Lunes, 26 de abril de 2010

Homilía de monseñor Hugo Manuel Salaberry, obispo de Azul en la Misa Crismal (24 de marzo de 2010). (AICA)

MISA CRISMAL DEL 2010 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.  

En todo este parágrafo resuena y subyace la gratuidad del llamado del Señor. La acción completa es del Señor. Es el Señor el que comienza, por Él se inicia todo, desde Él todo tiene un sentido y en Él todo se consuma. El sentido de lo que hacemos, sólo adquiere entidad en Él. Fuera de Él, el hombre mismo, lo que lo rodea, el mundo material, incluso el mundo espiritual, pierde consistencia, se vuelve espúreo, volátil. 

Cristo sacerdote nos quiere otros con Él, de la misma manera que el sacerdote obra in Persona Christi, a pesar de las faltas, de los límites, de las dudas. 

Cada uno de nosotros, nuestra vida y actividad, la comunidad política, la humanidad, sin el Señor, se asemeja “...a la hierba del tejado que no llena la mano del segador ni la brazada del que agavilla ni le dicen los que pasan, que el Señor te bendiga...”. Pierde consistencia.

Habitual y muy común en este mundo auto-referencial, es la falta de consistencia, (“...hierba del tejado...”) cuyo movimiento, siempre tendiente a la disconformidad, se dirige en cauces opuestos a las acciones previstas por el Señor en el envío que hace. En efecto: todas sus recomendaciones, tienen como destinatario al prójimo. La elección gratuita que hace lleva impresa la donación de sí.

- Llevar la Buena Noticia a los pobres
- Anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos
- Dar la libertad a los oprimidos
- Proclamar un año de gracia del Señor

El Señor nos elige, nos hace consistentes junto a la cruz. La renuncia a sí mismo es una condición y un pedido que ya Señor nos formuló en vida. Es cierto que hoy, esta lucha, adquiere dimensiones heroicas. La tradicional lucha contra el mundo, se ha convertido en lucha contra el yo que nos domina.

El Señor nos consagra para los demás, para el prójimo. Todas las acciones: dar, llevar, anunciar, proclamar, en definitiva tienen como destino final al prójimo. Portadores de otros Cristos, en el prójimo encontramos sentido a lo nuestro y consistencia en lo que decimos y en lo que obramos.

No hallaremos paz ni fecundidad en nuestro servicio, si la constante en nosotros es ser centro, tal como el mundo lo pretende. El centro se convierte en juez y el juez “está afuera”. No está arriba. Está afuera. Tratando de hacer equilibrio entre una y otra parte. Y ese equilibrismo termina por representar, actuar, el peor de los extremismos que es el extremismo de centro.

Un equilibrismo que por una prudencia mal concebida, puede llevar a no tener un compromiso claro con los pobres, con los presos hasta el extremo de ser juez de una pelea entre hermanos.

El sacerdote no es un equilibrista. No ha sido llamado y enviado para un equilibrismo inconsistente. Está llamado a ser testigo. Testigo de la vida, que el Señor nos trae, sobretodo en el anonadamiento de la cruz y testigo de la gracia necesaria para que el mundo conozca al Salvador y se salve por medio de Él.

¡Qué alejada está la figura del equilibrista de la figura de padre! Tan alejada como liviana. Es verdad que una vida inconsistente “...no llena la mano del segador ni la brazada del que agavilla...”. El juez, el que está al medio, poco le importa la resolución de un conflicto porque en el fondo no está involucrado. Está afuera. O si en realidad le importa, es porque tiene un interés económico o político en ese conflicto.

El sacerdote no está afuera.  Como buen padre, está arriba, sabiendo que en la disputa entre hermanos, no sólo no gana con el que gana, sino que pierde con el que pierde. Es necesario ser muy consistente para no tomar partido cuando hay pelea entre hermanos, y aún conociendo la verdad, privilegiar la unidad al conflicto y el todo a las partes.

Ahora bien: es cierto que las intrincadas madejas del propio yo nos perturban. Tal vez sea necesario volver a retomar la simpleza y el valor sacrificial de un poco de pan y un vaso de vino sobre una mesa.

Y para que no confundamos consistencia con brillantez, el Papa Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada mundial de oración por las vocaciones, nos señala tres aspectos de la vida del presbítero que considera esenciales para un testimonio sacerdotal eficaz:

1. La amistad con Cristo es un elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio, y el cultivo de una profunda intimidad con Él que se a través de la oración.

2. El segundo aspecto es el don total de sí mismo a Dios. Nos escribe San Juan: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos”.

3. El tercer aspecto que no puede dejar de caracterizar al sacerdote y a la persona consagrada, es el vivir la comunión. Jesús indicó, como signo distintivo de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en al amor: “Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son mis discípulos”.

Agradecidos al Señor por habernos elegidos y amado gratuitamente, le pedimos a la Madre del Rosario que nos ponga con su Hijo: que nos haga buenos amigos, que nos haga generosos hasta el martirio en la propia donación que reconozcan que somos sus discípulos por el amor mutuo. 

Mons. Hugo Manuel Salaberry, obispo de Azul 


Publicado por verdenaranja @ 15:43  | Homil?as
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