Mi?rcoles, 28 de abril de 2010

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para el Domingo de Pascua (4 de abril de 2010). (AICA)

¡Ha resucitado!”
Lc 24,1-12 

I. UNA MUERTE PARA LLORAR 

1. Los acontecimientos de la Pasión, según los describe San Lucas, se sucedieron con velocidad pasmosa. Sorprendieron mal dispuestos a los Apóstoles y produjeron su desbande. En el monte de los Olivos “estaban adormecidos por la tristeza” (Lc 22,45). Pedro, que le había asegurado a Jesús “estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte” (Lc v. 33), cuando lo apresaron, “lo siguió de lejos” (v. 54), y, sentado alrededor del fuego con los captores, terminó negándolo por tres veces: “Hombre, no sé lo que dices” (v. 60). Jesús quedó abandonado de los suyos. Camino al monte de Calvario, recibió el homenaje de los curiosos: “muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él” (23,27). Cuando muere en la cruz: “todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido” (v.49). Sólo José de Arimatea, un miembro honesto del senado judío, salió a dar la cara, y pidió a Pilato el cuerpo de Jesús para sepultarlo: “Las mujeres siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley” (vv. 55-56).  

2. Pasado el sábado, “el primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado” (24,1). Debían realizar el trabajo que no habían podido hacer el viernes: embalsamar el cadáver de Jesús. Después llorarían mucho. Y volverían nuevamente a la rutina, procurando darse ánimo para empezar otra etapa. 

II. “¿POR QUÉ BUSCAN ENTRE LOS MUERTOS AL QUE ESTÁ VIVO?” 

3. Pero ¡qué sorpresa! “Encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les acercaron dos hombres con vestiduras deslumbrantes”. Y les anunciaron lo que tantas veces habían escuchado, pero que nunca habían entendido: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aun estaba en Galilea: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día’”. El evangelista comenta: “Y las mujeres recordaron sus palabras” (24,2-8). 

III. UN ANUNCIO INESPERADO 

4. Jesús había anunciado a sus discípulos su muerte y resurrección en forma insistente. San Lucas trae el anuncio por tres veces. Del primero no hace ningún comentario. Del segundo dice: “Ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto” (Lc 9,45). Del tercer anuncio comenta: “Ellos no comprendieron nada de todo esto; les resultaba oscuro y no captaban el sentido de estas palabras” (18,34).

Ninguno, ni los Apóstoles, ni las mujeres estaban a la expectativa de la resurrección de Jesús. No entendían lo que eso podría significar. Esta situación se verifica también en dos escenas, después de la resurrección: con los discípulos de Emaús y con todos los Apóstoles en Jerusalén (cf. Lc 24,13-49).  

IV. NECESIDAD DE LA LUZ DE LA FE 

5. ¿Por qué no entendían lo que Jesús les decía, ni los acontecimientos de los cuales eran protagonistas? Por falta de fe. Las mujeres se comportaban como tales, según sus sentimientos y costumbres judías. Pero ello no les alcanzaba para entender y ver a Jesús. Lo mismo vale de los apóstoles. Fue preciso que él les saliese al encuentro a través de los dos personajes celestiales, que les dieron testimonio de la resurrección. Sólo entonces “recordaron sus palabras” (v. 8). 

V. LLAMADOS A SER PAN DE TRIGO PURO, SIN LEVADURA 

6. También nosotros hemos creído en la resurrección de Jesús por el testimonio de otras personas. Quizá muy sencillas. En quienes hemos percibido que la fe les cambiaba la vida.

El apóstol Pablo, en la segunda lectura, se refiere a este cambio de vida, que bien podemos llamar “resurrección espiritual”. Lo hace con la parábola del pan ázimo, pan sin levadura, o pan de trigo puro. Así como los judíos celebraban la Pascua con pan sin levadura, los cristianos también, pero entendiendo la parábola de la levadura en toda su profundidad. Todo en nosotros ha ser como el trigo puro, auténtico, sin levadura, sin mezcla de maldad, ya que –como dice al apóstol- “ustedes mismos son como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua no con la vieja levadura de la maldad y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad” (1 Co 5,7-8). 

7. Nuestra alegría es grande porque Jesús resucitó. Pero de poco valdría que la resurrección hubiese acontecido en él, si no aconteciese también en nosotros. Y ello mediante una Vida nueva, a la que renacimos por el agua y el Espíritu.

 


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Homil?as
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