Domingo, 09 de mayo de 2010

Comentario al evangelio del domingo sexto de Pascua – C, publicado en Diario de Avisos el domingo 9 de Mayo de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.

 

¿Quién enferma que yo no enferme?

Daniel Padilla

 

Hay palabras en el evangelio de hoy que me resultan altamente reconfortantes: "Mi paz les dejo... Que no se acobarde vuestro cora­zón, ni tiemble. Me voy al Padre, pero volveré a vuestro lado". Este sexto domingo de Pascua pienso en los enfer­mos. Y pienso que estas palabras han de hacer un bien especial en ellos, los enfer­mos, es decir, a todos nosotros, ya que, si no en acto, todos somos candidatos a la enfermedad. Enfermedades físicas, psí­quicas o psicosomáticas. Cada uno de nosotros, en definitiva, somos llamados - a ser copias, más o menos dignas, del varón de dolores, que quiso llevar sobre sí nuestras enfermedades. Y, claro, a un enfermo le reconforta que le digan: "Que no tiemble tu corazón ni se acobarde, porque volveré a tu lado". En efecto, al enfermo, lo que más le preocupa es la soledad, la terrible soledad. Por eso es necesario renovar nuestras actitudes. ¡A ver si acierto! La indiferencia. Es terrible. Pero tenemos el peligro de pasar de largo, como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano, ante el hombre enfermo. Aunque no sea nada más que por saber que puedo ser yo, mañana, ese herido del camino, resulta incomprensible la indiferencia. El indivi­dualismo egoísta. En una sociedad hedo­nista, en la cual cada uno busca su pro­pio placer, es alarmante que se nos vaya enfriando el corazón hasta el punto de desentendernos de las penas de los demás. Albert Camus, el filósofo de la dicha, que, en un momento de su pro­ducción literaria confiesa que "no hay que avergonzarse de ser dichoso", ter­mina reconociendo que "el individuo no puede ser feliz él solo". El pesimismo paralizante. Pesimismo que puede bro­tar en el mismo enfermo, o en quienes le rodean: "No hay nada que hacer", "llega un momento de rendir las armas". Efectivamente, llega el momento. Pero lo determina Dios. Mientras tanto la actitud del cristiano ha de ser la de Jesús; la solidaridad, afectiva y efectiva en el interés por el otro; el hacer, como decimos en nuestro lenguaje diario, "todo lo humanamente posible" y "parte de lo  imposible", como añadiría Cabodevilla. El optimismo también paralizante. Muy  peligroso. Consistiría en creer que funciona bien, tanto a nivel institucional como a nivel eclesial, como a nivel particular. Reconozcamos, por supuesto todos los logros alcanzados por la sociedad en los últimos tiempos. Pero reconozcamos igualmente las grandes lagunas y deficiencias de las desesperantes esperas para conseguir que sea analizado tu caso; el riesgo de un trato cada más despersonalizado dado el número creciente de enfermos. Es imposible, amigos, desarrollar en una glosa todo el pensamiento cristiano sobre este tema. No nos vendrá mal, a este respecto, insistir en una formación adecuada para un mayor y mejor servicio a una vida humana más digna.


Publicado por verdenaranja @ 9:46  | Espiritualidad
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