercios de todo el Chubut. Pero es inmenso de por sí.

Estamos representando que desde que nosotros nos integramos a Cristo por el Bautismo, estamos llamados a formar  con Cristo, en Cristo, por Cristo, el Cuerpo Eclesial.

Nadie ha sido llamado a la soledad de la fe.  La fe nunca deja solo a nadie; y es un peligro cuando en alguna forma privatizamos la fe o la encerramos en los ámbitos del individualismo, o de lo que cada uno considera, aún viviendo bien la fe, viviendo lo que realmente la Iglesia realmente nos pide,  la queremos vivir solos como si estuviésemos solos. Qué tristeza, que fracaso, porque la fe, a nosotros nos convierte en el pueblo eclesial de Cristo, es por eso que esta Celebración se hace en torno al Altar, donde nos alimentamos con la Palabra de Jesús, una Palabra que nos convoca a ciertas actitudes de vida que nos hacen capaces de vivir como Cuerpo de Cristo.  Nos alimentamos con la Eucaristía para que, recibiendo el Cuerpo Sacramental de Cristo nos podamos convertir en Cuerpo Eclesial.

En estos años de presencia en la Diócesis, creo que es uno de los temas que muchas veces he hablado y que me interesa reafirmar. No podemos nunca pensar que estamos realizando el Misterio Pascual de Cristo de una forma bien completa, cuando no tenemos en cuenta esta dimensión tan profunda como es la de vivir en un Cuerpo Eclesial. Y esa Unidad no es solamente una unidad afectiva, donde estamos contentos porque nos queremos, no es tampoco una unidad simplemente sociológica, por el hecho que nos encontremos en un mismo lugar o haciendo las mismas cosas, sino que es una Unidad tan esencial que forma parte de nuestro mismo ser y del ser de la Iglesia. La Iglesia es así, es una comunidad convocada en el amor y que quiere vivir, como Cristo quiere vivir la Misión que el Padre le encomendó a Jesús.

Aquí aparece entonces, que como Cuerpo Eclesial, estamos llamados a dejarnos ungir por el Espíritu Santo. Hoy se habla de Jesús, que es ungido por el Espíritu Santo, esa unción del Espíritu Santo es una presencia viva en nosotros. Es una Unidad que viene desde la Gracia, una Unidad que hay que cultivar porque Dios quiere que su Gracias sea realmente efectiva en nosotros. Es una Unidad que supera el ámbito de lo sociológico, lo afectivo, lo puramente natural, porque nos invade y nos hace Cuerpo Eclesial de Cristo; donde El es cabeza y nosotros sus miembros.

Y aquí entonces, una aplicación muy concreta; configurados con Cristo formamos un Cuerpo Eclesial y estamos llamados también  a la misma Misión que Cristo. Y es por eso que los textos nos plantean la Profecía de la Misión de Cristo, mencionada en Isaías, y la actualización, porque esas palabras se hacen actualidad, se hacen hoy, tomado en el Evangelio de Lucas. Esa Misión de Cristo es a la que está llamada esta Iglesia, está llamada a anunciar la Buena Noticia de Cristo. Y “anunciarla”…dice el texto, “a los pobres”, porque “los pobres son los primeros en el Reino”. Muchas veces hemos dicho, y repito, resumiendo, algo que me parece fundamental: el anuncio del Evangelio a los pobres, y pobres no sólo desde el punto de vista  sociológico, sino en todo el sentido de la pobreza; las muchas pobrezas que hay en nuestra realidad, incluso en nuestra misma realidad eclesial. Y el anuncio del Evangelio a los pobres es la garantía de que nosotros tengamos parte en el Reino. Si ellos son los primeros en entrar, es importante que también nos abran las puertas para que podamos entrar nosotros.

“Es un llamado a anunciar la liberación a los cautivos” dice, “Un llamado a anunciar la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de Gracia con El Señor”. Lo resumiría diciendo: es un llamado a hacer que los sueños de Dios, que siempre son sueños de amor, de felicidad, de vida - y sobretodo en este momento quisiera marcar eso – son sueños de vida y nunca de muerte. Y son sueños de felicidad para todos. La Misión de Cristo es ésa. Y nuestra Misión es hacer que la Misión de Cristo se siga realizando en el mundo.

Por ello, el Espíritu que El Señor nos da, y que nos unge, es para consagrarnos realmente en la mentalidad de Cristo; para consagrarnos realmente en las actitudes del Corazón de Cristo; para consagrarnos en el Apostolado de Cristo, en el proyecto pastoral que El tiene, que es el proyecto del Reino.

Y esa consagración se da a todo el pueblo de Dios. Por eso hoy se habla de “un pueblo que es sacerdotal”. Hay una participación de ese Misterio, que le toca a todo el pueblo de Dios. Nosotros, en una forma muy significativa lo vamos a hacer, cuando se consagren los tres óleos. Porque la Misa Crismal justamente, hace referencia a la consagración de los Óleos.

Queridos hermanos y hermanas, les pido que acompañen a los sacerdotes en su vocación ministerial. Los apoyen y acompañen con su oración, cariño, los defiendan de muchas maneras. Si hay algo en lo que les quiero insistir es en esto: quieran a sus sacerdotes, recen por ellos, acompáñenlos verdaderamente como hermanos, quiéranlos como hijos que quieren a sus padres, y a un Pastor dentro de la comunidad. Díganles lo que les tienen que decir de frente…y recuerden, nunca por detrás, como hemos dicho otras veces. Y sobretodo, ayúdenles, porque uno va apreciando la propia vocación sacerdotal en la medida que el pueblo de Dios también  colabora para hacérsela apreciar.

Hoy quisiera decir unas palabras, si bien no es el contexto más adecuado para hablar de una despedida, porque lo principal es la Misa Crismal. Pero sí será una ocasión única para decir unas palabras frente a toda la comunidad Diocesana. Porque hay representantes de muchos lugares de la Diócesis.

Muchos se han preguntado por qué con tan poco tiempo de permanencia aquí en Comodoro Rivadavia, se me ha pedido el traslado, en una forma que para ustedes es muy imprevista, no pensada, en una forma que incluso para mí hasta hace unos meses tampoco pensé que podía ser, pero que intuí poco tiempo antes que lo supieran ustedes, y lo intuía de acuerdo a las consultas que se iban haciendo y los rumores que llegaban. Y realmente me asustaba el pensar de dejar la Diócesis.

Y se dijo: ¿qué pasó?, ¿por qué dejo el gobierno directo de una Diócesis para pasar a ser coadjutor del Padre Obispo Marcelo Melani de Neuquén? Entonces algunos me preguntaban: “¿Que pasó padre, es una promoción o un castigo?” Y yo les digo la verdad: no es ni promoción ni castigo. Es el llamado a un servicio. Realmente. La Iglesia no piensa con las categorías humanas. Y hay momentos en que se tiene que hacer visible que se piensa en otra manera, y que se piensa en el bien de toda la Iglesia. ¿Y cuál es el motivo entonces? El motivo es que se trata de una Diócesis que pasó por algunas dificultades y a raíz de ello, y esto a través de mucho tiempo atrás, se fueron viendo cuáles serían las formas de solución desde el grupo de obispos patagónicos, que gracias a Dios trabajamos muy unidos, y eso para nosotros es una Gracia de Dios, trabajar unidos en todo sentido. Y en un cierto momento se consideró que la solución podía ser un Obispo Coadjutor. Nadie pensaba que iba a ser uno de nosotros, pensábamos que sería alguien de otra parte. Cuando la Santa Sede hizo la consulta, se dieron algunos nombres, y entre ellos estaba el mío.

En verdad les digo que en cierto sentido me duele dejar esta Diócesis porque uno mismo es autor de proyectos, mi camino es muy lento así que yo pensaba “bueno aquí tengo bastante tiempo, varios años por delante como para hacer muchas cosas”. Y a un cierto momento uno piensa: ¿Qué es lo que quiere Dios? Y me acordé lo que está escrito a mis espaldas, si alcanzan a verlo y se animan a leerlo fuerte: “Aquí estoy para hacer oh Dios tu voluntad”. Esas palabras yo las elegí como lema, por un particular afecto a ellas, porque desde mi Congregación, porque es parte de nuestra espiritualidad, entonces lo elegí como lema para mi servicio Episcopal. Y “aquí estoy” dije cuando vine a Comodoro Rivadavia, y “aquí estoy ahora” para irme a Neuquén.

Hablando con toda sinceridad, me duele en cierto sentido dejar la Diócesis, pero no me voy triste; voy sabiendo que estoy respondiendo a  lo que El Señor me pide, disponible para lo que Dios quiera. Y deseo que eso quede claro.

Desearía también que no se buscara otro tipo de motivación. Ustedes saben que han circulado muchas motivaciones pero ninguna de ellas es verdadera. “Que al padre lo trasladan por su postura en la cuestión minera, o por algunas otras declaraciones que hizo” y aparecieron toda una serie de cosas; pero no es verdad y no corresponde a eso. No le echen la culpa a lo que no la tiene. Y de todos modos, la postura frente a la situación minera queda firme; yo lo que presento son preocupaciones reales y que hay que demostrar que son justificadas, para ir avanzando. Pero de ninguna manera es esa la razón de mi traslado. Y no sería bueno seguir con estas cosas.  Al menos como Iglesia tomemos las cosas de donde vienen, porque caminar con la verdad y afrontar las cosas así como son, nos hace un bien a todos.

Quiero terminar, agradeciendo de corazón a todos. Realmente me he sentido muy contento y muy feliz aquí en Comodoro Rivadavia. No vine tan contento, porque venía con mucho temor, disponible sí, pero con mucho temor. No conocía nada de este lugar, no conocía a las personas, pero fueron tantas las cosas, los Signos de Dios en este tiempo, que realmente Dios supera todo lo que uno puede querer y pensar. Y así es nuestro Padre Dios, que no se deja ganar en el bien y en la improvisación de cosas buenas. Realmente he encontrado cosas que me han hecho mucho bien, sobretodo el afecto que tuve siempre de los sacerdotes a los cuales hoy les agradezco, y les deseo que reciban al Obispo que vendrá, como me han recibido a mí, y lo acompañen de la misma manera; estén cerca, porque así como un sacerdote se hace con el pueblo, el Obispo se hace con sus sacerdotes y el pueblo. Los sacerdotes son muy importantes para hacer que el Obispo responda para hacer lo que se necesita en un lugar.

Quiero agradecer a Dios por ustedes, a las religiosas y religiosos también, por su gran aporte y por los ejemplos de entrega, y una entrega muy sacrificada. Como en el caso de algunas religiosas que están en lugares muy inhóspitos y están sin embargo, siempre contentas. Qué cosa hermosa ésa. Como en nuestro Carmelo, que es un lugar que desborda alegría y eso ya es un Signo de Dios.

Agradecer a los laicos, varones y mujeres. Esta es una Iglesia que tiene laicos/as preciosos, gente muy entregada, y hay una cosa que he apreciado mucho en Uds. Y es la discreción de los laicos que están comprometidos con la Iglesia. La discreción, que es el saber, el descubrirse servidores y el no hacer demasiada alharaca de lo que hacen. Eso para mí ha sido algo que me ha llegado mucho.

Y luego, muchas otras cosas; sobretodo quisiera que quede claro, que el valor principal que me llevo, es lo que las personas han significado para mí.  Indudablemente en el servicio, uno tiene aciertos y también equivocaciones. Han cosas que pasaron durante estos cinco años, que ojalá me sirvan para corregir y no repetir en otros lugares. Pero nunca fueron malintencionadas. Eso se lo puedo decir con honestidad. He tratado de ser muy sincero, he pensado que siempre decir la verdad es lo que ayuda, a veces me ha dolido en el corazón decirlas las cosas, sea a Uds. Sea a algunas autoridades, o a otras personas. Pero siempre pensé que tengo un deber hacia las otras personas, y el deber principal es proclamar con humildad, - porque nadie tiene la verdad en absoluto -   aquello que realmente me pareció importante.

Quisiera haber proclamado la verdad sin ofender a nadie, pero no quisiera que la verdad fuese disminuida en ningún momento. Y por eso he dicho otras cosas en otros problemas, en estos días. En el problema del aborto por ejemplo. Ustedes conocen los distintos comunicados que hemos dado como Iglesia. Tratando de decir la verdad, tratando de no meternos en ningún tipo de polémica y sobretodo respetando al otro. Inclusive si piensa totalmente distinto y se equivoca.  Pero no puedo no decir la verdad. Al mismo tiempo esta es una actitud que como Obispos estamos cuidando en toda la Argentina, cosa que no siempre nos sale bien, a veces expresamos algunos arrebatos que no son buenos, pero estamos cuidando eso. Y queremos que detrás de todo esto, se visualice la actitud de amor y misericordia que hay en Dios, que no somos quién para juzgar y menos aún para condenar y que más allá de los errores y tropiezos  que se puedan dar en nuestra sociedad, queremos que estén bien abiertas las puertas para que todos sientan el abrazo misericordioso de Dios que pasa por el abrazo de la Iglesia. La iglesia como tal, está pasando por situaciones muy difíciles; algunas son por problemas internos, el Papa Benedicto XVI nos enseña a enfrentar nuestras debilidades.

Pero muchos de los problemas que vienen, son creados por intereses, por ideologías y otras cosas. Nunca hemos vivido un tiempo más difícil para la Iglesia desde afuera hacia adentro. De todos modos – y esto lo quiero decir porque es la verdad – hay que rescatar que es un momento en el que cualquier cosa que nos viene de afuera y en algún momento nos puede hacer sufrir hay que tener en cuenta cuánto nos puede estar ayudando. Porque nos replantea, nos purifica, nos ayuda a pensar en aquello grande y maravilloso que es la Buena Noticia que llevamos, que es una Noticia de Salvación donde todos encuentran dignidad, donde todos encuentran parte en el Corazón de Dios. Donde no hay destrucción para nadie. Y eso a la Iglesia le ayuda. Pero también debo decir que muchas cosas que se proclaman, le hacen mal, porque la Iglesia está hecha de una realidad tan pluralista y de situaciones humanas tan distintas, que a muchos les afectan realmente en la propia fe. Me duele saber que por esos motivos hay gente que se aleja. A veces se aleja y después vuelven, por eso el corazón y las puertas de la Iglesia tienen que ser como el Corazón de Dios, que siempre está abierto y espera al hijo. Pero ustedes saben que cuando algunas personas se sienten así afectadas, la vida de ellos es mucho menos feliz de lo que debería ser y eso nos duele.

En ese sentido, la Misa Crismal es para tomar conciencia de esa realidad de Cuerpo, para no cerrarnos sino lanzarnos en la Misión de Jesús, que es la Misión para los últimos y es una Misa para tomar conciencia además, de nuestra realidad como Iglesia, nuestra pertenencia a la Iglesia, nuestro amor a la Iglesia y nuestro deseo de vivir, una vida eclesial siempre mejor.

No para que sea algo triunfalista, sino para que todos recuerden que la catolicidad de la Iglesia, esto es lo  la palabra católica, significa la apertura universal a todos. Una apertura que incluso va más allá de las formas estructurales o de los cánones que tiene la Iglesia. Porque la Iglesia tiene cánones y hay que respetarlos, pero esa apertura que quiere ser como la del Corazón Dios, que es tan imponderable y maravillosa, que ojalá que nunca nadie sienta que no tiene cabida en esta realidad Misteriosa, hermosa, humana, Santa y pecadora, que es la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas, preparémonos con todo el corazón porque lo que vendrá será mejor y lo digo con convicción. Que así sea. Amén. 

Mons. Virginio D. Bressanelli scj, administrador apostólico de Comodoro Rivadavia 


Publicado por verdenaranja @ 22:42  | Homil?as
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