Domingo, 02 de mayo de 2010

Exposición de monseñor Domingo S. Castagna, arzobispo emérito de Corrientes (Abril de 2010). (AICA)


MONS. VICENTE F. ZAZPE
ARZOBISPO DE SANTA FE DE LA VERA CRUZ (1920-1984) 

Hace varios años, el actual Arzobispo de Santa Fe me solicitó una exposición testimonial sobre la personalidad sacerdotal de Mons. Vicente F. Zazpe. Aunque no me creía el más indicado, en virtud de la amistad que nos unía, acepté “con temblor y temor” el ofrecimiento. Lo he conocido personalmente, desde antes de su Ordenación Episcopal (1961). Fue durante su servicio pastoral como párroco de Ntra. Sra. de Luján (Santuario Porteño); aproveché cierta libertad en mi labor ministerial de entonces para aliviar su recargado fin de semana. Era un incansable confesor de jóvenes. Una prueba conmovedora de ello es que siguió atendiendo a sus penitentes durante el velatorio de su mamá. Su recuerdo me inspiró reunir algunas notas, y darles forma de “semblanza sacerdotal”, incorporándolas a las que estoy ofreciendo, mes tras mes, durante este Año Sacerdotal.

Vicente F. Zazpe, Obispo.  ¿Quién era Zazpe ante mis ojos de joven sacerdote de 29 años? Un modelo joven de sacerdote, había cumplido entonces 40 años. Lo conocí como simple párroco, celoso misionero de una parroquia barrial de la Capital Federal. Lo recuerdo con su sotana mal remendada, su ágil motoneta, recorriendo rápidamente las calles humildes, visitando a los enfermos, haciéndose presente donde se lo requiriera como pastor. Atento al confesionario, solícito catequista, piadoso liturgo.

A medida que progresé en su conocimiento descubrí el secreto (la clave) que animaba desde dentro su temple sacerdotal. Al ser elegido y ordenado primer Obispo de la Diócesis de Rafaela (Pcia. De Santa Fe) su imagen pública adquirió mayor relieve. Su gran humildad intentaba ocultarla. Comprobé que grandes maestros influyeron  en su espiritualidad y labor sacerdotal: los santos (San Juan María Vianney); su antiguo párroco, el Padre Carboni, fundador de las Auxiliares Parroquiales de Santa María y párroco de Santa Rosa de Lima.

De ellos había extraído lo esencial: amor apasionado a Jesucristo, modelo de pobreza y obediencia al Padre; tierna devoción a María; amor incondicional a la Iglesia; celo apostólico llevado , como su Maestro, al extremo del don de la vida; trabajo incansable; estudio serio; oración prolongada; amor silencioso y heroico por su pueblo, especialmente por sus sacerdotes.

Pasión por la verdad.  Me atrajo en él su “pasión por la verdad”, se negaba a ocultarla o disimularla aunque debiera contrariar a los poderosos y a sus mejores amigos. Se hacía violencia para enfrentar la contradicción. Sus principios y convicciones eran tan firmes que lograban vigorizar su palabra directa, honesta y las decisiones más riesgosas del gobierno pastoral.

He tenido el privilegio de asistir a los primeros Ejercicios Espirituales predicados al clero de Rafaela. Me conmovieron la profundidad y precisión de sus reflexiones. En aquella ocasión conversé con él y le expresé mi satisfacción por sus lúcidas y fervorosas meditaciones. ¡Cuánta teología y espiritualidad!

El Concilio Vaticano II.  Recibió como gracia excepcional el Concilio Vaticano II. Su ilusión pastoral, ante el acontecimiento, era indisimulable. Llegaban los esquemas preparatorios: grandes carpetones redactados en latín y reservados exclusivamente a los Obispos. Mons. Zazpe los estudiaba en secreto, sin hacernos el mínimo comentario. Observé la seriedad y empeño en su lectura. El Concilio aparecía ante su mirada como una grave responsabilidad. Era consciente de haber sido llamado por el Papa a compartir el Magisterio universal con todos los Obispos del mundo. Su juventud - recordando a San Ignacio de Antioquia - no achicaba su enorme y trascendente misión.

El estilo episcopal que se propuso, en aquellos albores del Concilio, ya manifestaba su deseo de acercarse a los grandes Pastores y nutrirse de su pensamiento y ejemplo de vida. Poco antes de su Ordenación Episcopal, me expresó confidencialmente: “Dice San Agustín que para el Obispo no hay purgatorio, “o cielo o infierno”. Así era: enemigo de las medias tintas; lo elegía TODO, también la cruz, al modo de Santa Teresita. TODO en la generosidad apostólica, en la pobreza, en la oración, en la coherencia de vida, en la amistad, en el respeto a las personas, en el valor para enfrentar lo que fuera.

Modelo de humildad.  Su humildad sincera le otorgaba una apariencia de poquedad. Escuchaba y admiraba el buen pensamiento de sus hermanos sacerdotes, incluso de los más jóvenes. Su correspondencia epistolar estaba lejos de ser formal o evasiva. Conservo muchas de sus cartas. Respondía de inmediato y extensamente, aún cuando me encontraba lejos: Roma y Bruselas. Escribía como si conversara y volcaba en ellas su interior.

Durante algunos años compartimos (a lo lejos) el ministerio episcopal (desde 1978 a 1984). Cuando Juan Pablo II me designó Obispo le escribí para solicitarle que fuera uno de mis consagrantes. Aceptó con manifiesto júbilo. Recuerdo las conversaciones y las respuestas a mis consultas en aquellos difíciles años. La sensatez y el espíritu evangélico armonizaban admirablemente en su claro pensamiento. Aconsejaba sin pretenderlo, formulando conclusiones maduras en frases simples y breves, como una percusión  que llegaba al alma de quienes lo escuchaban.

No temía mostrarse humano, débil (como San Pablo) y frágil. Sufría las traiciones y las injusticias, el drama de los pobres y débiles. En una de sus cartas me escribía: “el sufrimiento, ese ingrediente normal de la vida”. Conmovía su fortaleza, que se destacaba cuando el cansancio y la decepción lo acorralaban. Le escuché decirme, en momentos de honda tribulación: “Castagna: ¡un oportuno cáncer!” o “¡Quién me diera volver a Luján Porteño!” (La humilde parroquia de barrio donde lo sorprendió el llamado al Episcopado).

Su buen humor.  A pesar de las tribulaciones normales, inseparables del ministerio pastoral, Mons. Zazpe manifestaba un gozo que venía de adentro. Su conocido y contagioso humor brotaba espontáneamente de la armonía interior que lo caracterizaba. Sabía hacer gratas las reuniones y gozaba plenamente de las buenas ocurrencias de los demás.

La amistad me autoriza dar testimonio sobre su persona. Mons. Zazpe gozó de otras amistades más profundas y próximas que la mía. Algunas de ellas se han unido a él en la Casa del Padre. Recuerdo especialmente a Mons. Iriarte, otro grande. Mis recuerdos se agotan cuando por voluntad de mi entonces Arzobispo debí regresar a Buenos Aires. A partir de entonces mi relación con él se expresó en periódicas cartas y esporádicos encuentros. Me conocía bien y cuando  se lo requería me ofrecía, de manera respetuosa, su experiencia y comprensión. Cuando fui nombrado Obispo recibí dos saludos originales y edificantes: mi madre, que me confesó humildemente: “Hijo, me sentí muy feliz al verte sacerdote... pero, esto no lo esperaba”. Y Mons. Zazpe que al verme llegar a la sacristía de la Catedral de Buenos Aires, para dar comienzo a la Ordenación episcopal, exclamó: “¡Parece mentira!” Me sentí saludablemente ubicado por ambos ante el misterio de la inmerecida elección.

Cercano al pueblo humilde.  Estoy terminando. Si pretendiera sintetizar en un solo rasgo la personalidad de Mons. Zazpe no lo lograría. Todo ha sido importante en su vida. La sencillez y humildad constituyeron el envoltorio de su riqueza humana y sacerdotal. Su disponibilidad pronta y generosa, sobre todo en momentos dramáticos, consignados cuidadosamente en su historia personal, era auténtica VIRTUD. No constituía un despliegue emotivo, casi romántico. Su amor pastoral, bebido a grandes sorbos en el misterio de la Cruz de Cristo, no tenía nada de las reacciones irreflexivas e ideológicas que inspiran lecturas equívocas del Evangelio. Cada gesto, cada aproximación al sufrimiento de su pueblo pobre y maltratado, constituía un verdadero desborde del amor a Cristo y a las preferencias de Cristo.

Zazpe no imaginó que se iba a hablar tanto sobre su persona, y que su enseñanza adquiriría tal expansión dentro y fuera de la Iglesia. Su humildad lo llamaba al silencio, a una soledad llena de Dios, a un espacio del que sin pretenderlo sería animador y custodio. Antes de iniciar estas simples reflexiones le pedí que intercediera para no exagerar sus rasgos y ofrecer un acceso válido a su conocimiento y amistad.

Modelo sacerdotal.  En todas las épocas de la historia necesitamos hombres como Zazpe, caracterizados por encarnar lo esencial. Era un hombre inteligente, sin duda, pero la contemplación del misterio de Dios lo invistió de una sabiduría superior a todo conocimiento. Nuestras palabras se ahuecan si no se abajan hasta expresar a Quien ha elegido el “último lugar”, el de la pobreza y el amor extremo. El hombre de Dios, como fueron los santos de todos los tiempos, busca acercarse lo más posible a Quien escogió el anonadamiento de la Encarnación y de la Cruz. A Zazpe lo observé durante un año y medio de continua convivencia y hallé un comportamiento virtuoso constante y coherente. Fui testigo de sus pruebas y combates, de sus gozos y tristezas, del riesgo humano de amar a Dios con todo el ser y de padecer con los hombres hasta infundirles su fe e iluminarlos con su esperanza.  

Domingo S. Castagna, arzobispo emérito de Corrientes


Publicado por verdenaranja @ 23:12  | Hablan los obispos
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