Martes, 20 de abril de 2010

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para el Domingo de Ramos (28 de marzo de 2010). (AICA)

LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN LUCAS 
Lc 22,7.14-23,56  

1. En la liturgia de este Domingo de Ramos hay dos lecturas del Evangelio según Lucas: 1ª) el ingreso de Jesús a Jerusalén, al comenzar la procesión hacia el templo; 2ª) la Pasión de N. S. Jesucristo, al momento del Evangelio, que nos ambienta de lleno en la Semana Santa.

Detengámonos a contemplar, con fe y amor, algunos momentos de la Pasión de Jesucristo. La misma nos manifiesta su profunda humanidad, a la vez que nos permite entrever destellos de su divinidad. Y contemplándolo, procuremos descubrir el estado espiritual en que nos encontramos, con el deseo de convertirnos e identificarnos con él. 

I. DESEO ARDIENTE 

2. “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión” (Lc 22,15).

Así dice Jesús apenas se sienta a la mesa con sus discípulos. Es su última Pascua terrena, preludio de la celestial, que nunca pasará: “Les aseguro que yo no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios” (v. 16).

Quiera Dios que todos los que celebramos la Pascua 2010, nos sentemos también en la Pascua definitiva, cuando “vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios”. Que no nos suceda como a aquellos que, una vez cerrada la puerta (el tiempo de la conversión), la golpean desesperadamente: “Señor, ábrenos… Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas”. Y merezcamos escuchar: “No sé de dónde son ustedes. Apártense de mí todos los que hacen el mal” (Lc 13,25-26.29). 

II. HUMILDAD Y SERVICIO 

3. “Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado el más grande” (Lc 22,24).

Es doloroso el contexto en que sucede esta discusión de los Apóstoles. Jesús acaba de bendecir la copa diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes” (v. 20). Ante la torpeza de los Apóstoles, él aprovecha la ocasión para dejarnos una última gran lección de humildad: “Entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve” (vv. 26-27). 

4. La disputa por la primacía fue endémica entre los discípulos de Jesús (cf Lc 9,46-48). Pero fue constante también el ejemplo y enseñanza de Jesús sobre la humildad con que comportarse y el servicio a prestar al prójimo: “¡Felices los servidores a quienes el Señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos” (Lc 12,37). El ejemplo máximo de humildad nos lo dio en la cruz: “Se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó” (Flp 2,8-9). 

III. DOLOR INDECIBLE 

5. “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

El dolor de Cristo en su agonía es indecible e insondable. Condensa todos los dolores físicos y morales de la humanidad. Lucas dice que “se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo” (vv. 43-44).

Algunas décadas después, durante una gran crisis de la Iglesia primitiva, el autor sagrado escribió: “Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte” (Hb 5,7).

El sudor de sangre, los gritos y lágrimas de Jesús fueron percibidos siglos antes por el profeta Isaías, como escucharemos el próximo Viernes Santo: “Sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado, desechado de los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada” (Is 53,2-3).  

6. Los gritos y lágrimas de Jesús perduran a través de la historia: tantos desheredados, maltratados, oprimidos, calumniados, humillados. No alcanza el diccionario para señalar todos los dolores físicos y morales de la humanidad, infligidos a sus semejantes por otros seres humanos: gobernantes, jueces, patrones, comunicadores sociales, vecinos, familiares.

Son los gritos y lágrimas de Benedicto XVI por los abusos que han cometido contra niños y adolescentes hombres de Iglesia: “Estoy profundamente consternado por las noticias concernientes al abuso de niños y jóvenes indefensos por parte de miembros de la Iglesia en Irlanda, especialmente sacerdotes y religiosos”.

Son los dolores y lágrimas de muchos sacerdotes santos, que ahora se ven sospechados, insultados, segregados por sus mismos feligreses a quienes han dedicado su vida. Como les escribe Benedicto XVI: "A la luz del escándalo y la indignación que estos hechos han causado, no sólo entre los fieles laicos, sino también entre vosotros y vuestras comunidades religiosas, muchos os sentís desanimados e incluso abandonados. Soy también consciente de que a los ojos de algunos aparecéis tachados de culpables por asociación, y de que os consideran como si fuerais de alguna forma responsable de los delitos de los demás. En este tiempo de sufrimiento, quiero dar acto de vuestra dedicación cómo sacerdotes y religiosos y de vuestro apostolado, y os invito a reafirmar vuestra fe en Cristo, vuestro amor por su Iglesia y vuestra confianza en las promesas evangélicas de la redención, el perdón y la renovación interior. De esta manera, podréis demostrar a todos que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.  

IV. PERDÓN 

7. “Cuando llegaron al lugar llamado del Cráneo, lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,33-34).

El Evangelio de Lucas se abre con el perdón, cuando Zacarías bendice a Dios por su hijo Juan, “porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados” (Lc 1,76-77). Y se cierra con el perdón, cuando Jesús envía a los Apóstoles al mundo a “predicar en su Nombre a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (Lc 24,47). El perdón fue la gran obra de Jesús. Con el paralítico: “Al ver su fe, Jesús le dijo: ‘Hombre, tus pecados te son perdonados” (5,20). Con la mujer pecadora: “Dijo a la mujer: ‘Tus pecados te son perdonados’” (Lc 7,48). El perdón es una petición capital en la oración que Jesús nos enseñó: “Padre,… perdona nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden” (Lc 11,4). Y enseña a su discípulo a ser generoso en el perdón: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónale. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónalo” (Lc 17,3-4).

La expresión máxima del perdón, Jesús la da en la cruz, donde disculpa a quienes lo crucifican. ¡Bien lo entendió Esteban, el primer discípulo en morir por Jesús que, cuando lo mataban, repitió prácticamente las palabras del Maestro: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”! (Hch 7,59). 

8. ¡Cuánto perdón necesitamos, de parte de Dios y del prójimo! ¡Cuánto que ofendemos! Por maldad. Por negligencia. Por torpeza. A veces, queriendo hacer el bien, hacemos el mal.

El perdón de Dios está siempre pronto, pues brota de su misericordia infinita. Para recibirlo, es preciso que a nuestra vez perdonemos. Pues de lo contrario, no habría espacio en nuestro corazón para albergar el perdón que Dios siempre nos quiere dar: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6,14-15).  

V. PEDIDO DE PIEDAD 

9. “Jesús, acuérdate de mi cuando vengas a establecer tu Reino” (Lc 23,42).

Así le dijo a Jesús el buen ladrón, crucificado junto a él, quien supo reconocer su inocencia y vislumbró que era el Mesías. Por ello mereció escuchar de sus labios: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (v. 43). ¡Con qué poco y qué rápido logró la salvación! Un verdadero robo express. El secreto fue que, en vez de la herramienta del corazón duro que usaba para la maldad, usó la bondad que todavía tenía en un rincón de su ser.  

VI. EL ÚLTIMO SUSPIRO 

10. “Jesús, con un gritó exclamó: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y diciendo esto expiró” (Lc 23,46).

Los evangelistas Mateo y Marcos ponen en labios de Jesús un salmo desgarrador: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Sal 22,2; Mt 27,46; Mc 15,34). Pero salmo también lleno de esperanza: “En ti confiaron nuestros padres: confiaron, y tú los libraste… Tú, Señor, no te quedes lejos; tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme” (Sal 22,5.20).

Lucas, por su parte, lo describe recitando el salmo 31, propio de un hombre angustiado, que pone su vida en manos de Dios: “Yo me refugio en ti Señor, ¡que nunca me vea defraudado!... Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi refugio. Yo pongo mi vida en tus manos” (Sal 31,2.5-6). Lucas resalta estas últimas palabras del salmo, que Jesús pronuncia al expirar: “‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’” (Lc 23,46).

Después de haber perdonado a sus enemigos, ¿Jesús podía temer la muerte? Él “creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz” (Ef 2,16). La misión que Dios le encomendara estaba cumplida. Le quedaba ponerse en sus manos. Y Dios recibió su espíritu. Por eso “lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte” (Hch 2,24).  

11. A todos nos llegará la hora del último suspiro. Dios quiera que hayamos cumplido nuestra tarea de perdón. Y podamos entregarle en paz nuestra alma. Como lo hizo Jesús. Y entonces el Padre también nos resucitará. 


Publicado por verdenaranja @ 22:33  | Homil?as
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