Jueves, 22 de abril de 2010

Mensaje para la Jornada de Vocaciones Nativas 2010  de Monseñor  Francisco Pérez González, Arzobispo de Pamplona-Tudela y Director Nacional de OMP, publicado en la revista ILUMINARE, recibida en la parroquia con los materiales para su celebración.

25 de Abril - Jornada de Vocaciones Nativas

AL SERVICIO DE LA RECONCILIACIÓN 

En la experiencia cristiana, uno de los efectos que viene propiciado por la caridad es la misericordia. Porque la caridad se entrega por una doble motivación: por gratuidad o por reconciliación. Son la cara y la cruz del amor cristiano. Sabemos que la Iglesia está formada por miembros frágiles y pecadores, pero tiene la cualidad de sostenerse y fundamentarse en Jesucristo, el único Salvador del género humano. El lema que hemos escogido para la Jornada de Vocaciones Nativas se hace vivo y palpable en los que son llamados a seguir de cerca a Cristo: su entrega no tiene otro modo de comportamiento que el hacer posible la reconciliación entre las gentes y los pueblos. Muchos son los misioneros que mueren a causa del odio, y siempre mueren perdonando.  

A este respecto, recuerdo la experiencia de un gran amigo mío: el obispo católico, llegado a cardenal, su eminencia Van Thuan, natural de Vietnam. Vivió durante 13 años el sufrimiento de la cárcel. Murió en el mes de septiembre del año 2002. El Papa Juan Pablo II, presidiendo su funeral, en la homilía, manifestó: “En su testamento espiritual, después de pedir perdón, el llorado cardenal asegura que muere serenamente y que no conserva odio hacia nadie, ofreciendo todos los sufrimientos a Dios a través de María y San José… Su secreto era una indómita confianza en Dios, alimentada por la oración y por el sufrimiento aceptado con amor. En la cárcel celebraba todos los días la Eucaristía con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano. Ese era su altar, su catedral.  El Cuerpo de Cristo era su «medicina»”.  

Aún recuerdo los días que pasé de vacaciones junto al cardenal Van Thuan. Era en verano y los parajes por donde paseábamos se extendían hermosos y bellos. Le escuchaba con una atención y con una admiración total hacia una experiencia espiritual tan profunda. Me hablaba de que todos los días celebraba la Eucaristía, tal y como se ha descrito más arriba, y de que a cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarse en la cruz con Cristo, de beber con Él el cáliz más amargo. Cada día, cuando recitaba las palabras de la consagración, se confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesucristo y él, mediante la sangre divina mezclada con la suya. Sólo con el sacrificio de sí mismo el cristiano contribuye a la salvación del mundo. Con su experiencia, los perseguidos por intereses de diverso tipo, como le sucedió a Mons. Van Thuan, consiguen ser signos y agentes de reconciliación en medio de la sociedad y a pesar de que esta les vuelva la espalda. Siempre se han necesitado heraldos del amor y testigos del Crucificado. Son los únicos que llevan a la sociedad un aire nuevo de esperanza.  

Las vocaciones nativas, que desarrollan su actividad caritativa y pastoral en     países tantas veces acosados por guerras y luchas tribales, son exponentes de una nueva forma de vivir por la paz y para la paz, por la conciliación y para la reconciliación. La palabras proclamadas por Jesucristo poco antes de su pasión, presente un grupo de peregrinos griegos que estaban en Jerusalén, son la forma más eficaz para ser testigos de la reconciliación: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Los mártires demuestran, con su ofrenda generosa, que lo único que puede hacer cambiar a la humanidad es el amor, y la raíz está en que ellos han sabido conformar su vida a la de Cristo en la cruz, porque nadie tiene mayor amor, es decir, mayor justicia, que el que entrega su vida por los demás. Lo que caracteriza a los cristianos no es el acto religioso en sí, sino la participación en el sufrimiento de Cristo por la vida del mundo. Y eso lo hacen muy bien los mártires.

La Jornada de Vocaciones Nativas nos invita a poner al servicio de la sociedad la reconciliación. Sabemos las grandes rupturas que ha habido en la historia. El Papa Juan Pablo II, con motivo del Jubileo del año 2000, pidió perdón a toda la humanidad. Caso insólito en épocas precedentes. Un signo más para mostrar que sólo desde la misericordia se llega a la reconciliación y que esta se llevará a efecto desde “la conversión interior, porque los deseos de unidad brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente, de la negación de sí mismo y de una efusión libérrima de la caridad” (decreto conciliar Unitatis redintegratio).  

La reconciliación va de la mano de la justicia, puesto que “gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia más grande, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien, en cualquier caso, se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar. La fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo «mío», para darme gratuitamente lo «suyo». Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2010).

 La experiencia del sacerdote, del religioso o del consagrado, en sus diversas facetas, debe ser un testimonio de amistad, puesto que por el puente de la amistad pasa Cristo. De ahí que los lazos de amistad lleven a una hermandad conciliada y reconciliada, si en algún momento se ha roto. Tanto la conciliación como la reconciliación tienen un nombre: amor misericordioso. Si el padre no hubiera tenido este amor, como nos narra el Evangelio, no se hubiera reconciliado con su hijo que salió de su casa. La vida cristiana es una experiencia de profunda reconciliación. En esta Jornada de Vocaciones Nativas, pidamos al Dueño de la mies que envíe muchos jóvenes para trabajar al lado y de la mano de Jesucristo en esta sociedad nuestra que está tan necesitada de amor, paz y reconciliación. 


Publicado por verdenaranja @ 16:54  | Misiones
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