Domingo, 02 de mayo de 2010

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para el 2º domingo de Pascua (11 abril 2010). (AICA)


EL DOMINGO: FACTOR DECISIVO PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN 

I. “EL PRIMER DÍA DE LA SEMANA” 

1. Como en el domingo de Pascua, el pasaje evangélico de hoy señala al primer día de la semana: “Al atardecer del primer día de la semana…”. Indica un momento cronológico preciso. No el sábado, ni el segundo día, sino el primero, en que se manifiesta Jesús resucitado: “Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»”. (Jn 20,19; cf 20,1). Los otros Evangelios hacen lo mismo: cf Lc 24,1; Mt 28,1; Mc 16,2.9.  

2. Esta manera de hablar recuerda el pasaje bíblico en que Dios crea la luz: “Entonces Dios dijo: ‘Que exista la luz’. Y la luz existió… Este fue el primer día” (Gen 1,3-4). Al resucitar a Jesús, Dios creó nuevamente la Luz, pero indeficiente, que no conoce el ocaso. E hizo un nuevo día primero, al que no sigue ningún día segundo, ni tercero, ni una semana (“septimana”, siete días) de fatigas, de las que sea necesario descansar.  

3. Con toda razón, los cristianos comenzaron muy pronto a celebrar este día, como cuentan los Hechos de los Apóstoles: “El primer día de la semana, cuando nos reunimos para partir el pan, Pablo, que debía salir al día siguiente, dirigió la palabra a la asamblea y su discurso se prolongó hasta la medianoche. La habitación donde nos habíamos reunido estaba muy iluminada…” (Hch 20,7-8.11). 

II. “EL DÍA OCTAVO” 

4. El texto evangélico de hoy nos habla también de un día “octavo”, que no es otro que el mismo primer día, nuevo y definitivo: “Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»”.(Jn 20,26). 

5. Este texto ha sido ocasión para que la Iglesia celebre todos los días de la semana de Pascua con igual solemnidad. Y hable de la “octava de Pascua”, y no ya de la semana pascual. Si se quiere, es una semana muy singular, que va desde el primer día hasta el octavo, que también es primer día; va desde el gozo al gozo, que nunca termina; y no ya desde la fatiga al descanso, para recomenzar la fatiga.  

III. “EL DÍA DEL SEÑOR” 

6. Por ello la liturgia le canta a este día: “¡Éste es el día que hizo el Señor! Alegrémonos todos en él”. Por la misma razón, el pueblo cristiano pronto comenzó a llamarlo “día del Señor” (Ap 1,10). En latín, “dies Domini”. De allí, el castellano “Domingo”. El “día del Señor” fue y será siempre el principio y la meta de toda la acción pastoral de la Iglesia. Cuando el domingo declina, declina la vida cristiana y la evangelización. 

7. Todavía en muchos lugares del interior del País, se recuerda a los abuelos que el domingo, a pie o en carros, recorrían kilómetros para participar de la Santa Misa en el pueblo. No podían vivir sin el domingo. Yo puedo dar testimonio de muchos pastores que se desviven por las comunidades de los suburbios y del campo, para que no les falte la Misa dominical. Lo hacen muchas veces excediéndose en sus fuerzas, incluso más allá de las normas pastorales.  

IV. NECESIDAD DE LA CELEBRACIÓN DEL DOMINGO 

8. Ante tiempos cada vez más difíciles para los cristianos, la mejor prevención siempre será celebrar en el domingo la Resurrección del Señor, con fe y alegría. Juan Pablo II, en su exhortación apostólica sobre la santificación del Domingo (Dies Domini, 1998), nos recuerda el valeroso testimonio de los mártires de Abitinia, África del Norte, durante la persecución del emperador Diocleciano, a comienzos del siglo IV, cuyo propósito principal era suprimir la reunión dominical de los cristianos: “Cuando, durante la persecución de Diocleciano, sus asambleas fueron prohibidas con gran severidad, fueron muchos los cristianos valerosos que desafiaron el edicto imperial y aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical. Es el caso de los mártires de Abitinia, en África proconsular, que respondieron a sus acusadores: ‘Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley’; ‘nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor’. Y una de las mártires confesó: ‘Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana’" (Dies Domini 46).  

9. Los Obispos latinoamericanos, en Aparecida, han reafirmado, con sabiduría, la importancia decisiva del Domingo: “Sin una participación activa en la celebración de la eucarística dominical y en las fiestas de precepto, no habrá un discípulo misionero maduro. Cada gran reforma en la Iglesia está vinculada al redescubrimiento de la fe en la Eucaristía. Es importante, por esto, promover ‘la pastoral del domingo’ y darle ‘prioridad en los programas pastorales” (DA 252-253). Por ello merecen reconocimiento los que defienden el descanso dominical. 

Monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia


Publicado por verdenaranja @ 23:17  | Homil?as
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