Martes, 18 de mayo de 2010

Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes para el 3º domingo de Pascua (18 de abril de 2010). (AICA)


FIELES EN LA TRIBULACIÓN

La aparición del Señor resucitado en la orilla del lago de Tiberíades confirma el rol de conductor de Pedro en la Iglesia. El llamado al ministerio le exigía el abandono del oficio de pescador y la dedicación total a la evangelización. El preaviso del Señor que Pedro iba a morir como mártir, no lo inhibió al apóstol sino, por el contrario, lo lanzó con mayor decisión para adelante. El apacentar de las ovejas del Señor llevó a Pedro a la lejana Roma, donde puso los cimientos de la Iglesia en el centro del poder político y cultural  del imperio. Es notable con qué rapidez fue creciendo la Iglesia en circunstancias adversas y persecuciones continuas. El Señor manifestó que estaba con los discípulos, como se lo había prometido, “hasta el fin de los tiempos”.

En los momentos actuales, en los que se quiere involucrar al Pastor supremo en los desvíos sexuales de clérigos, para desanimar a la Iglesia en su conjunto y dispersar las ovejas, nos reconforta la seguridad, que las puertas del infierno no podrán prevalecer sobre la roca de Pedro. Nada nos ha de quitar la serenidad y confianza. Las tribulaciones que sufrimos a causa de nuestros pecados, son para nuestra purificación. Las tribulaciones, en cambio, que sufrimos por causa del Señor, son para nosotros, como en aquel entonces para los apóstoles, una dicha que nos motiva para seguir anunciándolo a los demás. Son pruebas que nos fortalecen.

Juan en su visión nos abre los oídos y los ojos. La Iglesia en la tribulación está acompañada por los Seres Vivientes y una multitud de criaturas que están en el cielo en presencia del Cordero que ha sido inmolado. Lo que celebramos aquí es una participación de la liturgia celestial. La adoración de Cristo limpia el corazón de los que pecaron y preserva de caer.  La Eucaristía no da la alegría en el Señor que es nuestra fortaleza.

La pregunta del Señor a Pedro, si lo ama, está dirigida ahora a cada uno de nosotros. El Señor nos conoce y sabe todo, pero no nos fuerza.  Decirle: “Yo te amo”, es un acto de nuestra libertad, que Dios respeta como límite de su poder. Que la respuesta nuestra sea sincera; y que nuestra entrega sea coherente como lo fue la de Pedro que mantuvo su palabra hasta el final.  

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes 


Publicado por verdenaranja @ 23:24  | Hablan los obispos
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