Martes, 27 de abril de 2010

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9. (AICA)
(3 de abril de 2010)
 

LA PASCUA, ¿CAMBIA ALGO? 

Cada año al celebrar la Pascua nos saludamos con alegría y deseos de algo nuevo. Qué celebramos? Podemos responder que celebramos un hecho histórico que tuvo a Jesucristo como protagonista. Es una respuesta correcta, pero se puede quedar en una lectura exterior. Muchas son las imágenes que hemos contemplado durante estos días, pero todas tienen como final, y esto es lo importante, la constatación de un hecho por parte de los primeros cristianos y que lo expresaron con aquel grito de júbilo: “Jesucristo ha resucitado”. Este es el centro del mensaje que nos han trasmitido.

Si dejamos de considerar este final, Jesucristo sería un hombre que ha muerto y del que conservamos su recuerdo y doctrina. La Pascua perdería, así, todo su valor y significado, nos quedaríamos con aquella lectura exterior que tendría un valor ejemplar, como sucede con la vida y la obra de otras personalidades de la historia. San Pablo llega a decir que si “Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes” (1 Cor. 15, 14). Seríamos personas atadas a un pasado ya cerrado. La fe es la que nos permite conocer la verdad del acontecimiento de la Pascua; ella no crea los hechos sino que eleva nuestra inteligencia para comprenderlos y celebrarlos.

Este es el tema central de la Pascua: no recordamos una muerte por noble que sea, sino la resurrección del Hijo de Dios, que se había hecho hombre en Jesucristo por nosotros y nuestra salvación. La consecuencia de este hecho es que el hombre encuentra en la Pascua el principio de una Vida Nueva que da sentido y plenitud a su propia vida. Jesucristo al hacerse hombre asumió nuestra condición humana, y con su muerte y resurrección, la liberó de toda atadura definitiva al pecado. Celebramos con alegría el triunfo de Jesucristo, porque es también nuestro triunfo.

El nos ha abierto el camino y la posibilidad de una vida que ilumina nuestro caminar y es, además, esperanza de una plenitud más allá de nuestra vida en este mundo. Dios no nos ha creado para la muerte, ella es un momento de nuestra condición humana. Hemos sido creados con destino de eternidad. Nuestra condición de seres espirituales reclama un destino trascendente. Qué triste la vida del hombre cuando sólo se la vive dentro de los límites de este mundo. Nos empobrecemos, diría, porque vivimos sin conocer nuestra verdad y la herencia que Jesucristo nos ha dejado.

La Pascua, por otra parte, no es un decreto que se nos impone sino una gracia que se ofrece a nuestra libertad. Esta herencia que Cristo nos ha obtenido en su Pascua nos corresponde y está a nuestro alcance. Deseando que sepamos comprender y recibir este don que se nos ofrece como camino y plenitud, les hago llegar, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor que ha Resucitado y permanece a nuestro lado como “Camino, Verdad y Vida”. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 22:55  | Hablan los obispos
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