Lunes, 31 de mayo de 2010

Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes en la misa del Bicentenario (8 de mayo de 2010). (AICA)


“ES POSIBLE PENSAR UNA PATRIA PARA TODOS” 

Estamos iniciando los festejos del Bicentenario, en comunión con todo el país, iluminados por el lema “¡Con María Reina, construyamos una Patria para todos!” En esas palabras se condensa el espíritu y la metodología que necesitamos para realizar esa tarea. El lema tiene como tres tiempos: primero, queremos construir una Patria “con María Reina”; segundo, aspiramos que esa Patria sea “para todos”; y finamente, anhelamos construirla “entre todos”. Sigamos nuestra reflexión dando esos tres pasos.

Queremos construir una Patria “con María Reina”. Ante todo, manifestamos el deseo de construirla con María Reina, teniéndola a ella como la principal referente para esa tarea. No podría ser de otra manera, puesto que la Patria, desde los inicios de nuestra comunidad nacional, que van mucho más allá de las fechas del Bicentenario, se fue construyendo al amparo de María. Ella, en la bella y tierna imagen de Nuestra Señora de Itatí, estuvo presente en el corazón de nuestro pueblo, aun antes de que se fundara la ciudad de Corrientes. ¿A quién se le ocurriría, entonces, seguir construyendo la Patria sin ella? Ella es “tierra abierta al cielo y a los hombres”, entonces, ¿quién sino ella puede acompañarnos y mostrarnos el camino que lleva a Dios y al encuentro entre nosotros? ¿Dónde, si no es al pie de la cruz junto a María, podríamos encontrar el rumbo y la fortaleza para continuar nuestra peregrinación como pueblo de hermanos, con un programa y un destino común?

Estremece escuchar el relato evangélico de María al pie de la cruz de su Hijo. Uno se siente envuelto en un gran misterio de amor. En esos instantes, el universo era como una enorme catedral de silencio: sólo unas pocas palabras, pero de gran trascendencia, crearon la nueva comunidad de hombres y mujeres. Una comunidad, cuyos vínculos son tan sólidos que ni el mal ni la muerte los podrán romper jamás. “Mujer, aquí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa”. También nuestro pueblo nació al pie de la cruz junto a María; también nosotros la hemos recibido en nuestra casa-patria, y en ella nos reconocemos hermanos y hermanas, llamados a vivir en amistad con todos. Con toda razón la invocamos dándole ese hermoso título de “Tiernísima Madre de Dios y de los hombres”. Ella es Madre y Reina de nuestro pueblo. Por eso, con ella y jamás sin ella, queremos seguir construyendo nuestra Patria.

Aspiramos a construir esa Patria “para todos”. María, junto a la Cruz, nos enseñó, desde los orígenes fundacionales de nuestro pueblo, que nadie puede quedar excluido de su amor. Su ternura abrazó por igual al habitante nativo y al allegado español, e hizo que la sabiduría de los pueblos originarios se enriqueciera con la herencia hispana; el amor de Madre nos enseñó que luego, las sucesivas inmigraciones hasta nuestros días, deben ser recibidas, valoradas y tratadas con respeto y amistad. De su amor universal y tierno por cada uno de sus hijos, aprendemos que no hay que juzgar a nadie por el color de la piel, o por la posición social, o por su ideología, y menos aún por lo que poseen. Los ama por lo que son. Y de haber algún privilegio, se lo otorga a sus hijos más pequeños, a los menos dotados y a los más frágiles. Su modo de proceder revoluciona nuestras categorías mentales y nos abre a un modelo de convivencia donde nadie quede aislado, y donde el principal criterio para orientar las políticas públicas debiera ser el bien común de todos los ciudadanos.

El Bicentenario es una oportunidad extraordinaria para la concreción efectiva de esas políticas. Sin embargo, para que eso se haga realidad, tiene que haber un deseo sincero, una voluntad firme y una práctica perseverante de diálogo y de una paciente elaboración de consensos que busquen incluir a todos y que tengan como único fin el beneficio de todos. Es posible pensar una patria para todos, pero sólo si estamos dispuestos realizarla entre todos.

Anhelamos construirla “entre todos”. En el lema decimos “construyamos”, por tanto, se trata de un plural que nos incluye a todos. Para eso, tenemos que recuperar el concepto de Patria Argentina, descubrirla de nuevo y enamorarnos de ella. La idea de patria está íntimamente ligada al concepto de familia. La patria, como una gran familia, es en cierto modo ese conjunto de bienes y valores espirituales que hemos heredado de nuestros antepasados. En este sentido, es muy significativa la expresión “madre patria”, expresión que nos hace sentir familia. La patria, como la familia, tiene padres y madres. A través de ellos recibimos el don de la vida y ese conjunto de bienes y valores espirituales que nos dan identidad y nos permiten cumplir nuestra misión. Para construir la patria entre todos, necesitamos recuperar la memoria que nos dejaros los Padres de Patria. Sin ellos no es posible tener ese sentido de familia que nos permita construir la patria entre todos, y vibrar interiormente con los grandes valores que ellos nos dejaron y que son el fundamento de nuestra convivencia social y política: la unidad republicana; el diálogo y el compromiso ciudadano; la apertura creativa y solidaria con los pueblos vecinos y con toda la familia humana.

Por otra parte, construir la Patria entre todos, supone animarse a ver claro cuál es el origen del mal que la tiene postrada y luchar decididamente por extirparlo. Nuestro problema principal no está en el oficialismo o en la oposición, en la “izquierda” o en la “derecha”. El principal enemigo está en el interior de cada uno y se contagia luego a toda la sociedad. Ese enemigo trabaja en el corazón de las personas, tanto en los ciudadanos como en la dirigencia, en el oficialismo como en la oposición, en la derecha y en la izquierda, y se lo puede identificar por las señales que deja a su paso: división, confusión y desentendimiento permanente. Esto paraliza cualquier proyecto que se quiera llevar en común y deja graves secuelas en la sociedad, como la pobreza, indigencia, desnutrición infantil, analfabetismo, precarización laboral, inseguridad social, incumplimiento e irrespeto por la ley, como otros males que se han arraigado peligrosamente en el tejido social: la corrupción, la droga y una progresiva pérdida de valores éticos y morales. El mal tiene nombre y el apóstol Juan lo llama el padre de la mentira (Jn 8,44). Se lo reconoce porque miente, confunde y divide. Y una familia dividida no puede desarrollarse ni progresar. Lo mismo debe predicarse de un pueblo.

A los pies de María, le suplicamos que proteja y sostenga a nuestros gobernantes y a todos los que trabajan en la función pública; que no bajen los brazos en la lucha contra el mal, siendo coherentes y ejemplares en el servicio que prestan a la comunidad. Le rogamos que a todos nos enseñe el camino del diálogo y de la unidad, empezando por la propia familia, escuela insustituible, donde se aprende la tarea de no excluir a nadie y a trabajar para el progreso y la felicidad de todos, especialmente de los más pobres y necesitados. El mal crónico de la desunión de los argentinos, mal que nos disgrega y paraliza, se cura únicamente mediante un proceso de reconciliación. Cuanto más lo dilatemos, tanto mayor será el daño y el sufrimiento que nos infligimos. Sólo un camino sincero de reconciliación puede asegurar la paz y el bienestar de un pueblo. Pero para ello precisamos una gran dosis de humildad y de fortaleza, sabiduría que aprendemos con María, junto a la cruz.

Queremos hacer una patria entre todos y para todos, conscientes de la enorme tarea que tenemos por delante. Pero no nos desalientan las dificultades porque queremos construirla con María y no solos. En Aparecida decíamos que “lo que nos define [a los cristianos] no son las circunstancias dramáticas de la vida, ni los desafíos de la sociedad, ni las tareas que debemos emprender, sino ante todo el amor recibido del Padre gracias a Jesucristo por la unción del Espíritu Santo” (n. 14). María junto a la Cruz nos recuerda que el camino que Dios eligió para incluirnos a todos como familia suya, fue el amor hasta el final, hasta dar la vida. Por eso, para incluir a todos en la tarea de hacer la Patria, hay que estar dispuesto al sacrificio de sí mismo por los demás. Necesitamos héroes y santos para esta tarea. Leopoldo Marechal lo expresó así: “Y has de saber que un pueblo se levanta tan solo cuando traza la Cruz en su esfera durable. La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza un pueblo? Con la marcha fogosa de sus héroes abajo (tal es la horizontal). Y la levitación de los santos arriba (tal es la vertical de una cruz bien lograda)”. Debemos trazar de nuevo la señal de la cruz sobre la frente de nuestra Patria y comprender que para construirla entre todos se necesita, además del sacrificio, una profunda convicción del valor trascendente de la vida, de la dignidad inviolable de cada ser humano y de una concepción integral de la persona.

Nos sentimos profundamente agradecidos a Dios por el don de la Patria Argentina. Nuestra felicidad es aún mayor por la esperanza que nos da la fe en Cristo y la devoción a nuestra Madre de Itatí. Todo esto no lo hubiésemos recibido, si no fuera por ese otro bien inmenso que tenemos de pertenecer a la familia de Dios en la Iglesia Católica. Gracias a ella, nuestra Patria se ha fundado sobre los valores cristianos. Pero, junto a nuestros sentimientos de gratitud, sentimos el deber y el compromiso de construirla para todos. No podemos peregrinar hacia la patria del Cielo, si no nos preocupamos responsablemente de incluir a todos los hermanos y hermanas en esa peregrinación. Que nuestra tierna Madre de Itatí, Madre y Reina de la Patria Argentina, “nos conceda un corazón puro, humilde y prudente” para realizar con amor esta bendita tarea. Así sea. 

Mons. Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes


Publicado por verdenaranja @ 22:48  | Hablan los obispos
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