Martes, 27 de abril de 2010

Homilía de monseñor Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque en la Misa Crismal (miércoles 31 de marzo de 2010). (AICA)


MISA CRISMAL
 

En esta Santa Misa que procuramos celebrar con la mayor solemnidad posible, conmemoramos -el Obispo rodeado de los sacerdotes- el momento sublime de la Institución del Sacerdocio, inmenso regalo para la Iglesia, don inmerecido con el que nosotros, hombres limitados, hemos sido adornados.

El Evangelio nos narra una escena habitual en el pueblo judío: en el día de descanso y oración se reunían a rezar e instruirse en la Sagrada Escritura. Con qué solemnidad habrá leído el Señor esos pasajes de Isaías en la sinagoga de Nazaret: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción, Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. El comentario de Cristo fue rotundo: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.

Junto a Cristo estaban sus Apóstoles que con el tiempo serían consagrados sacerdotes y Obispos, recibirían la unción que transformó sus almas en la de Cristo Sacerdote; con los poderes conferidos (perdonar pecados, consagrar su Cuerpo y su Sangre), los envía a la misión con una asistencia especial del Espíritu Santa para enseñar, para predicar su Palabra.

Cristo era y es Dios, su mirada es infinita, se dirige a todos los hombres de todos los tiempos. Delante de sus ojos estábamos entonces nosotros, queridos sacerdotes: el Espíritu del Señor está sobre cada uno, hemos sido consagrados por la unción. Ya no nos pertenecemos, somos de Cristo que nos envía a llevar esa Buena Noticia a los pobres. El mundo está lleno de pobres, de indigentes, y no miremos solo a los que carecen materialmente de lo necesario, predilectos del Señor; miremos a quienes necesitan el alimento de la Palabra de Cristo para poder alcanzar la salvación: corren peligro de no salvarse, son necesitados, auténticamente pobres.

Hemos sido enviados a anunciar la liberación de los cautivos, y está lleno de cautivos, de gente presa por el pecado, por las miserias de este mundo. Necesitan ser liberados por nosotros los sacerdotes, porque solo nosotros podemos administrar los Sacramentos, liberar con la fuerza y la gracia de Cristo a tantos cautivos que habitan esta tierra.  Que no nos acostumbremos a este poder que nos dio el Señor, y que no nos acostumbremos a ver cautivos, que no perdamos la sensibilidad del Pastor.

También esperan de nosotros los ciegos porque no ven, no ven a Dios, no ven el camino de la Verdad, del Bien, de la felicidad porque nadie puede ser feliz lejos de Dios; no ven que se puede superar tanta miseria con la gracia que Cristo nos ganó en la Cruz, no ven el camino que conduce al Cielo  para  toda la eternidad.

Tenemos que anunciar que esa liberación ya es posible, que para eso estamos nosotros, sus ministros.

Como no faltan escenas dramáticas en este mundo, seguramente todos hemos filmaciones de escenas desgarradoras: gente oprimida que conquista su libertad; experimentan haber vuelto a nacer, una esperanza y una alegría difíciles de explicar. ¡Cuántas almas, incluso en momentos de gran dolor, han vivido esta experiencia espiritual –salir de la opresión- gracias a la entrega de un sacerdote; han tenido la experiencia de lo que es volver a nacer, la alegría de la liberación del mal, del pecado, de la opresión, recuperar la esperanza.

Queridos fieles, rueguen al Señor por nosotros, presbíteros y diáconos; que tengamos siempre presente la grandeza de nuestro ministerio; que no nos cansemos de amar como Cristo ama, de entregarnos como Cristo se entrega.

La caridad pastoral que quiere Jesucristo de nosotros no es técnica, no es acomodarse a unas propuestas lógicas, tal vez logradas por consenso. La caridad brota de un corazón unido al de Cristo, empapado por la meditación de su Vida y de sus ejemplos, identificado con sus actitudes a fuerza de mucha abnegación y de mucha entrega. La Caridad pastoral es la solicitud de Cristo por los demás, la urgencia de Cristo por meter a todas las almas por caminos de Salvación. Si estamos con Él y en Él experimentamos esa urgencia.

Nada más lejos entonces de un sacerdote enamorado de Cristo y de su ministerio que una actitud pasiva, como la del que está detrás de un mostrador esperando que venga algún cliente. Experimentamos la urgencia de ese Rey de la parábola: salgan a los caminos, que se llene mi casa. Escuchamos la voz de Cristo que nos dice: echen las redes a la derecha, y tras el esfuerzo, reconocer que ahí está Cristo porque nuestros esfuerzos no eran capaces de semejante pesca, peces de todas las variedades.

La caridad pastoral nos mueve a rezar por los fieles: si rezo, llegaremos a más fieles,  con mayor eficacia; si rezo más, me dispongo para servirlos mejor. La caridad pastoral nos hace creativos: cómo puedo conquistar para Cristo este ambiente o este otro, aviva la fe, nos lleva a sacar adelante por amor de Dios lo que humanamente parece imposible.

La caridad pastoral nos mueve a querer ser cada vez con más transparencia presencia de Cristo entre nuestros fieles, presencia de Cristo en todos los aspectos de nuestra vida; esa caridad por tanto exige mucha humildad porque sin esa virtud no hay transformación posible.

La caridad pastoral, si es real y profunda, no admite paréntesis, vacaciones: soy siempre  Cristo y quiero que me reconozcan como tal, no m escondo, me gusta que me descubran y poder hacer sus veces, o al menos edificar con su presencia, con su sonrisa, con sus palabras de vida y con su gracia.

Él  nos  amó y nos purificó de nuestros  pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. Estas palabras de Apocalípsis que escuchamos hace un momento nos llenan de entusiasmo. Experimentamos la fuerza de la gracias de Dios, de la oración de todos los fieles, y de modo particular en este año sacerdotal. ¡Cuántas ilusiones del Santo Padre Benedicto XVI y de toda la Iglesia puestas en nosotros en este año de tanta oración por nosotros!

Experimentamos la intercesión de la Santísima Virgen María. Es nuestra Madre de un modo muy especial porque es Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, Nuestro Dios y Señor a quien hemos entregado nuestra vida, y quien nos ha tomado de entre los hombres para ser sus ministros en esta tierra. Amén. 

Mons. Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Homil?as
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