Viernes, 30 de abril de 2010

Guión litúrgico para el Día de Caridad, que se celebrará el 6 de Junio de 2010, solemnidad del Corpus Christi.

Introducción

En el Día de Caridad miramos a este mundo nuestro y gritamos: «¡Qué poca caridad, y qué poca solidaridad, y qué poca justicia, y qué poca libertad»; y aun podríamos decir: «¡Qué poca humanidad!». La imagen que da nuestro mundo no es la del buen samaritano, sino la del rico Epulón: unos pocos «epulones» y un sinfín de «lázaros» agonizantes.

Pero en el Día del Corpus levantamos también nuestra mirada al Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y no podemos menos de exclamar: «¡Qué generosidad, y qué amor, y qué cercanía, y qué libertad, y qué humildad!».

Porque vio a los hombres hambrientos, Cristo multiplicó los panes, gratis, sin buscar siquiera el aplauso o el afecto. Porque vio a los hombres con hambres más hondas, Cristo se hizo pan y se partió para que lo comieran, gratis, sin exigir recompensa alguna. Y porque vio a los hombres tristes, Cristo se hizo vino y se ofreció para ser bebido, gratis, sin pedir contrapartidas.

La Eucaristía, memorial de la mayor entrega y estímulo para vivir nosotros entregados. Quien come este pan tiene que aprender a hacerse pan, de la misma forma, desde la gratuidad.

Acto Penitencial

Cristo, Tú multiplicaste los panes para saciar a los hambrientos, perdona nuestra mezquindad a la hora de dividir nuestros bienes con los pobres y de darles tiempo y talentos.

Cristo, Tú, siendo rico, te hiciste pobre para enriquecernos, perdona nuestra falta de solidaridad y empatía con los pobres.

Cristo, Tú te hiciste pan para alimentarnos con tu propia vida, perdona nuestro egoísmo y falta de entrega a los pobres.

Lecturas

Gn 14, 18-20; 1Co 11, 23-26; Lc  9, 11 b-17

Melquisedec, rey de Salem, es decir, rey de paz, estaba especializado en bendecir. Se parecía a Cristo. ¿Por qué lo reyes de la Tierra no se parecerán a Melquisedec? ¿Por qué no aprenderán a bendecir, a compartir, a pacificar?

La lectura apostólica y la evangélica se relacionan, con diversos niveles de lectura. Cuando Cristo multiplica los panes y los peces nos enseña el signo del compartir, para solucionar así los problemas del hambre, que sigue siendo el principal problema de la humanidad.

Pero Cristo piensa también en otras hambres y en otros panes, por eso se ofrece como pan de vida. Pablo es el primer testigo de esta tradición eucarística. Todo el que participa de la Eucaristía proclama y vive un misterio de amor extremo, hasta la muerte, hasta la resurrección. 

Para la homilía

1. Dadles vosotros de comer

La estampa evangélica nos pinta a un Cristo que no vive para sí ni busca nada para sí. ¡Gracias, Jesús, porque no fuis­te egoísta! Cristo literalmente se des­vive por los demás. En lugar del retiro y descanso que deseaba, se encuentra con una muchedumbre que lo busca. Y Jesús «sintió compasión de ellos» (Mc 6,34), se puso a enseñarles despacio y a curar enfermos, olvidándose hasta de la comida.

Pero el tema de la comida también inte­resaba al Señor. Cuando ve que la gente está agotada, no les despide para que cada uno se las arregle como pueda, sino que se implica en el problema y ofrece una respuesta liberadora. ¡Gracias, Jesús, porque has querido compartir nuestra realidad y nos has abierto caminos de liberación!

Dadles vosotros de comer. Hay mil millo­nes de personas que se acuestan todas las noches con hambre, después de re­buscar en vertederos y basureros. Es el mayor castigo que sufre la humanidad. Hoy no haría falta multiplicar nada, bas­taría con recoger lo que sobra a los epu­lones y pedir perdón a los lázaros.

Dadles vosotros de comer. Hemos de con­cienciar a los señores del poder y las fi­nanzas. Bastaría el 0,7% o derivar hacia el desarrollo un pequeño porcentaje de lo que se gasta para la guerra. Y, avergonza­dos, pedirles perdón.

Dadles vosotros de comer. Mejor sería darles trabajo, o un microcrédito, o una oportunidad, para que desarrollen sus ta­lentos y capacidades. Y animarles.

Y darles más. Darles respeto, cercanía, comprensión, misericordia. Siempre esta­mos en deuda de amor con los pobres.

Y darles más. Darles fe, ilusión, alegría, es­peranza. Y darles oportunidad que ellos mismos puedan dar. El verdadero amor hace del amado un amante; el verdadero don hará del que recibe un dador.

2. Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros

Como respuesta a las crisis del mundo, Jesús hace algo más que quejarse y de­nunciar —lo que hacemos nosotros—. Para vencer las fuerzas diabólicas del odio, Jesús ofrece el acto de amor más grande, el sacrificio de sí mismo por amor. Pero el sacrificio no será de ho­locausto, sino de comunión, para que sirva de alimento y medicina a la huma­nidad deprimida.

Este gesto está en la línea de la Encar­nación. Si por amor el Hijo se hizo carne, ahora por amor se hace pan; carne para curar la carne, pan para alimentarla y di­vinizarla. Si por amor se hizo pobre, ahora por amor se hace víctima. Si por amor se quedó con nosotros, ahora por amor en­tra dentro de nosotros.

Este amor eucaristizado es el principio de la victoria sobre el mal: pone gracia en la miseria, perdón en el odio, gratuidad en el mercantilismo, amor en todo desamor. La Eucaristía es el principio de la transfor­mación del universo. Ya todo puede ser renovado.

3. Haced esto en memoria mía. Comunión y misión

Se nos pide no sólo repetir unas palabras y unos gestos, sino vivirlos. El memorial nos exige algo más que un recuerdo, exi­ge actualización del misterio. Hemos de asumir ese espíritu de Jesús que le llevó a hacerse pan y vino, llenarnos de ese amor que llevó a Jesús a partirse y entre­garse por nosotros.

Celebrar y vivir la Eucaristía. También sembrarla, es la misión. Hemos de es­parcir por nuestro mundo semillas de Eucaristía, poner en nuestros ambientes fermentos eucarísticos. Adelantaremos así el Reino de Dios. Pero la dinámica del fermento es, ya sabemos, la pequeñez, el ocultamiento, la paciencia y la energía contagiosa.

Oración de los fieles

A Dios, que nos da el pan de cada día y el pan de Jesucristo, oremos.

  • Para que llegue a todos los pobres la invitación al banquete de la vida y todos puedan sentarse a la mesa de la creación.
  • Para que la Iglesia, mesa en la que Cristo sigue partiendo el pan, aprenda a compartir sus bienes hasta hacerse pobre.
  • Para que las instituciones de caridad en la Iglesia brillen por su amor eficaz, desinteresado y gratuito.
  • Para que los responsables de la política y de la economía actúen solidariamente a favor de los pueblos en vías de desarrollo.
  • Para que, comulgando a Cristo, comulguemos también con los hermanos.

Oremos: Que esta Eucaristía, Padre, nos haga vivir el misterio pascual de Cristo y nos convierta en testigos de su muerte y su resurrección.

Participa y colabora 902 33 99 99 o en tu Cáritas Diocesana

www.caritas.es


Publicado por verdenaranja @ 16:47  | Liturgia
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