S?bado, 24 de abril de 2010

Homilía de Mons. Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero (Catedral-Basílica Nuestra Señora del Carmen, 30 de marzo de 2010). (AICA)

MISA CRISMAL 

Querido Mons. Ariel,
Estimados sacerdotes y fieles todos en Cristo Jesús,

Somos convocados nuevamente, como familia de Dios, ante la Mesa del Altar para celebrar, anunciar y proclamar la muerte y resurrección de Jesucristo. Misterio de nuestra salvación que en estos días cuaresmales hemos podido contemplar con más detenimiento.

También en esta Eucaristía realizaremos la antigua tradición de la Iglesia de bendecir los óleos para los enfermos y para los catecúmenos, y consagrar el Santo Crisma.

Terminada esta homilía, los sacerdotes y yo mantendremos una conversación, en la cual ellos renovarán públicamente, como todo los años, las promesas sacerdotales a su vocación y ministerio; la misma que realizaron el día de su ordenación presbiteral. Vendrá por tanto manifestada la comunión de los presbíteros -dice el Misal- con el Obispo.

Asimismo esta Celebración Eucarística, especialmente sacerdotal, cobra un nuevo resplandor en este año dedicado a los sacerdotes, convocado por el Santo Padre Benedicto XVI, al celebrarse los 150 años  del fallecimiento de San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono de todos los párrocos del mundo.

Su finalidad, lo sabemos bien, la ha expresado el Papa, en la carta de convocación: “Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo” (1).

Este año especial sacerdotal cuenta con un lema: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”.

La fidelidad es una cualidad de la voluntad mediante la cual uno puede permanecer constante en las propias y buenas disposiciones con respecto a los otros y respetando los propios principios, llevando a cumplimiento los empeños asumidos.

Nuestra fidelidad es un reflejo de la fidelidad divina, así como se nos ha manifestado en la Revelación. Por eso es lógico que -a ustedes y a mí- el Santo Padre nos recuerde que Cristo es el único modelo. Su fidelidad nos interpela y nos exige a configurar, cada día más, nuestras acciones con las de El.

Querido hermanos, nuestra fidelidad se manifiesta, en primer lugar, en el cumplimiento de nuestros deberes cotidianos, incluso en los más pequeños. Más, pienso que allí está el gran secreto. Recuerdan las palabras del Evangelio: “porque has sido fiel en los poco -no dice el evangelista: en lo mucho, sino en lo poco-, pasa al banquete de tu Señor”.

Esa fidelidad a Cristo se manifestará en nuestras vidas buscando, en cada momento, hacer la voluntad del Padre, no la nuestra. Para ello, el encuentro con la Palabra Divina en las Escrituras, a través de la Lectio Divina, nos llevará a poner nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y acciones ante Jesucristo, el único, sumo y eterno Sacerdote.

Asimismo esa fidelidad a Cristo se renovará cada día al redescubrirnos necesitados del amor y de la misericordia de Dios. Estoy seguro que, en cada jornada, hacen un esfuerzo enorme para llevar la gracia de Dios, especialmente por medio de los Sacramentos, a muchos hermanos nuestros necesitados, que tienen la vida y la fe amenazadas. Pero asimismo me invito y los invito a ustedes, queridos hermanos en la vocación sacerdotal, a redescubrir que como miembros de la Iglesia -y esto lo ha repetido en muchas ocasiones el Papa Juan Pablo II- también necesitamos de los sacramentos especialmente de la Reconciliación y de la Eucaristía, medios que el Señor puso a nuestra disposición para ser fieles en nuestro peregrinar aquí en la tierra, mientras nos dirigimos a la Patria definitiva.

La tercera pregunta de la Renovación de las promesas sacerdotales se detienen justamente en la fidelidad: “¿Quieren ser fieles administradores de los misterios de Dios en la celebración de la Eucaristía y en las demás acciones litúrgicas, y cumplir fielmente el sagrado deber de enseñar, siguiendo a Cristo, Cabeza y Pastor, movidos, no por la codicia de los bienes terrenos, sino sólo por el amor a las almas?” (2).

Me quería detener en el último párrafo de la pregunta que hace referencia especialmente a ser fieles con nuestros hermanos buscando no sólo nuestros intereses personales, sino la salud de las almas. Los discípulos de Cristo, transformados por la gracia, se deben distinguir por su fidelidad a los demás. Es el elemento esencial de nuestra caridad: el amor de Cristo no puede ser separado del amor hacia el prójimo y este amor no se acabará más (3). Como nos recuerdan los obispos en el Documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”: La persona humana nunca puede ser instrumento de proyectos de carácter económico, social o político. Por ello, ante todo queremos reafirmar que nuestro criterio de priorización será la persona humana que ha recibido de Dios mismo una incomparable e inalienable dignidad” (4).

En el objetivo diocesano, nos preocupamos todos -laicos y sacerdotes- por aquellos que tienen la vida y la fe amenazada. Pienso que no es sólo un “deber” de la caridad, sino un estilo de vida. Es algo propio del cristiano, que a ejemplo del Señor Jesús, busca en todo momento la manifestación del amor en gestos concretos. Lo pedimos a Dios en la liturgia de la Eucaristía: “abre nuestros ojos para que conozcamos las necesidades de los hermanos; inspíranos las palabras y las obras para confortar a los que están cansados y agobiados; haz que podamos servirlos con sinceridad, siguiendo el ejemplo y el mandato de Cristo” (5).

Hoy, nosotros sacerdotes ¿cómo podemos ser más fieles en buscar la “salud” para nuestros hermanos, para que nuestro objetivo diocesano no se convierta en un simple discurso vacío, en pura palabrería? Parafraseando al Apóstol: muéstrame tu amor sin obras, que yo, a través de mis obras, te mostraré mi amor. “Para nosotros, este es el verdadero fundamento de todo poder y de toda autoridad: servir a Cristo, sirviendo a nuestro hermanos (6).

¿No fue acaso el amor y la fidelidad a Cristo lo que cambió al imperio romano? Fue Tertuliano quien nos da el testimonio de la reacción de los paganos ante el amor que se manifestaban los cristianos entre ellos, hasta el punto de exclamar: ¡Miren cómo se aman!

En una sociedad donde en muchas ocasiones la fidelidad parece no estar a la moda, anticuada y en decadencia, por los diversos comportamientos y expresiones de muchos hermanos nuestros y no sólo de aquellos que detentan el poder político; tenemos, como misioneros y discípulos de Jesucristo, queridos hermanos, la ardua y difícil -pero no por eso imposible-, tarea de defender la fidelidad y de nutrirla a través de actos positivos de benevolencia y de amor.

La fidelidad es un empeño que debe crecer en un clima de humildad, ya que se debe reconocer ante todo la propia fragilidad; pero también es una gracia que se debe pedir a Dios constantemente.

Me dirijo una vez más a Nuestra Madre y a San Juan Apóstol, modelos de fidelidad hasta la Cruz, para que nos ayuden a mantenernos fieles en el seguimiento de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y nos alcancen el coraje de testimoniar el valor de la fidelidad en Santiago del Estero y en Nuestra Patria que celebra el Bicentenario. Así sea.

 

Notas

(1) BENEDICTO XVI, Carta de Convocación al Año Especial Sacerdotal, 16-VI-2009.
(2) MISAL ROMANO, Jueves Santo. Misa Crismal, 234.
(3) Cfr. 1 Cor 13, 4-7.
(4) Documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”, n. 24.
(5) MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística para diversas circunstancias IV, 594.
(6) Documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”, n. 20.

 


Publicado por verdenaranja @ 23:05  | Homil?as
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