S?bado, 05 de junio de 2010

Carta pastoral de monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú, con motivo de la Asamblea Diocesana (25 de abril de 2010). (AICA) 

I INTRODUCCIÓN 

Queridos hermanos:

          ¡Feliz Pascua! y ¡Feliz Pentecostés! 

          Estamos transitando estos días tan importantes para nuestra vida. ¡Qué sería de nosotros sin la Pascua! San Pablo nos decía que “si Cristo no Resucitó es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes… seríamos los hombres más dignos de lástima” (I Cor. 15, 14 ss). Es Él quien da sentido a nuestra vida y a toda nuestra tarea pastoral. 

          En casi todas las comunidades han participado en la primera etapa para “ver la realidad” que vivimos. En el Anexo está la síntesis de esos aportes que fueron acercados en la Misa Crismal del Miércoles Santo. Es notable cómo hubo tantas coincidencias en las propuestas. Teniendo en cuenta esos Aportes escribo esta Carta Pastoral.  

¿Qué es una Carta Pastoral?

          Es una carta que escribo como Pastor a las comunidades que el Señor me confía. Es un texto que escribo como obispo diocesano. 

          En esta Carta no están todos los planteos ni menos aún todas las respuestas. Quiere ayudar a la reflexión desde la fe en las comunidades, para buscar juntos algunos principios iluminadores. 

¿Cómo trabajar esta Carta Pastoral?

          Presentamos algunas preguntas orientadoras que ayudan a pensar, y que hay que contestar para recoger los aportes en cada comunidad que nos permitan seguir avanzando en este camino de Asamblea Diocesana. 

          Pero empecemos por el principio. Lo primero, primero. Vamos a rezar. 

          El Papa Juan Pablo II nos enseñó que “antes de programar las iniciativas concretas hace falta promover una espiritualidad de comunión” (Nmi 43) para que nuestra tarea brote de la contemplación del Rostro de Cristo. (cfr. id 28 – 29). 

          Por eso, compartimos un momento de oración con la Palabra de Dios. 

          Te invito a tomar el Evangelio. Vamos a leer y meditar la hermosa alegoría que nos enseña acerca de “Jesús, la verdadera vid” (Jn. 15, 1-11). Invocá al Espíritu Santo, y leé pausadamente este pasaje del Evangelio y rezalo junto con otros. Pedile al Espíritu (Maestro interior) te ayude a saborear cada renglón cada enseñanza. Algunas palabras que son clave en el relato: Padre, vid, sarmientos, fruto, vida, permanecer, amor, gozo…

           Terminando este primer momento de oración, te comparto algunas reflexiones sobre los aportes de la primera etapa del VER. Debajo de cada título está expresada la Debilidad o Fortaleza consignada en la síntesis Diocesana.

II REFLEXIONAMOS A PARTIR DE LA SITUACIÓN ECLESIAL 

1) Todos somos parte de la Vid. Todos somos Iglesia (falta de compromiso de los laicos en tareas pastorales)

          Como fruto de la Pascua Jesús derramó la fuerza del Espíritu Santo sobre los discípulos, y los envió a bautizar y predicar. (Mt. 28, 19 – 20) 

          Bautizar: para que todos los hombres lleguen a ser hijos de Dios. 

          Predicar: para que todos sepamos cómo vivir de acuerdo a lo que Jesús enseñó. Y esto para ser felices. La fe no nos limita la vida. Al contrario, nos muestra el camino para vivir en plenitud, para que nuestro gozo sea perfecto nos decía recién Jesús. (Jn 15,11) 

          Por el Bautismo somos incorporados al Cuerpo de Cristo, la “verdadera vid” que es la Iglesia. Todos somos llamados a la santidad. Todos a participar de la vida de la comunidad cristiana. Todos a ser discípulos misioneros. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles vemos cómo vivían los primeros cristianos. Ellos compartían la oración, escuchaban las enseñanzas de los Apóstoles sobre la vida de Jesús y el modo propio de vivir la fe cristiana, atendían a los pobres, salían a misionar, preparaban a quienes se iban a bautizar (cfr. Hch 4, 32-37; 5, 12 – 16). Ni en los Evangelios, ni en las cartas de San Pablo vamos a encontrar que hay cristianos de primera y otros de segunda. No, no. Todos hemos bebido de un mismo Espíritu. Todos somos las ramas y los frutos de la misma vid que es Cristo. 

          La fe es un regalo de Dios para compartirlo. Los dones de Dios son para el bien común de la Iglesia. No son adornos para lucir cada uno, sino bienes que Dios da para hacer crecer y embellecer a su familia. 

          “La falta de compromiso de los laicos en tareas pastorales” que a veces percibimos manifiesta una fe vivida débilmente, y una pertenencia floja a la comunidad. Es como si algunos dijeran: “Como no me siento parte no me comprometo”. 

          Pareciera que ven a la Parroquia o la Capilla como si fuera un club. “Yo pago la cuota y vengo cuando tengo ganas”. Pero sin la “pasión por la camiseta”. No todo es así, lo sabemos. Hay gran cantidad de catequistas, voluntarios de Caritas, ministros de la comunión, miembros de Comisiones diversas… gran cantidad de cristianos que entregan su tiempo, sus talentos, su aporte económico. Pero no alcanza. Tenemos que cuidarnos de no sobrecargar siempre a los mismos con exceso de actividades. 

          También es bueno pensar por qué la gente no se acerca más; si nosotros tenemos algo que modificar. Yo les propongo en estas páginas algunas causas posibles: 

          La predicación o la catequesis no es sólo decir verdades o comentar el Evangelio. Es hacer que la Palabra llegue al corazón para que “Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado, y comunicado a todos” (DA 14). Si hablamos de Èl como contando proezas de alguien del pasado (como de San Martín que cruzó los Andes) no movemos el corazón de nadie. Anunciamos a Jesucristo que está VIVO y camina junto a nosotros. Tal vez debamos renovarnos en la fe. Los próximos puntos tienen que ver con eso: formación – espiritualidad, y conversión pastoral.           

2) Necesidad de un camino de formación – espiritualidad (falta de formación de agentes pastorales y laicos en general)

          El discipulado y la misión no terminan nunca. Siempre somos discípulos necesitados de aprender a los pies del Maestro. Y esta necesidad la tenemos todos: fieles laicos, religiosos, consagrados, sacerdotes, obispos; todos somos discípulos, y nunca dejamos de serlo. 

          Formarse es más que tratar un tema, por más importante que sea. Es encontrarnos con Jesús para que Él modele nuestro corazón de discípulo. 

          ¿Dónde encontramos a Jesús? En muchos “lugares”. Te comento de algunos que son muy importantes: 

          - En la Sagrada Escritura es Dios mismo quien nos habla. Es importante conocer la Biblia y aprender a orar con ella (Lectio divina) 

          En la Eucaristía celebramos la presencia viva de Jesús Resucitado que se nos da como alimento. Es la oración de la familia de Dios. También en los otros sacramentos. 

          - En la oración personal y comunitaria Él está con nosotros. Así nos lo enseñó: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 20) 

          - En la comunidad cristiana y en la tarea misionera. 

          - En los pobres, los afligidos, los enfermos, los presos (cfr. Mt 25, 37 – 40).“La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino” (DA 257) 

          - En el Magisterio de la Iglesia. El Papa, los Obispos, nos muestran a Jesús y nos enseñan cómo seguirlo. 

          En todos estos “lugares” y en algunos más, Jesús se deja encontrar para ayudarnos a crecer en amistad con Él. 

          Te decía que la formación no es sólo tratar un tema. Tiene una dimensión espiritual que lleva a la experiencia de Encuentro con Jesús que ilumina nuestra vida y nos conduce por su Espíritu. Tiene también una dimensión intelectual que “se expresa en una reflexión seria, puesta constantemente al día a través del estudio que abre la inteligencia, con la luz de la fe, a la verdad” (DA 280). Nos capacita para el diálogo, el discernimiento, el juicio crítico de la cultura. 

          Hay problemáticas nuevas y viejas que requieren ser reflexionadas desde la fe. 

          Vivimos en un tiempo en que se ha instalado lo que el Papa llama la “dictadura del relativismo”. Como si por el simple hecho que alguien dice “yo lo pienso así” o “yo lo siento así”, eso ya fuera suficiente para que no se pueda cuestionar nada. Se va deteriorando la existencia de la Verdad misma. 

          Hay miradas reduccionistas acerca del ser humano, y se absolutizan cuestiones que son ciertas parcialmente. Así, por ejemplo, se afirma: “el hombre es agua”, “el hombre es impulso sexual”, “el hombre es su cuerpo”… 

          ¿De estos temas opinamos según lo que leemos en revistas de moda o programas de TV? ¿O tenemos un juicio crítico bien fundamentado? 

          Después diré algo también acerca de la necesidad de la Doctrina Social de la Iglesia. 

3) Necesidad de conversión pastoral (falta de comunión entre grupos: comunicación e integración)

          Otro de los factores que puede desalentar el compromiso es que algunos están aferrados en sus puestos, y no permiten que haya renovación. Cuanto mucho invitamos a otros a hacer “lo que siempre se hizo y como siempre se hizo”, pero estamos poco abiertos a recibir aportes nuevos. 

          Cuando en una comunidad entran los celos, los chismes, las ganas de figurar, y otras mediocridades, esa comunidad pierde belleza y atractivo. Es un grupo que se mira a sí mismo y no al vasto campo que hay que cosechar. 

          Necesitamos ahorrar esfuerzos, conocernos más, comunicarnos y comunicar bien las cosas que hace cada grupo. Necesitamos una espiritualidad de comunión, que nos ayude a rezar juntos para trabajar juntos. Crecer en conciencia de pertenecer a la misma vid. Es imperioso fortalecer los vínculos comunitarios, en un tiempo en que la fe se vive muy aisladamente y sin una clara conciencia de familia. Muchos buscan una especie de cristianismo sin Iglesia, y hasta una religión a su medida. “La vocación a la comunión del pueblo de Dios es un llamado a la santidad comunitaria y a la misión compartida, que sólo son posibles por la acción del Espíritu. Toda la Iglesia y todos en la Iglesia estamos llamados a formar comunidades santas y misioneras”. (Nma 62) 

          La santidad es una vocación de cada uno y de todos. Por eso en el credo rezamos nuestra fe en la Iglesia Santa. Tan importante es la comunión que el Lema que tomamos para este tiempo de Asamblea es “sean uno para que el mundo crea” (Jn. 17) 

          Es importante un proceso de renovación y conversión de nuestras parroquias, capillas, comunidades educativas… (cfr. Nma 72 y DA 365) 

          La “conversión pastoral” busca hacernos crecer en actitudes de apertura, de diálogo y disponibilidad para impulsar la participación efectiva de todos los fieles. Nos lleva también a mirar a la Iglesia como madre que sale al encuentro de sus hijos y ofrece en cada comunidad una casa acogedora y cordial. 

          “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera”. (DA 370).  

4) “La Iglesia existe para evangelizar” (falta espíritu misionero)

          Cuando la fe queda reducida a algunas normas o prohibiciones, o una práctica esporádica o salteada no nos toca el corazón. 

          “Nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”. A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (DA 12) 

          Por eso la misión no es una actividad más o algún proyecto a desarrollar cada tanto. Forma parte de nuestra vida cristiana. La misión es permanente. 

          La conversión pastoral acerca de la cual reflexionábamos recién nos lleva a dar una impronta misionera a la pastoral ordinaria, a lo que hacemos todos los días. Desde cómo atendemos en la Secretaría a quienes vienen a anotar una intención para la misa, o averiguar por un bautismo o casamiento, o pedir un certificado. También en cómo recibimos a quienes vienen a la misa, o a la catequesis o a Caritas. ¿Ellos se van con la experiencia de haber sido bien recibidos y bien tratados? ¿o tienen la sensación que nos molesta que vengan? 

          Parte de la misión es hacer las cosas de todos los días con el “estilo evangélico de Jesús”. Esto nos exige disponernos para acoger cordialmente, ser amables y bondadosos, dar tiempo al hermano. 

          La misión también es ir casa por casa llevando el testimonio y la alegría de la fe a los vecinos. En este sentido hablamos de una “dimensión geográfica” de la misión. 

          Pero hay también otra “dimensión ambiental o sectorial”. Por ejemplo: la escuela, el hospital, las cárceles, las diversas organizaciones de la sociedad… A todos y a todo el mundo hemos de comunicar el mensaje del Señor. 

5) La familia es un tesoro (falta de participación de la familia y de una pastoral familiar)

          La familia se involucra poco en la educación de los hijos. Es común escuchar a los docentes decir que los papás vienen poco a la escuela, y cuando vienen en general es para quejarse. La familia es la célula básica de la sociedad, lo sabemos y lo repetimos permanentemente. Pero cada vez los papás participan menos de la catequesis de sus hijos y de los sacramentos. Qué importante es ayudar a las familias para la oración en común. Debemos promover el diálogo entre los esposos, y entre ellos y los hijos. 

          Hay dos factores que golpean duro a las familias: el hedonismo e individualismo cultural, y la pobreza y exclusión social. Esta última lleva muchas veces a convivir hacinados, sin trabajo digno, y es fuente de desintegración o violencia familiar. 

          En tiempos de hedonismo e individualismo, es muy importante fortalecer los vínculos que unen a los miembros de una familia. Cuando hay individualismo crece el desentenderse de los demás, y los que más sufren son los más débiles y frágiles. La familia es el ámbito en el cual crecemos y nos desarrollamos como personas. Aprendemos a decir la verdad, cuidar al que está enfermo, escuchar al que necesita contar lo que le está pasando. 

          La familia es una pequeña Iglesia. Por eso decimos que la Iglesia es la familia de Dios. En varios cantos de la Misa rezamos diciendo que “somos la Familia de Jesús”. En la Iglesia tenemos muchos vínculos con las familias. Cuando vienen a pedir el Bautismo del hijo, a anotarlo para la primera Comunión. O en la vida cotidiana en nuestras Escuelas Católicas. También a las familias que acompañamos desde Caritas… 

          Hay una buena noticia de la familia; ella es uno de los tesoros más importantes de nuestros pueblos, y es patrimonio de la humanidad entera (cfr.DA 432). 

          El amor humano es bello y hace que la persona crezca y se desarrolle en valores, cualidades y felicidad. 

          Es desde este amor que entendemos la necesidad de los límites. Dejar que los niños “hagan lo que quieran” o que “elijan cuando sean grandes”, no es darles libertad, sino privarles la necesidad que tienen de ser guiados y orientados. 

          Es cierto que hoy cuesta mucho ser papá y ser mamá. Desde nuestras comunidades parroquiales, educativas, tenemos una hermosa misión que desplegar. 

          Cómo no tener el corazón puesto en aquellos hermanos y hermanas que se han separado y ahora viven en una nueva unión, de la cual han tenido otros hijos. 

          “En muchos casos las personas que viven estas situaciones cargan con profundos dolores por las experiencias vividas, culpas por el daño ocasionado, dudas sobre su pertenencia a la Iglesia y su situación ante Dios, y, por eso, sienten la necesidad de acogida y comprensión” (Aportes para la Pastoral Familiar, CEA 2009, Nº 129). 

          Recordemos las enseñanzas de Juan Pablo II: “Exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida”. (FC 84)  

          También hoy hay una exigencia acerca del lugar que ocupa el varón y la mujer en casa y en la sociedad. Son desafíos que se van presentando cotidianamente. De manera particular incide en los jóvenes que van dejando el sacramento del matrimonio y optan por convivir. A veces dan el paso al matrimonio con ocasión del primer hijo. 

          Un contraste que se da es que mientras algunos lugares mujeres optan por un embarazo cada vez más tardío, en otros se producen embarazos adolescentes. Ante el crecimiento de algunas posturas abortistas es importante promover la cultura del cuidado de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. La vida es un don de Dios.

6.  Las Fortalezas

          Hemos reconocido también varias FORTALEZAS, que nos pueden ayudar de mucho.
 
          Nuestras comunidades son solidarias y fraternas. Ante alguna necesidad social (inundaciones, desastres naturales) o situaciones particulares de alguna familia hay una reacción espontánea. Pero nos falta crecer en perseverar en los buenos propósitos una vez que el acontecimiento deja de ser noticia. 

          Se pondera de modo positivo la presencia y acompañamiento de los sacerdotes. Nuestra Diócesis es bendecida en vocaciones. Todas las Parroquias tienen sacerdote, aunque no en todas viviendo a tiempo completo. Es muy importante rezar por los sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales, religiosas, consagradas. Tener un espíritu y corazón agradecido a Dios. 

          Nos alegramos también de laparticipación activa en la Liturgia y los Sacramentos, así también como de una espiritualidad orante que sostiene en la experiencia de encuentro con Dios. Así mismo, muchos han coincidido en que se percibe una Acción Pastoral organizada a través de catequesis, movimientos e instituciones. 

          Todas estas fortalezas son motivo de alegría, y no debemos descuidarlas, ya que nos sostienen en nuestro peregrinar en la Fe. 

III REFLEXIONAMOS A PARTIR DE LA SITUACIÓN SOCIAL Y CULTURAL 

1) Valores vs. Relativismo

          Vivimos en un tiempo complejo. Casi todos los aportes recogidos coincidieron en señalar que estamos ante una profunda crisis de valores. 

          Hace poco una Señora me decía: “Padre, todo parece estar patas para arriba”. Así expresaba que “las cosas no están en su lugar”. Esto provoca desorientación, incertidumbre. Muchas veces podemos también dejarnos invadir por el desaliento o caer en la tentación de la impotencia. 

          Aunque la realidad sea muy dura, nunca hemos de olvidar que Jesucristo es el Señor de la Historia. 

          El relativismo nos hace caer en la trampa de que la única medida es el propio yo y la propia voluntad. Así se llega hasta justificar la corrupción (pública o privada) que se roba los dineros del pueblo aparentemente anónimos, favorecida por laimpunidad. 

          Hace falta reafirmar la necesidad de una ética del bien como valor estable, concreto. Cualquier cosa no da lo mismo. Hay diferencia entre la verdad y la mentira, el bien y el mal, el amor y el odio… 

          Hay valores que son absolutos y no son negociables. 

          La verdad no es fruto del consenso pasajero. La dignidad humana se fundamenta en que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Los Derechos Humanos no son fruto del consenso de un Parlamento, de uno o muchos Estados. 

2) Fraternidad vs. Egoísmo

          Otro de los rasgos característicos de la cultura actual es el hedonismo e individualismo. Se promueven estilos de vida consumistas, materialistas, con la ilusoria fantasía de tener más para ser más. Los anhelos más nobles y profundos son reemplazados por la pretensión del éxito fácil y sin esfuerzos. Centrado en la búsqueda de placer individual como único objetivo, el hombre de hoy se vuelve egoísta e indolente ante el sufrimiento de los demás. Al perderse el sentido de fraternidad se desgasta la solidaridad y se pasa de largo ante quienes sufren. 

          Los pobres ya no son explotados u oprimidos sino que han llegado a ser considerados como “sobrantes y desechables”. (DA 65) 

          Lo que antes era pobreza, ha ido derivando en miseria y exclusión social (cfr. Nma 36). 

          Mucho se ha hablado de los pobres en estos años. El Papa Benedicto nos decía hace poco que “una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad” (CIV 53). 

          Por eso el Documento de Aparecida nos enseña que hay que dedicar tiempo a los pobres, ser sus amigos, prestarles amable atención (cfr. DA 397 – 398) 

          La Iglesia nos enseña que no sólo hemos de asistir a las necesidades más urgentes, sino que también debemos comprometernos en el cambio de aquellas estructuras que son generadoras de pobreza y exclusión (cfr. DA 384 – 385 – DCE) Esta es parte de la vocación laical. 

          Los Obispos de Argentina hemos propuesto para este tiempo de Bicentenario del 2010 al 2016 erradicar la pobreza y promover el desarrollo integral de todos (HB 5) 

3) Sentido de la vida vs. adicciones  

          La sociedad, nuestras comunidades, las familias están profundamente afectadas por el fenómeno de diversas adicciones. La droga, el alcohol, el juego… se ha vuelto un verdadero flagelo que lleva muchas veces a situaciones de angustia, de disolución familiar, de gran desorientación. 

          ¿Por qué ha ido creciendo el consumo de alcohol a edades cada vez más tempranas? ¿por qué la expansión de la droga? El Papa Juan Pablo II enseñó que “La drogadicción es síntoma de un malestar existencial en un mundo sin esperanza”. 

          La puerta de entrada a la droga es diversa: para mitigar el hambre o el frío, para evadirse de la realidad, para desinhibirse ante el grupo, para “probar”… Y luego se pasa al tobogán de la dependencia de la sustancia. Pero el centro del problema de la adicción no es la sustancia, sino la persona. 

          La droga afecta especialmente a “los jóvenes que se sienten sin raíces, obligados a afrontar un presente fugaz y un futuro incierto” (La droga, sinónimo de muerte. CEA 2007, Nº 2). Ese documento de la Conferencia Episcopal nos propone caminar en tres direcciones: 

          - Promover la cultura de la vida, mostrando que todos somos llamados a la libertad, a la felicidad. Fomentar políticas públicas en educación y prevención. Exigir que se cumpla la ley. 

          - Despejar la falsa ilusión de que de la adicción se entra y se sale fácilmente. Acompañar a los adictos y sus familias. 

           - Denunciar que detrás de todo esto hay un gran negociado que enriquece a los mercaderes de la muerte. 

          Mucho podemos hacer desde nuestras comunidades parroquiales, comunidades educativas. Que bueno si logramos comunicar este mensaje a nuestros chicos: “vivir es hermoso y muy bueno”. Y a los familiares y amigos de los adictos: “estamos con vos para ayudarte”. 

4) La Doctrina Social de la Iglesia

          En la Oración por la Patria que se reza en muchas de nuestras comunidades, decimos: “Queremos ser Nación, una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad, y el compromiso por el Bien Común”. Ese bien común necesita el compromiso de todos. Debemos pasar de ser “habitantes” a ciudadanos responsables”. Los habitantes hacen uso de la Nación, buscan el propio beneficio y sólo se interesan por sus propios derechos. Los ciudadanos, además de exigir derechos se comprometen con sus deberes. 

          El Evangelio tiene consecuencias sociales. La Doctrina Social de la Iglesia nos enseña desde la fe, acerca de la dignidad humana, los derechos, el trabajo, la justicia, la paz, el ambiente, la familia… 

          “Todo camino integral de santificación implica un compromiso por el bien común social (…) Nunca hemos de disociar la santificación del cumplimiento de los compromisos sociales. Estamos llamados a una felicidad que no se alcanza en esta vida. Pero no podemos ser peregrinos al cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena” (Nma 74) 

CONCLUSION 

Queridos hermanos:

          Les pido dejarnos conducir por el Espíritu Santo en este tiempo de Asamblea. 

          Él nos alienta a trabajar con entrega generosa. Él nos renueva en la esperanza. Él es nuestro Buen Pastor Resucitado. La Virgen María nos reúna y acompañe como discípulos misioneros de Jesucristo. Con mi cariño y bendición. 

Mons. Jorge Lozano,obispo de Gualeguaychú

25 de abril de 2010 - Domingo del Buen Pastor


Publicado por verdenaranja @ 22:49  | Hablan los obispos
 | Enviar