Mi?rcoles, 26 de mayo de 2010

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9 (1 de mayo de 2010). (AICA)


DÍA DEL TRABAJO 

Dedicar un día para recordar la importancia que algo, o de alguien, tiene un valor ejemplar en la vida de una comunidad. Existen motivos más que suficientes para celebrar el Día del Trabajo. Podemos recordar el reclamo y la justicia de un hecho histórico, como origen de la celebración de este día; esto no debemos olvidarlo, sería muy pobre recordarlo sólo como un día sin actividades. El día de descanso no está mal, pero es importante mantener vivo el sentido de lo que celebramos. En nuestro caso se trata del Trabajo como actividad del hombre. Esta referencia al hombre es lo que le da al trabajo su importancia y dignidad. Ello significa que el trabajo no es un elemento más dentro de una ecuación económica, sino expresión de la vocación del hombre. Por ello es correcto decir que la mayor pobreza del hombre es no tener trabajo, no poder trabajar, carecer de aquello que asegura su realización y libertad.

Cuando valoramos al trabajo como una dimensión que hace a la realización integral del hombre, comenzamos a poner las bases de una sociedad que lo define como un bien social. En cambio, cuando sólo lo vemos como un medio para obtener cosas, que podríamos obtener de otra manera, incluso sin trabajar, en ese momento empobrecemos esa cultura y al mismo hombre. Cuántos niños crecen en la orfandad de una cultura del trabajo, que para ellos no forma parte de la herencia que han recibido. Esta es una hipoteca social muy difícil revertir. Si el trabajo no adquiere el nivel de un valor que hace a los bienes de la sociedad, difícilmente se puedan formar hombres libres y responsables. El trabajo, al tiempo que es un derecho para el hombre es, por lo mismo, un acto de justicia y de sabiduría política.

Hablamos del trabajo como de un derecho fundamental que hace a la necesaria realización del hombre. Una sociedad en la que este derecho no sea una prioridad, y no se creen para ello las condiciones que permitan alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, es una sociedad que “no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social” (C.A. 43). El nivel de las políticas sociales se debe medir a partir de “las perspectivas de trabajo que pueden ofrecer” (C.I.C. 289). Por otra parte, a esta exigencia que tiene la sociedad de generar fuentes de trabajo corresponde, sea a nivel personal, familiar y educativo, la tarea docente de formar una conciencia donde el trabajo recupere su lugar como valor en la vida del hombre. Todo valor necesita de una clara y testimonial docencia. Hoy se presentan, en una sociedad globalizada, otros actores y riesgos que comprometen el sentido del trabajo.

Cuando llegamos a este punto no podemos dejar de pensar en los límites que tenemos como sociedad para formar y sostener una cultura del trabajo. No se trata de proclamar buenas intenciones o fines en los que todos coincidimos, sino de preguntarnos que actitud asumimos respecto a la valoración de los medios y circunstancias necesarios para alcanzar esos fines. Entre nuestras fragilidades como sociedad partiría del hecho de que haya tantos adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan. Esta situación presenta una gravedad actual y a futuro que nos debe preocupar como sociedad. Ahora bien, cuáles son la causas, o hacia dónde debemos dirigir nuestra atención?. Hay causas ciertamente de niveles de inversión, de políticas de estado, de seguridad jurídica, e incluso de inserción internacional. El marco de esta reflexión es menos ambicioso, pero no menos importante.

A la constatación de que hay chicos que ya son hijos o nietos de desocupados con todo lo que ello implica, agregaría otros elementos que debilitan o actúan como causa de esta situación, y que tiene también una raíz cultural. Si ánimo de ser exhaustivo señalaría, entre esas causas, el crecimiento del individualismo y el debilitamiento de los vínculos comunitarios y solidarios; el avance del juego como una empresa que crece en todo el país, ante la pasividad de la dirigencia; el consumo de drogas a edades cada vez a más tempranas; el afán de lucro sin un marco de referencia ético; el abuso del poder, que lleva a un clientelismo del voto que debilita la conciencia y responsabilidad del ciudadano; el “rating” como único criterio valorativo de los medios de comunicación, degradando en muchos casos la cultura de nuestro pueblo exacerbando, sin mayor pudor, pasiones menores en la vida del hombre; la devaluación de la palabra, como el acostumbrarnos a la mentira, que justifica actitudes y adormece el poder de sanción de nuestra conciencia.

Todo ello crea una pseudo-cultura que presenta como meta y paradigma del éxito humano el tener más, sin una referencia al mundo de los valores, al límite de lo moral y a la responsabilidad por el bien común. En este contexto de disvalores es difícil que crezca la cultura del trabajo como un bien social. Ella necesita de la libertad, pero también de valores que la orienten y enriquezcan. Además de la capacidad de tener proyectos, la cultura del trabajo requiere y promueve una actitud de constancia que permite valorar la riqueza del tiempo. Al hacernos protagonistas de nuestra vida esta cultura no sólo da sentido al presente, sino que nos abre a un futuro con esperanza.

En cambio, en ese otro clima empobrecido se debilitan e incluso se descalifican, instancias de transmisión de valores y de actitudes sociales, como la familia y la escuela. Cuántas veces nuestros niños hoy reciben un doble mensaje, que les quita solidez a sus principios y confianza en sus proyectos. La ejemplaridad ética, como la apertura al mundo de lo estético, hacen al nivel de vida y al futuro de la cultura de un pueblo. El trabajo, como dimensión de la realización del hombre, necesita de un contexto que lo valore y de una sociedad que lo haga posible. De este clima todos debemos sentirnos responsables. Lo contrario sería la actitud de una sociedad cínica que se escandaliza de los efectos que ve, y no se anima a considerar las causas.

Uniendo mi afecto y reconocimiento a todos los trabajadores en su día, y teniendo en cuenta especialmente a aquellos hermanos nuestros que se encuentran en la triste e injusta situación de desocupados, les hago llegar junto a mis oraciones, la bendición en Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Madre de Guadalupe. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 22:41  | Hablan los obispos
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