Viernes, 04 de junio de 2010

Homilía de monseñor Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero en la Fiesta grande de Nuestro Señor de los Milagros de Mailín (16 de mayo de 2010). (AICA) 

Queridos hermanos y hermanas peregrinos en las tierras del Señor de Mailín

          Venimos a esta fiesta de Nuestro Señor de Mailín convocados por El, con el convencimiento de la necesidad que tenemos del Hijo de Dios, y repitiendo una y otra vez aquella primera línea de la oración por la patria: “Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos”. 

          El reunirnos en Mailín, junto al Altar del Señor, en el domingo en que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte por medio de la Cruz y su Resurrección, y asciende al Cielo –se va junto al padre-,a prepararnos un lugar para nosotros y a interceder por nuestras necesidades espirituales y materiales, es una manifestación clara de que en lo  personal y como comunidad tenemos una gran necesidad, una gran sed de Dios: “como busca la cierva corrientes de agua -dice el salmo- así mi alma te busca, tiene sed de Dios, del Dios vivo”. 

          Jesucristo -como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza- ha ofrecido su vida día tras día sobre el altar de la cotidianeidad, hasta consumar su ofrenda en la Cruz. Con la Ascensión, nuestro Sumo Sacerdote, ha partido de este mundo. Nosotros, los cristianos, pueblo sacerdotal, asumimos su misma tarea de consagrar el mundo a Dios en el altar de la historia. 

          No hay ninguna actividad honesta de nuestras vidas que no pueda convertirse en hostia santa y agradable a Dios. El Concilio Vaticano II nos recuerda que todos los discípulos de Cristo, en oración continua y en alabanza a Dios, han de ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios (1). 

          En estos días de la novena, iluminados por el lema “Señor de Mailín ayúdanos a construir una nación con justicia y solidaridad” han estado reflexionando sobre el documento que los obispos argentinos escribimos con motivo del Bicentenario de nuestra Patria (2010-2016). Quería aprovechar esta ocasión para que meditemos juntos, desde este documento, sobre la realidad del trabajo humano de cada uno de nosotros como medio para “hacer” nuestra Nación. 

          Los Obispos al enumerar las nuevas angustias que desafían a nuestra Patria reconocíamos “una recuperación en la reducción de los niveles de pobreza e indigencia después de la crisis de 2001-2002, y que no se había logrado reducir sustancialmente el grado de la inequidad social. Asimismo asegurábamos que junto a una mejora en los índices de desempleo, el flagelo del trabajo informal sigue siendo un escollo agobiante para la real promoción de millones de argentinos” (2). 

          Del mismo modo, poníamos como meta para alcanzar a la luz del Bicentenario: elafianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes.Decíamos:“Urge otorgar capital importancia a la educación como bien público prioritario, que genere inclusión social y promueva el cuidado de la vida, el amor, la solidaridad, la participación, la convivencia, el desarrollo integral y la paz. Una tenaz educación en valores y una formación para el trabajo, unidas a claras políticas activas, generadoras de trabajos dignos, será capaz de superar el asistencialismo desordenado, que termina generando dependencias dañinas y desigualdad” (3). 

          No podemos negar que nos cuesta mantener una cultura del trabajo y proyectarla con coherencia hacia el futuro. Por el contrario, los argentinos nos dejamos tentar por el éxito fácil y rápido, lo que fomenta acciones corruptas en todos los niveles, particularmente en los dirigentes. Debemos -a nivel personal- luchar contra la pereza, la mediocridad, y eliminar los celos, suspicacias, envidias, la tendencia a disminuir la importancia del trabajo de los demás, la desconfianza, la minusvaloración de los subordinados, para que nuestro trabajo vaya adquiriendo perfección humana y apueste al Bien Común de toda la sociedad. 

          Por tanto, el primer paso será redescubrir aquella verdad que el Papa Juan Pablo escribió sobre el trabajo: “es un bien del hombre -es un bien de la humanidad- porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es mas, en cierto sentido se hace más hombre” (4). 

          Un segundo paso será actuar de cara a Dios, por razones de amor y de servicio,  y así toda la acción del hombre cobra un genuino sentido sobrenatural, que mantiene unida nuestra vida a la fuente de la gracia. 

          Más aún, creemos que, si ofrecen su trabajo a Dios, los hombres pueden colaborar a la obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad eminente, trabajando con sus propias manos en Nazaret (5). 

          Que el trabajador, al santificar el trabajo y santificarse en el trabajo, procure santificar a los demás con ese mismo trabajo, señalando a todos los hombres el camino mediante el cual se pueden hacer santos. 

          Hoy los invito -como cada año- a dejar a los pies del Señor de Mailín, no solamente nuestra acción de gracias y las necesidades propias y de los demás hermanos, sino también el de pedir, para todos, un trabajo digno, y el propósito firme de realizar, cada jornada, una tarea mejor acabada y con un remate de amor, que lo transforma todo. Que así sea. 

Mons. Francisco Polti,obispo de Santiago del Estero 

Notas:

     (1) CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium, 10.
     (2) CEA, Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016), 26.
     (3) CEA, Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016), 37.
     (4) JUAN PABLO II, Laborem exercens, 9.
     (5) CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 67.


Publicado por verdenaranja @ 22:44  | Homil?as
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