Lunes, 19 de abril de 2010

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata para el Domingo de Ramos (Iglesia Catedral, 28 de marzo de 2010). (AICA) 

LO QUE DEBÍA OCURRIR EN JERUSALÉN 

Después de reseñar la misión de Jesús en Galilea, el evangelista Lucas escribe esta observación: cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente a Jerusalén (Lc. 9, 51). Él otorga una importancia decisiva a este viaje del Señor; tanto que en varios pasajes de su relato nos recuerda que la Ciudad Santa es la meta de los desplazamientos de Jesús. Dice, por ejemplo: iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén (13, 22); mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea (17, 11); Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén (19, 28). En la versión lucana de la transfiguración del Señor, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús –de su éxodo– que iba a cumplirse en Jerusalén (9, 30). En una oportunidad, algunos fariseos, no sabemos muy bien con qué intención, le transmiten a Jesús la amenaza de Herodes que, al parecer, busca matarlo; Jesús responde: debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén (Lc. 13, 33). Sabe el Señor lo que le aguarda allá: la entrega a los paganos, las afrentas y sufrimientos de la pasión, la muerte y la resurrección; por eso formula así el tercer anuncio que hace de esos acontecimientos a los Doce: ahora subimos a Jerusalén, donde se cumplirá todo lo que anunciaron los profetas sobre el Hijo del hombre (18, 31). A través de estas citas podemos advertir una insistencia apremiante, una exigencia perentoria, el cumplimiento inminente de un destino que no es una fatalidad, sino el designio providencial del Padre y la libre y animosa voluntad de entrega de Jesús. Está a punto de revelarse en plenitud hasta dónde llega el amor de Dios a los hombres; Jesús se apresura hacia ese cumplimiento pascual de su misión con ardiente deseo (cf. Lc. 22, 15).

San Lucas nos transmite también dos lamentaciones de Jesús sobre la Ciudad Santa. La primera expresa una profunda pena e incluye una misteriosa profecía: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste! Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (13, 34 s.) Esta última frase es el grito de la multitud que recibió con ramos a Jesús cuando llegó a Jerusalén; procede de un salmo citado varias veces en el Nuevo Testamento y que es el canto pascual por excelencia. Hoy lo entona la Iglesia en su liturgia al conmemorar el ingreso triunfal del Señor, que iba a consumar el sacrificio de la redención. La profecía incluida por Jesús en su lamentación sobre la suerte de la ciudad que mata a los profetas queda abierta hacia el futuro; se refiere probablemente a la parusía, a la segunda venida del Redentor al fin de los tiempos para juzgar al mundo y a la conversión final de Israel. Pero hay una segunda lamentación, que es conmovedora; contemplando la ciudad, Jesús se puso a llorar sobre ella y dijo: ¡si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Anuncia el Señor con tristeza la futura destrucción y descubre la causa: no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios (Lc. 19, 41 ss.).

Jesús entra en Jerusalén como el Rey mesiánico esperado, como el Esposo de su pueblo, representado por la ciudad que él ha elegido para unirse a ella; según lo habían vislumbrado los profetas, él quiere hacer de Sión la sede del esplendor de su belleza, de la manifestación de su gloria, para reinar desde allí sobre las naciones. Pero la presencia del Señor es signo de contradicción, tal como lo había indicado el anciano Simeón cuando María y José presentaron al Niño en el templo: por ese signo se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos (Lc. 2, 34 s.). Israel se divide: los discípulos y los niños inocentes forman el cortejo del Rey Mesías; representan a la esposa casta que acoge a su Esposo, son el resto fiel que prepara al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que ha de nacer del misterio pascual. Los jefes judíos, en cambio, representan a la esposa infiel y adúltera que lo rechaza y que lo entregará en manos de los paganos. La gloria y la cruz son los dos polos de un único misterio, ante el cual debe optar la libertad humana.

Los fieles de oriente veneran un ícono griego del siglo XVII, perteneciente a la Escuela de las Islas, titulado “El Esposo”; lo besan con devoción en estos días como la imagen que corresponde al ingreso glorioso en Jerusalén. Cristo aparece en él muerto pero de pie en un sarcófago, teniendo a sus espaldas la cruz y los instrumentos de la pasión; el Rey de la gloria es el Esposo paciente, coronado de espinas, desnudo y sangriento, con el costado abierto. Viene a lavar a la esposa en su sangre; desciende a la noche de la condición humana para asumirla y rescatarla, para transportarla a la luz por medio de la cruz. He aquí que el Esposo llega en medio de la noche, se canta en la liturgia bizantina haciendo eco a la parábola evangélica, y se añade esta súplica humilde: Veo tu tálamo adornado, Salvador mío, y no tengo el vestido nupcial. Haz resplandecer la vestidura de mi alma; ¡tú que das la luz, sálvame!

Hoy nosotros participamos en aquel ingreso triunfal del Señor que se dirige a la gloria a través de la cruz. Nuestra celebración no es una reproducción folklórica, sino la actualización de un misterio en un rito que proclama y comunica el fruto de la Pascua: las bodas de Dios con su pueblo, que deben extenderse a toda la humanidad en virtud de la misión de la Iglesia. Recibimos con amor a Cristo, nos unimos a él y le renovamos nuestra fidelidad; lo hacemos también por aquellos que no creen ni adoran, por los que viven como si Dios no existiera, por los perseguidores abiertos o encubiertos del nombre cristiano. En estos días son muchos los que se disponen a disfrutar turísticamente de unas breves vacaciones, como si nunca hubiera ocurrido el gran acontecimiento que da sentido a la historia humana y recrea la creación, el que nosotros comenzamos a celebrar hoy. También en nuestro tiempo se reclaman signos, pero a la generación presente no se le dará otro que el de Jonás (cf. Lc. 11, 29): Cristo muerto y resucitado por todas las generaciones humanas. Causa pavor considerar la indiferencia, la incredulidad, la corrupción de tanta gente, sobre todo de muchos que disfrutan de los beneficios del poder y del dinero ignorando la suerte de los desheredados y despreciando el juicio de Dios. Debiera provocarnos llanto, desasosiego, enardecimiento, decisiones magnánimas y emulación de los santos la difusión de la propaganda anticristiana, la decadencia cultural y espiritual de nuestro pueblo promovida por cenáculos ideológicos que gozan del favor oficial y por el cretinismo de muchos medios de comunicación. La participación sacramental en el ingreso triunfal de Cristo en Jerusalén nos convoca a abroquelarnos junto a él para profesar nuestra fe, nuestra adhesión a la cosmovisión cristiana, para expresar nuestra resistencia a la invasión de errores, necedad y desatino que amenaza sumergir los valores del auténtico humanismo que se funda en la tradición preciosa, irrenunciable, de la que somos herederos. En cuanto discípulos no podemos callar, porque no van a gritar las piedras, a no ser las del derrumbe que se puede temer (cf. Lc. 19, 40).

Hemos escuchado la lectura de la Pasión según San Lucas, que contiene algunos datos propios de este evangelista, dignos de ser registrados por una memoria cordial para meditarlos con amor y obtener un fruto espiritual. La oración de Jesús en el monte de los Olivos es una verdadera agonía: angustia extrema y sudor de sangre; pero el auxilio del Padre, a quien se dirige la doliente plegaria, se manifiesta en la presencia del ángel que reconforta al Señor. Asimismo, en las encrucijadas de nuestra vida, el Padre no nos deja solos si nos ponemos en sus manos y buscamos hacer su voluntad. En la escena de las negaciones de Pedro, se registra la mirada que Jesús dirige al apóstol cuando éste ha consumado su vergonzosa defección. ¡Qué intensidad y eficacia tiene esa mirada, que penetra hasta el alma y abre en ella la fuente de las lágrimas! Es una mirada de reproche y compasión, inspirada por el amor. Quiera Dios que se pose también sobre nosotros, en aquellos momentos cruciales en que la tentación puede precipitarnos en la negación. En el camino hacia el Calvario Jesús se detiene ante las mujeres que lo seguían y se lamentaban por él, para invitarlas a la conversión. Podemos recoger esas palabras, dichas también para nosotros: lloren más bien por ustedes y por sus hijos (Lc. 23, 28); nos exhortan a una serena y continua compunción por nuestros pecados y por los del mundo contemporáneo, leña seca para ser quemada en el amor misericordioso de Dios, o en el fuego de su justicia.

Merecen una especial mención tres de las siete palabras pronunciadas por Jesús desde la cruz, las que únicamente Lucas nos ha transmitido: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc. 23, 34). Es una súplica universal, que abarca a todos los pecadores; el pecado es extravío, locura, y los pecadores son ignorantes y de algún modo irresponsables. Jesús asume la responsabilidad por todos ellos y los confía a la misericordia del Padre; su oración es la oración del Redentor del mundo que está cumpliendo su ministerio de salvación en favor de todos: paganos, judíos y cristianos. Hoy estarás conmigo en el Paraíso, le dice Jesús al buen ladrón (Lc. 23, 43), que cruzará el abismo con él: el cielo queda abierto a los culpables porque el Justo ha ocupado el lugar de ellos y los ha justificado. La palabra final es un gesto de entrega y de confianza filial: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc. 23, 46). Lucas pone en boca de Jesús el versículo de un salmo que indicaba la voluntad de confiar la vida a Dios, en cuyas manos está nuestra suerte. Pronunciada ante la muerte por el Hijo de Dios esa palabra adquiere una profundidad inusitada; un autor medieval explica que el nuevo Adán se durmió en la cruz y encomendando su espíritu adquirió para los regenerados el Espíritu Santo.

Hoy iniciamos con toda la Iglesia la celebración del misterio pascual, esperando de la eficacia de este gran sacramento la renovación de nuestro ser cristiano. Es esto lo que debemos procurar con nuestras disposiciones y a la vez suplicar como una gracia inmerecida. Digámoslo con una bella plegaria de la liturgia oriental: En tu inefable misericordia, oh Cristo Dios nuestro, danos el triunfo sobre las pasiones irracionales; haznos dignos de contemplar tu espléndida victoria contra la muerte y tu luminosa y vivificante resurrección, y ten piedad de nosotros. 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata 


Publicado por verdenaranja @ 23:01  | Homil?as
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