Lunes, 31 de mayo de 2010

Exposición de monseñor Domingo S. Castagna, arzobispo emérito de Corrientes (Mayo de 2010). (AICA)

CANÓNIGO ALFONSO M. DONNIS
Presbítero de la Arquidiócesis de Buenos Aires, fallecido en los comienzos de la década del 60 del siglo XX.
 

Al santo cura “desconocido”. En Francia, como en otros países, se erige una tumba al “Soldado desconocido”. Allí se recuerdan a los héroes anónimos que ofrecieron sus vidas por la Patria. Se me ocurrió hacer una semblanza del santo sacerdote “desconocido”. En él intento reunir a tantos hombres santos que murieron silenciosamente en el ejercicio cotidiano del ministerio sacerdotal. Me referiré a un sacerdote de carne y hueso, que escribió su propia página en la historia de la Iglesia de Buenos Aires, que vivió oculto en una parroquia de la periferia y que murió hace cincuenta años en el silencio y la pobreza. Su nombre, que muy pocos recordarán, es ALFONSO MARIANO DONNIS, antiguo párroco de San Francisco Solano y Canónigo de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Fue mi párroco cuando yo era un niño; vio nacer y crecer mi vocación sacerdotal, la cuidó y me condujo al Seminario. Pudo verme ordenado sacerdote y asistió conmovido a mi primera Misa. Cuando concluí la redacción de la semblanza de Mons. Zazpe me pregunté cuál sería la próxima. Inmediatamente emergió el recuerdo del Padre Donnis, figura humilde, a quien sus hermanos presbíteros le aplicaban el sobrenombre de “el santo”.

El santo descubierto por un niño. Mis recuerdos se remontan a más de sesenta y cinco años atrás. Los niños éramos especialmente atendidos por el Vicario Cooperador, un joven sacerdote, fallecido hace pocos años, cumplidos sus noventa años de edad. Nos atraía su juventud y cercanía. No obstante, era el padre Donnis quién despertaba nuestra admiración infantil, con su excepcional piedad y su profunda humildad. Siendo el Cura Párroco, entendíamos que, aunque silencioso y manso, era el superior inmediato del sacerdote joven. Con el tiempo, especialmente a partir del traslado del Vicario, el padre Donnis se manifestó, ante nuestra mirada, con su personal temple virtuoso. Nos confesábamos con él, lo asistíamos en la santa Misa, bodas y bautismos. A mí me designó “monaguillo oficial”. En virtud de esa responsabilidad me apresuraba a presentarme, cada mañana, para asistirlo en la Misa y acompañarlo en sus visitas a los enfermos. Dedicaba las tardes a mis tareas escolares. Ya conocía mi propósito de ser sacerdote, por ello, cuando le solicitaban atender a algún enfermo me tomaba de la mano y susurraba a mi oído: “Vení, vos tenés que aprender”. Y ¡bien que aprendía! Sus mínimos gestos eran registrados por mi mirada de niño sorprendido y grabados en mi conciencia. Lo observaba rezar durante el trayecto, habitualmente a pie y, al arribar a la casa del enfermo, desplegar toda su bondad y delicado empeño de Pastor. Cuando sobrevenía la muerte y debía consolar a los acongojados parientes, ¡con qué ternura sabía abrazarlos y confortarlos!

Profundamente piadoso. Después de tantos años, ¿qué podría destacar de aquel venerable sacerdote? Necesito volver a mi niñez, pero, con la experiencia de los casi setenta años transcurridos. Al recordarlo rezar devotamente su Rosario - casi de continuo - y el Via Crucis, empujando con cuidado la silla de ruedas de su anciana madre paralítica, no me quedan dudas de su alto grado de unión con Dios. Cuando lo cruzábamos, con el breviario abierto ente sus ojos, nos detenía para comentarnos algún sabroso texto del Apóstol San Pablo o de las vidas de los santos. La mirada sencilla de aquel humilde cura contemplaba, como naturalmente, a Dios. Lo testimoniaba con simplicidad, especialmente al ejecutar algunas acciones de su ministerio. Recuerdo que su confesionario estaba asediado por penitentes de toda edad, particularmente por hombres adultos. Me asombraba la nutrida fila de señores que se arrodillaban por turno ante aquel hombre de Dios para confesarse y recibir el perdón. En la celebración de la Misa manifestaba un singular fervor; sus formas parecían desgarbadas, pero correctas y piadosas. Tenía la costumbre, antes de quitarse los ornamentos, de desplazarse, con toda la comunidad, hacia el altar de Nuestra Señora del Carmen. Allí rezaba varios responsos por los difuntos y la Salve. Yo me mantenía firme a su lado, sosteniendo el calderillo con el agua bendita.

Ejemplar humildad. La humildad era su virtud característica. Su trato bondadoso con todos, y su extraordinario afecto y delicadeza hacia los niños, saltaban a la vista. Nos observaba jugar, sentado en el umbral del templo, con verdadera satisfacción; a veces desgranaba silenciosamente su gran rosario. Los niños lo rodeábamos bulliciosamente. En una oportunidad, según testimonio de su entonces Vicario Cooperador, un señor se detuvo divertido, mientras él manipulaba un revolver de juguete, que había tomado de uno de los niños. Apuntó sorpresivamente a su sonriente y desconocido observador y le dijo: “Usted…hace mucho que no se confiesa… pero, antes debe bautizarse”. Ese hombre, confundido, se entrevistó con el Vicario y le aseguró que el padre no lo conocía y que, efectivamente, no estaba bautizado. Parecía leer las conciencias. El mismo Vicario, que estaba tratando confidencialmente, con su director espiritual, su ingreso a la Compañía de Jesús, fue sorprendido durante una comida: “Vas a hacerte jesuita”. No podía saberlo, me aseguró aquel Vicario, muchos años después. Su reacción fue inmediata: “No, padre, ¿cómo se le ocurre?”. El padre Donnis le repitió con serena dulzura: “Sí, lo sé, vas a ser jesuita”. El mismo sacerdote, ya ingresado en la Compañía de Jesús, me aseguró: “El Padre Donnis tenía “cosas raras” como éstas”.

Su vida enseñaba a amar a Dios. Cuando murió su madre, estando yo en el Seminario Menor, me autorizaron acompañarlo junto a quienes habían ingresado conmigo bajo su conducción. Lo imaginé muy afligido y ensayé un gesto adusto, propio de las circunstancias. Me impresionó su paz y serena conformidad. Experimenté el influjo de su gozo sobrenatural, nacido de la convicción de que su mamá estaba en el cielo. En aquel velatorio y exequias se respiraba un clima de fiesta pascual en el que no había lugar para la tristeza. Escuché de sus labios palabras admirables a quienes le ofrecían sus condolencias. Aquel hombre sencillo, que había decidido su vocación siendo ya maduro, tenía una forma de enseñar que hacía irrebatible la Verdad que formulaba. Su vida enseñaba a amar y a conocer a Dios sin necesidad de largas e ilustradas exposiciones teológicas. Recuerdo sus homilías desde el púlpito, como era estilo de la época; lo observé conmoverse, transmitiendo con simplicidad lo que vivía en el silencio de su corazón creyente. Vuelvo a recordar el testimonio del sacerdote jesuita que había sido su Vicario: algunas personas se acercaban a manifestarle, con lágrimas en los ojos, que el padre Donnis había descrito, durante la homilía, su complicada situación espiritual. Dios otorga a sus fieles sacerdotes, en circunstancias especiales, el don de orientar y consolar a quienes se acercan a ellos. Este hombre simple no parecía ser consciente de intuir los estados de ánimo y, sin proponérselo, ofrecía, a quienes lo trataban, las respuestas más adecuadas.

Enfermo y retirado. Su salud, siempre muy frágil, motivó la renuncia a la querida parroquia de San Francisco Solano. Desde entonces, nombrado Canónigo, ascendía cotidianamente al tranvía que lo conducía a la Catedral. Esos viajes, me confesó, le permitían despejarse y aliviar sus frecuentes dolores de cabeza. Se alojaba en un pequeño departamento, atendido por su piadosa ama de llaves, doña Margarita. Pude visitarlo con bastante frecuencia. Me invitaba a tomar el te y a sostener largas conversaciones espirituales. Sabía dar lo que recibía de Dios en su admirable recogimiento y soledad. Recuerdo haberlo visitado días antes de mi Ordenación sacerdotal. Al despedirnos, como lo hacía habitualmente, me dijo: “Te voy a dar una bendición…la próxima vez vos me la darás a mí…” Me puse de rodillas y sentí sobre mi cabeza sus manos cálidas y temblorosas. Lo recuerdo, vestido con su traje coral, asistiendo piadosamente a mi primera Misa. En el momento del besamanos se acercó humildemente con los fieles a besar las manos recién ungidas de su antiguo “monaguillo oficial”. Falleció estando yo ausente de la Argentina, algunos años después.

Exponente de otros santos desconocidos. Como conclusión quiero ofrecer una breve reflexión. No puedo decir mucho más sobre el querido padre Donnis. Es lo que ocurre con quienes, por su vida virtuosa, se convierten en “palabra viva”. Conservo un misal diario, de su uso y propiedad, que me hicieron llegar sus familiares apenas se enteraron de mi promoción al episcopado. Entre sus amarillentas páginas encontré: el recordatorio de sus bodas de plata sacerdotales (17 de diciembre 1932 – 1957), una fotografía de recién ordenado, otra junto a un amigo sacerdote (que recuerdo muy bien) y algunos viejos apuntes de direcciones y números telefónicos. Me parece verlo escribir, con su letra despatarrada, apoyando su pluma sobre este viejo misal. ¡Qué imagen simple e imborrable la de aquel humildísimo sacerdote! A partir de esa singular visión podríamos reconstruir otras imágenes sacerdotales, virtuosas y sembradoras de virtudes, sumergidas hoy en el olvido de una sociedad moralmente debilitada. Debiéramos recordar a esos hombres y destacar los frutos de su ministerio sacerdotal: “Por sus frutos los conocerán”. Son quienes han conservado la fe y han preferido el anonimato, alentados por la esperanza de una recompensa superior a todo premio y homenaje. El padre Donnis es un exponente de ese ejército incontable; la antítesis de otros pocos malintencionadamente presentados por algunos medios como si no hubiera santos - los más - a quienes la Iglesia y el mundo deben el beneficio de la credibilidad de la palabra predicada y de la doctrina. La santidad es el testimonio que el mundo espera de los cristianos para creer (Venerable Juan Pablo II). Es capaz de vencer el hecho doloroso e inocultable del mal testimonio, sea cual fuere el responsable del mismo. Estamos concluyendo el Año Sacerdotal. Es honesto presentar a los incontables santos sacerdotes que atestiguan la eficacia de la gracia que hace santos a los humildes. El padre Donnis es uno de ellos a quien la gracia de Jesucristo hizo lo que fue, como a San Pablo.  

Domingo S. Castagna, arzobispo emérito de Corrientes


Publicado por verdenaranja @ 23:02  | A?o Sacerdotal
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