Mi?rcoles, 02 de junio de 2010

Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes en la Fiesta de la Santísima Cruz de los Milagros (Corrientes, 3 de mayo de 2010) . (AICA)


FIESTA DE LA SANTÍSIMA CRUZ DE LOS MILAGROS 

El jubileo centenario de nuestra Iglesia de Corrientes, la conclusión de los festejos del aniversario de la fundación de nuestra ciudad y las vísperas del Bicentenario de nuestra Patria, dan un realce muy especial a la fiesta de la Santísima Cruz de los Milagros y toca los sentimientos más hondos de nuestro pueblo, profundamente creyente y mariano.

En efecto, el Evangelio de Jesucristo fue anunciado en estas tierras hace más de cuatro siglos. Ya entonces, la presencia de la Madre de Jesús, bajo la advocación de la Limpia y Pura Concepción de Nuestra Señora de Itatí, hizo que la fe católica se arraigara en los pliegues más íntimos del alma correntina, a tal punto que luego los colores de su manto embellecieron la bandera de nuestra Patria. Este pueblo creció y se desarrolló con la Cruz y la Virgen, dos íconos insustituibles para comprender quiénes somos, cuál es nuestra misión aquí en la tierra y dónde se apoya nuestra esperanza. Nos hará mucho bien hacer memoria de la cruz, ver el poder transformador que nos viene de ella, y poner en este sorprendente signo de amor, toda nuestra esperanza. 

La memoria de la cruz

En el Evangelio –Palabra que trae luz y vida– escuchamos lo que pasó durante los últimos momentos de la agonía de Jesús. Junto a la cruz, estaba su madre, algunas otras mujeres y Juan, el discípulo que él más quería. En este escenario de dolor y de amor, Jesús establece los nuevos vínculos humanos, que van mucho más allá del mero parentesco natural: “Mujer, aquí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa”. Las relaciones de esta nueva familia se fundan en la solidez que les otorga el poder de la cruz. Ese poder nace del amor que brota del costado abierto de Jesús, amor que es más fuerte que “el pecado, la muerte y el mal”.

¿Dónde, mis queridos hermanos y hermanas, podríamos encontrar esa seguridad y fortaleza que necesitamos para construir y sostener vínculos de amor y de amistad unos con otros, si no es allí, al pie de la cruz? La magnífica procesión que realizamos todos los años, presidida por la Santísima Cruz de los Milagros, debe convertirse en un camino interior que realicemos diariamente. Volvamos a los pies de la cruz, imitemos a ese discípulo que se puso junto a María, y dejemos que nos alcance el amor que brota del corazón de Jesús. Allí está el sentido y el fundamento del amor y de la fidelidad del matrimonio y la familia cristiana. En esa cruz recuperamos esa confianza y amistad que necesitamos para construir sobre bases firmes la convivencia social y política, tan anhelada por todos. ¡Qué futuro sombrío estaríamos anticipando si dejáramos que cayera en el olvido la fuente de este amor!

Felizmente, cada generación de correntinos y correntinas puede reencontrarse consigo misma, al contemplar el misterio de amor que representa la Cruz de los Milagros. Hoy queremos renovar nuestra consagración con las palabras que pronunciamos en la Oración ante la Cruz: “Señor Jesucristo, venimos a consagrarnos a ti”, es decir, venimos a entregarnos totalmente a él, que por amor se entregó a nosotros. Con su ayuda, queremos vivir los valores que se desprenden de ese amor que no tiene límites. Realmente, ¡dichoso el pueblo que en su memoria guarda la señal de un amor hasta ese extremo! 

La cruz en el tiempo presente

Todos sabemos cuánto cuesta confiar, dialogar, crear espacios amplios de debate y sostenerlos luego en el tiempo, con paciencia y perseverancia. La distancia y el aislamiento nos conducen a confrontaciones inútiles y al abandono de responsabilidades. Sin embargo, estamos convencidos de que ésa no es la vocación de nuestro pueblo y que no es humano ni cristiano vivir en un desentendimiento permanente. La sabiduría de la cruz nos enseña que la vida vale la pena y tiene sentido sólo en la medida que esté orientada hacia el bien de los demás. Esta orientación fundamental abre espacios de encuentro y de nueva sociabilidad, que benefician a todos.

Fuimos convocados, ciudadanos y gobernantes, sobre todo los que profesamos públicamente nuestra fe católica, a mirar la cruz y ver en ella el camino que Dios nos traza para volver a él y para acercarnos entre nosotros. La cruz es un camino que lleva hacia arriba, una escalera que el hombre no puede subir solo, si Dios no lo sube.  Él quiere y puede sacarnos del abismo en el que nos sumerge el desencuentro. Pensemos que el desarrollo espiritual y material de un pueblo progresa cuando crece su fe en Dios y cuando pone lo mejor de su inteligencia y de su capacidad al servicio de bien común de todos los ciudadanos.

En Jesucristo –amor de Dios que se nos reveló en la cruz–, está la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad, afirmó el Papa en su última encíclica. Los valores espirituales de nuestro pueblo se manifiestan en la preciosa herencia que tenemos en la Santísima Cruz de los Milagros y la hermosa imagen de la Virgen de Itatí. En ellos está la fuerza impulsora para superar muchas pobrezas que nos afligen y preocupan. La fiesta de la Cruz es una ocasión para plantarla de nuevo en el corazón de nuestro pueblo y de sus gobernantes. 

La cruz, nuestra esperanza

La memoria viva, que celebramos cada vez que nos reunimos alrededor de la mesa del altar, nos recuerda dos cosas. Primero, que la vida vale en tanto en cuanto la entregamos por amor a los demás. Y segundo, que nuestra peregrinación no se acaba en la tierra, sino que tiene su morada definitiva en Dios, hacia donde vamos y en quien está la felicidad plena que todos anhelamos. Sin embargo, se extiende cada vez más un modo de pensar y de actuar que quiere imponer la idea de que el Dios cristiano es contrario al progreso, enemigo de la libertad y refractario a la felicidad del ser humano. Es un pensamiento que desprestigia la memoria de los pueblos y descalifica sus valores, haciéndole creer que no hay nada definitivo y que todo depende de lo que cree y siente en el momento y que mañana puede cambiar por otra cosa; que la ley natural es cosa superada; y que el amor entre un varón y una mujer es una alternativa entre otras muchas posibilidades. Es un pensamiento que, al prescindir de Dios, inevitablemente reduce al ser humano a la mera categoría de un ser vivo entre seres vivos.

Es el mismo pensamiento que desprestigia, desde los inicios de su pontificado, la figura del Santo Padre, pero que su principal objetivo apunta a destruir la manera cristiana de entender al ser humano, su convivencia con los demás y el mundo. Es verdad que, más allá de los sombríos intereses que mueven esa campaña, se colocaron ante la opinión pública los gravísimos errores y pecados que cometieron miembros de la Iglesia, con gran escándalo, por ser clérigos. Si el pecado de uno sólo de ellos nos duele y nos avergüenza, nos consuela saber que la gran mayoría de los sacerdotes son buenos y fieles a la misión que se les ha confiado. No obstante, la gravedad del pecado en nuestra Iglesia debe llevarnos –como dice el Santo Padre– al reconocimiento del pecado, al arrepentimiento y a una sincera conversión. Debemos estar profundamente agradecidos a Dios, porque nos ha dado un Papa que guía con humildad, sabiduría evangélica y gran firmeza la nave de la Iglesia en medio de estas turbulencias.

No es novedad que la Iglesia pase por fuertes sacudidas a causa del pecado de sus hijos. En los mismos comienzos, Judas, una de las doce columnas escogidas por Jesús, lo traicionó y luego se ahorcó; Pedro, otra figura clave, en el que Jesús había puesto su confianza, lo negó públicamente; y todos, a quienes él había elegido, lo abandonaron en los momentos cuando más los necesitaba. A pesar de eso, Jesús creyó en ellos y a Pedro le dijo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). Estamos seguros que la Iglesia, consciente y dolida por pecado de sus miembros, pero también gozosa por la santidad de la inmensa mayoría de ellos, saldrá purificada de este difícil trance que le toca vivir. En la cruz de Jesús –vida y esperanza nuestra– Dios nos revela que su amor no tiene límites y que en él cabe toda la miseria de nuestra condición humana. Por eso, con humildad y con mucha fe dejemos que Dios, por su entrañable misericordia, nos convierta en personas buenas y santas.

María Luz es una niña que debe tener unos 6 o 7 años no más. Hace poco, al finalizar la celebración de la Santa Misa en una comunidad parroquial de esta ciudad, mientras saludaba a la gente, se me acercó y, como de costumbre, le hice una crucecita en la frente. Ella reaccionó enseguida y, alargando su corto bracito, me hizo la señal de la cruz en la frente. Queridos hermanos y hermanas, sólo un corazón que ha recobrado la inocencia y que ama, alcanza a comprender, aun sin entender, el misterio de amor que Dios nos revela en su Hijo Jesús. Que la inocencia de los más pequeños marque con la cruz la frente de nuestro pueblo y nos recuerde que “el amor todo lo puede, que compartir con los más pobres nos hace misioneros de su misericordia, y nos muestra el camino que nos lleva al Cielo.” Que por la poderosa intercesión de nuestra tierna Madre de Itatí, Dios bendiga nuestra ciudad, a sus gobernantes y a todo su pueblo. Así sea. 

Mons. Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes


Publicado por verdenaranja @ 22:40  | Homil?as
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