S?bado, 05 de junio de 2010

ZENIT nos ofrece el discurso que Benedicto XVI ofreció el jueves 20 de Mayo e 2010 en el Vaticano al recibir al nuevo embajador de Mongolia ante la Santa Sede, Luvsantersen Orgil, con motivo de la presentación de sus cartas credenciales.

Su Excelencia,

Me complace darle la bienvenida al Vaticano y aceptar las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Mongolia ante la Santa Sede. Estoy muy agradecido por el saludo que me ha dado del Presidente Tsakhia Elbegdorj, y le pido que le transmita mis propios buenos deseos en oración para él y para todos sus conciudadanos. Ya que su nación celebra el vigésimo aniversario de su paso a la democracia, expreso mi confianza en que los grandes progresos realizados en estos años continúen dando fruto en la consolidación de un orden social que promueve el bien común de sus ciudadanos, al tiempo que promueve sus legítimas aspiraciones para el futuro.

También aprovecho esta ocasión, Sr. Embajador, para expresar mi solidaridad y preocupación por las numerosas personas y familias que sufrieron como consecuencia del duro invierno y los efectos de las lluvias torrenciales y las inundaciones del año pasado. Como usted bien señaló, las cuestiones medioambientales, particularmente las relacionadas con el cambio climático, son cuestiones globales y deben abordarse en el ámbito global.

Como Su Excelencia ha indicado, el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Mongolia y la Santa Sede, que tuvo lugar tras los grandes cambios sociales y políticos de hace dos décadas, son un signo del compromiso de su nación con un enriquecedor intercambio en la más amplia comunidad internacional. La religión y la cultura, como expresiones interrelacionadas de las aspiraciones más profundas de nuestra humanidad común, naturalmente sirven como incentivos para el diálogo y la cooperación entre poblaciones en el servicio a la paz y al genuino desarrollo. El auténtico desarrollo humano, en efecto, debe en cuenta toda dimensión de la persona, y así aspirar a esos bienes más altos que respetan la naturaleza espiritual del hombre y su destino último (cf. Caritas in Veritate, 11). Por esta razón, deseo expresar mi aprecio por el constante apoyo del Gobierno para garantizar la libertad religiosa. El establecimiento de una comisión, encargada de la aplicación justa de la ley y de la protección de los derechos de conciencia y el libre ejercicio de la religión, se erige como un reconocimiento de la importancia de los grupos religiosos en la estructura social y de su potencial para promocionar un futuro de armonía y prosperidad.

Señor Embajador, aprovecho esta ocasión para garantizarse el deseo de los ciudadanos católicos de Mongolia de contribuir al bien común participando plenamente en la vida de la nación. La principal misión de la Iglesia es predicar el Evangelio de Jesucristo. En fidelidad al mensaje liberador del Evangelio, busca también contribuir al progreso de toda la comunidad. Esto es lo que inspira los esfuerzos de la comunidad católica para cooperar con el Gobierno y con personas de buena voluntad por trabajar para superar todo tipo de problemas sociales. La Iglesia también está preocupada por desempeñar su función en el trabajo de la formación intelectual y humana, sobre todo educando a los jóvenes en los valores del respeto, la solidaridad y la preocupación por los menos afortunados. De esta manera, se esfuerza por servir a su Señor mostrando la preocupación caritativa por los necesitados y por el bien de toda la familia humana.

Señor Embajador, le ofrezco mis buenos deseos en oración para su misión y le garantizo la disposición de las oficinas de la Santa Sede para asistirle en el cumplimiento de sus altas responsabilidades. Confío en que su representación ayudará a consolidar las buenas relaciones existentes entre la Santa Sede y Mongolia. Sobre usted y su familia, y sobre toda la población de su nación, invoco cordialmente abundantes bendiciones divinas. 

[Traducción del original inglés por Patricia Navas
© Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:22  | Habla el Papa
 | Enviar