Domingo, 23 de mayo de 2010

Mensaje de monseñor Ramón A. Dus, obispo de Reconquista y de la Comisión diocesana de  Justicia y Paz con motivo del Día del Trabajo (1 de mayo de 2010). (AICA)


TRABAJO PARA TODOS: TRABAJO DE TODOS  

Celebrar el Día del Trabajo nos lleva siempre a la reflexión sobre la realización del ser humano en el mundo y en la sociedad. El trabajo humano es un derecho del que depende directamente la promoción de la justicia social y de la paz civil. Cambian las formas históricas en las que el trabajo humano se expresa, pero no cambian sus exigencias permanentes que se resumen en el respeto de los derechos inalienables de toda persona que trabaja.

Auguramos, que en este presente  productivo del  país, se cuide y proteja la dignidad y la centralidad de la persona humana, su libertad y la democracia. No hay democracia estable sin una sana economía y una justa distribución de los bienes[1]. Esta exigencia es ya un trabajo a realizar entre todos, para que no sea sólo una evocación teórica o emotiva[2]. Para eso sigue siendo importante la educación, la producción y el desarrollo local, y sobre todo la urgencia de generar trabajo para recobrar la cultura de la laboriosidad: la cultura del trabajo.

Como un dato de la realidad, el reciente documento del Foro Social nos advierte: “La pobreza es un problema de todos y de larga data. Muchos argentinos aún hemos de tomar conciencia y de asumirlo como responsabilidad propia” [3]. Se habla aquí de la pobreza que sufren las personas porque el ingreso obtenido con su trabajo no alcanza  para desarrollar el propio ser y la propia familia, y porque no se puede avanzar en actividades productivas en beneficio personal, familiar o de la sociedad en la que vive. Y esto es así porque el trabajo: a)  no llega a asegurar la nutrición y el cuidado de la salud de cada ser humano desde su concepción; b) no puede proveer educación integral y abrir la puerta a la inclusión social; c) no puede asegurar el acceso a los servicios sanitarios básicos que acompañen a una vivienda familiar digna. [4]

En este marco es preocupante la situación de los adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan: la pobreza les dificulta el desarrollo integral de sus capacidades, y quedan a merced de propuestas fáciles o escapistas, como la droga, la ilusión del juego, y tantas veces, la delincuencia.

El Bicentenario del primer gobierno patrio (en 2010) y el de nuestra independencia (en 2016) es un tiempo especial que nos desafía en favor de la justicia y la inclusión de todos. Y por eso muchos cristianos y ciudadanos creemos que este momento histórico es oportuno para proyectar, como prioridad, la erradicación de la pobreza y el desarrollo integral de todos. “La gran deuda de los argentinos es la deuda social” [5]. Podemos cambiar y podemos comprometernos para saldar esta deuda. No es solamente un problema económico o estadístico. Es también un problema moral que nos afecta en nuestra misma dignidad. ¿Somos capaces de dignificarnos en el camino del diálogo y del consenso a favor del bien común? ¿Tendremos en cuenta a nuestros hermanos más pobres y excluidos en nuestro compromiso ciudadano? El verdadero ciudadano participa como agente de transformación de la vida social, económica y política.

Urge entonces educarnos a la inclusión social que promueva el cuidado de la vida, la solidaridad, la participación, la convivencia y el desarrollo integral. Estos valores favorecidos por políticas generadoras de trabajos dignos, nos ayudarán  a no caer en un asistencialismo desordenado, que termina generando dependencias dañinas y desigualdades.

Mirando en especial a nuestro medio, cabe apreciar el trabajo del campo en el crecimiento de nuestra sociedad; y cabe también alentar el desarrollo de las familias minifundistas, junto con las comunidades de los pueblos originarios, y favorecer el derecho a la propiedad de la tierra de los que la habitan y trabajan.

El 1 de mayo de 2010 es una maravillosa oportunidad para mirar nuestra realidad con esperanza, para iluminar nuestro compromiso y para favorecer el reencuentro entre todos los actores sociales de nuestra nación.

Asumir nuestras responsabilidades, las que cada uno a su nivel tiene como ciudadano y cristiano nos hará tomar conciencia de la importancia de un digno trabajo para todos. Pero como esta meta es inclusiva, ella depende del propósito, de la solidaridad y en particular del trabajo de todos.   

Comisión diocesana de  Justicia y Paz
Mons. Ramón A. Dus, obispo de Reconquista
Reconquista, 1 de mayo de 2010. 

[1] Cf. CEA, Iglesia y Comunidad Nacional, (ICN) 129.
[2] Cf. Documento de Aparecida, n. 397.
[3] Foro ‘De Habitantes a ciudadanos’, La pobreza: un problema de todos. Consenso y propuestas de la Sociedad Civil par el Bicentenario, 1.
[4] Cf. Ibidem.
[5] CEA, “Afrontar con grandeza nuestra situación actual”, 11/11 2000.

 


Publicado por verdenaranja @ 22:11  | Hablan los obispos
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