Mi?rcoles, 28 de abril de 2010

Palabras de Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta (19 de Marzo de 2010). (AICA)


INICIO DEL CICLO ACADÉMICO DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA 

I 

La Divina Providencia ha querido que el Año Académico 2010 sea inaugurado el 19 de marzo. Hoy hace exactamente 47 años que Mons. Roberto José Tavella  firmó el Decreto de creación de esta universidad católica. Me parece que podemos considerar éste como el día del aniversario de nuestra institución aunque hubo que esperar cuatro años más para iniciar la labor académica, mediando el trabajo de Mons. Carlos Mariano Pérez y de aquellos que creyeron y amaron a esta universidad aún antes de verla.

Dos meses después de dar vida a este sueño Mons. Tavella entregó su vida al Padre de Nuestro Señor Jesucristo. La había ofrecido por la Universidad, por nosotros. Su corazón de pastor y de educador palpitó fuerte en el final de su existencia pensando en este proyecto que hoy trasciende los límites de Salta y que nos tiene a nosotros por responsables y beneficiarios. En el origen de esta realidad está el amor, el amor de un sacerdote y obispo y la dedicación generosa de su sucesor de cuya muerte celebramos 25 años el próximo jueves 25.

Quise  recordar a Mons. Tavella y a Mons. Pérez   para reflexionar una vez más sobre nuestra Universidad como tarea de amor de la Iglesia particular de Salta. Sí, nuestra familia nació “ex corde ecclesiae”, del corazón de la Iglesia, del corazón de sus pastores que la pensaron como servicio a la juventud de nuestra provincia y que  con el tiempo, se extendió mas allá de las fronteras de esta provincia convirtiéndose en un centro importante en la vida universitaria de nuestro país. El impulso de su lema “nihil intentatum” (”nada sin intentar”) pintó un horizonte y marcó un estilo.

 II 

El deber educativo es parte integrante de la misión que la Iglesia tiene de proclamar el Evangelio. La repuesta educativa de la Iglesia es una respuesta de fidelidad a Dios ya al hombre de cada generación. La Iglesia, en medio de la humanidad, ejerce el servicio de la verdad y lo hace ofreciendo sus instituciones educativas como un lugar para encontrar a Dios vivo que revela en Jesucristo la fuerza transformadora  de su amor y su verdad.

Educar es apostar a la esperanza, puesto que significa asumir la carga de las dificultades del presente con la confianza en que el hombre es el camino de la Iglesia. Se trata de este hombre, de nuestros muchísimos alumnos, de nuestros jóvenes. Ellos pueden esperar un futuro mejor y forjarlo con el estudio académico y con un estilo responsable y solidario que queremos cultivar en nuestra universidad. Cristo que es camino, verdad y vida es la clave y el sostén  de nuestra apuesta. 

III 

¿Cómo puede la Universidad Católica contribuir al bien de la sociedad a través de la misión primaria de la Iglesia que es evangelizar?

Todas las actividades de la Iglesia nacen de su conciencia de ser portadora de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo. Como enseña la Constitución Dei Verbum (n.2): “Quiso Dios, con bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cfr. Ef 1,9)”. El Dios en quien creemos no está alejado de la vida de los hombres, su deseo de darse a conocer está en el origen del innato deseo de cada ser humano de conocer la verdad. En el contexto de estos deseos se desarrolla la búsqueda  humana sobre el significado de la vida y el encuentro se produce en el seno de una comunidad, en este caso, de una comunidad cristiana. Quien busca la verdad se trasforma en uno que vive de fe, como nos recordaba Juan Pablo II en Fides et Ratio (n.31). Se trata de un movimiento del yo al nosotros, que lleva al individuo a formar parte del Pueblo de Dios.

Esta dinámica de identidad comunitaria -¿a quién pertenezco? – vivifica el ethos  de nuestra Universidad Católica. La identidad de nuestra universidad no es una cuestión de número. Es una cuestión de convicción. ¿Creemos realmente que sólo en el misterio del verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre, como nos lo recodó el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes, n. 22? ¿Estamos realmente dispuestos a confiar todo nuestro yo, inteligencia y voluntad, mente y corazón a Dios? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? ¿Es tangible la fe en nuestra universidad? ¿Constituye una atmósfera que se respira en la liturgia, en los sacramentos, en la oración, en la caridad, en la solicitud por la justicia, en el respeto por la creación de Dios, en la disposición para incluir? 

IV 

Miles de jóvenes pasan por aulas de nuestra Universidad Católica. ¿Cómo salen de ellas? ¿Qué cultura han encontrado, asimilado , elaborado? He aquí el gran desafío que concierne, en primer lugar a los directivos, al cuerpo docente y a los mismos alumnos: dar vida a una auténtica Universidad Católica que se destaque por la calidad de la investigación y la enseñanza y, al mismo tiempo, por la fidelidad al Evangelio y al magisterio de la Iglesia.

Como enseña la Constitución “Ex Corde Ecclesiae”, si toda universidad tiene  como misión fundamental la constante búsqueda de la verdad mediante la investigación , la conservación y la comunicación para el bien de la sociedad (n.30), una comunidad académica católica se distingue por inspiración cristiana de las personas y de la comunidad misma, por la luz de la fe que ilumina la reflexión, por la fidelidad al mensaje cristiano tal como lo presenta la Iglesia y por el compromiso institucional al servicio del pueblo de Dios (cfr. n. 13). Por eso, la Universidad católica es una gran laboratorio en el que, según las diversas disciplinas, se elaboran itinerarios siempre nuevos de investigación en una confrontación estimulante entre fe y razón.

Como ya lo habrán advertido, nos estamos planteando el tema de la identidad católica de nuestra universidad. Es necesario reconocer el gran valor de la libertad académica en virtud de la cual los docentes están llamados a buscar la verdad allí donde el análisis  riguroso de la evidencia los lleve. Es preciso decir también que el principio de la libertad académica  no justificaría posiciones que contradigan la fe y la enseñanza de la Iglesia. En ellas se apoya nuestra mirada sobre la vida y su sentido, sobre el valor de la persona humana y su dimensión social, sobre la solidaridad y la justicia, sobre la trascendencia y el destino último del hombre.”El hombre deseoso de conocer lo verdadero, si aún es capaz de mirar más allá de sí mismo y de levantar la mirada por encima de los propios proyectos, recibe la posibilidad de recuperar la relación auténtica  con su vida, siguiendo el camino de la verdad” enseña la Fides et Ratio n.15.

 V 

Toda universidad tiene por naturaleza una vocación comunitaria, es una comunidad de profesores y alumnos comprometidos en la búsqueda de la verdad y en la adquisición de competencias culturales y profesionales superiores. La centralidad de la persona  y la dimensión comunitaria son dos polos igualmente esenciales para un enfoque correcto de la universidad. No ahorremos esfuerzos por crear espacios que permitan a nuestros alumnos salir del anonimato y cultivar un diálogo fecundo con los profesores. En ese diálogo fecundo con los profesores. En ese diálogo se va superando la fragmentación de las disciplina. También es importante crecer desde la comunicación hacia la participación. La estructura privilegia la comunicación mientras que las personas aspiran a la participación.

En repetidas ocasiones he pedido el cuidado por la calidad académica. Hoy quisiera insistir en la necesidad de la formación integral madurada en la atmósfera cristiana. Al cuidado de la formación de la inteligencia de nuestros jóvenes debe acompañar el cuidado de la formación  de su voluntad. Hemos de educar, con la palabra y con el ejemplo, el cultivo de la verdadera libertad. La libertad no es la facultad para desentenderse de sino que es la  facultad de comprometerse con <!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->. Alejarnos de Dios significa alejarnos de la verdadera libertad. Nos corresponde a todos crear un clima eclesial que entusiasme a nuestros jóvenes para emprender la aventura de la libertad como un cultivo del “ser para los demás” al estilo de Jesús.

“Cristo nos ha liberado de la servidumbre que nos esclaviza, pero no del servicio que se presta por amor. Si somos libres es para poder amar auténticamente y sólo en el amor se realiza la verdadera libertad” <!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->. Es en esta perspectiva que se ha de comunicar a los universitarios la convicción  de que la formación as también la responsabilidad  de cada estudiante. El estudio requiere ascesis y abnegación constante. Pero precisamente de este modo la persona se forma en el sacrificio y en el sentido del deber.

En nuestro mundo, altamente caracterizado por la competitividad, hemos de cultivar un estilo solidario que incluya y favorezca la equidad y la justicia. Muchas veces me  ha emocionado conocer el esfuerzo que hacen varios de nuestros alumnos o sus padres para juntar el dinero y pagar la inscripción y la cuota mensual. Muchos lo hacen pensando que están dando a su hijo lo mejor que le puedan dar al ponerlo bajo el cobijo de la Iglesia en la Universidad Católica. El adjetivo “católica” es un programa que nos compromete y desafía a todos. No podemos minimizar las expectativas de tantos que nos eligen dándonos lo mejor de sí, su confianza. Nuestra universidad ha de ser un laboratorio de solidaridad en el saber compartido, en la investigación animada y en las actitudes justas, solidarias, dignas, nobles, veraces. 

VI 

Hoy es el día de San José. Su figura está en el origen del camino de la fe de la Iglesia junto a la de la Santísima Virgen. El es el hombre creyente. Con su protección vive y trabaja nuestra Universidad, a El nuevamente nos confiamos todos. A su protección  quiero confiar a cada uno de ustedes a quienes le agradezco de corazón todo lo que hacen para que nuestra Universidad responda al proyecto de Dios sobre ella.

En este año del Bicentenario pido al Señor y a la Virgen del Milagro que nos concedan la grandeza de alma que la Patria como don pide y la Nación como tarea reclama. Nuestra Universidad debe ser un espacio de esa magnanimidad. Nada más. 

Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta

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<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> BENEDICTO XVI, Encuentro con los educadores católicos, Washington, DC 17 de Abril de 2008

<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]--> CEA, Equipo Episcopal de Educación Católica, Educación y Proyecto de Vida 41. Bs. As. 1985


Publicado por verdenaranja @ 22:51  | Hablan los obispos
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