S?bado, 12 de junio de 2010

ZENIT publica la homil?a que pronunci? el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, durante la misa que presidi?, en nombre del Papa, la v?spera de la solemnidad de la Virgen de F?tima en el atrio de la bas?lica mariana. Instantes antes, Benedicto XVI hab?a dirigido, desde la capilla de las apariciones, la oraci?n del rosario acompa?ado de medio mill?n de peregrinos.

Venerados?hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
amados hermanos y hermanas en el Se?or,
queridos peregrinos de F?tima

Dice Jes?s: "Si no volv?is a ser como ni?os, no entrar?is en el Reino de los cielos" (Mt 18, 3). Para entrar en el Reino, hemos de hacernos humildes, cada vez m?s humildes y peque?os, lo m?s peque?os posible: ?ste es el secreto de la vida m?stica. La verdadera vida espiritual comienza con un aut?ntico acto de humildad, renunciando a la dif?cil posici?n de sentirse siempre el centro del universo y abandon?ndose en los brazos del misterio de Dios, con alma de ni?o.

En los brazos del misterio de Dios. En ?l no hay s?lo potencia, ciencia, majestad; hay tambi?n infancia, inocencia, ternura infinita, porque ?l es Padre, infinitamente Padre. No lo sab?amos antes, ni pod?amos saberlo; ha sido necesario que enviase a su Hijo para que lo descubri?semos. El Hijo se ha hecho ni?o y, de esta manera, ha podido decirnos que nos hici?ramos ni?os para entrar en su Reino. Siendo Dios de infinita grandeza, se ha hecho tan peque?o y humilde ante nosotros, que solamente los ojos de la fe y de los sencillos lo pueden reconocer (cf. Mt 11, 25). As?, ha puesto en cuesti?n el instinto natural de protagonismo que reina en nosotros: "Ser como Dios" (cf. Gn 3, 5). Pues bien, Dios ha aparecido en la tierra como ni?o. Ahora sabemos c?mo es Dios: es un ni?o. Ten?amos que verlo para creerlo. Ha aprovechado nuestra imperiosa necesidad de sobresalir, pero ha cambiado su objetivo, proponi?ndonos ponerla al servicio del amor; sobresalir s?, pero como el m?s pac?fico, indulgente, generoso y servicial de todos: el siervo y el ?ltimo de todos.

Hermanos y hermanas, ?sta es "la sabidur?a que viene de arriba" (cf. St 3, 17). En cambio, la "sabidur?a" del mundo alaba el ?xito personal y lo busca a toda costa, quitando de en medio sin miramientos a quien obstaculiza la propia superioridad. A esto llaman vida, pero el rastro de muerte que deja, lo contradice. "El que odia a su hermano -lo hemos o?do en la segunda lectura- es un homicida. Y sab?is que ning?n homicida lleva en s? la vida eterna" (1 Jn 3, 15). Solamente quien ama al hermano posee en s? la vida eterna, es decir, la presencia de Dios, el cual, por medio del Esp?ritu, comunica al creyente su amor y lo hace part?cipe del misterio de la vida trinitaria. En efecto, as? como un emigrante en un pa?s extranjero, aunque se adapte a la nueva situaci?n, conserva -al menos en el coraz?n- las leyes y las costumbres de su pueblo, as? tambi?n, cuando Jes?s vino a la tierra, trajo consigo, como peregrino de la Trinidad, el modo de vivir de su patria celeste, que "expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad" (Catecismo de la Iglesia Cat?lica, n. 470). En el Bautismo, cada uno de nosotros ha renunciado a la "sabidur?a" del mundo y se ha convertido a la "sabidur?a de arriba", manifestada en Cristo Jes?s, Maestro incomparable en el arte de amar (cf. 1 Jn 3, 16). Jes?s ha dicho que dar la vida por el hermano es el culmen del amor (cf. Jn 15, 13); lo ha dicho y lo ha hecho, mand?ndonos amar como ?l (cf. Jn 15, 12). El gran desaf?o es pasar de considerar la vida como posesi?n a verla como don, y aqu? se nos revela -a nosotros mismos y a los dem?s- qui?nes somos y qui?nes queremos ser.

El amor fraterno y gratuito es el mandamiento y la misi?n que el divino Maestro nos ha dejado, capaz de convencer a nuestros hermanos y hermanas en humanidad: "La se?al por la que conocer?n que sois disc?pulos m?os ser? que os am?is unos a otros" (Jn 13, 35). A veces, nos quejamos de la marginaci?n del cristianismo en la sociedad actual, de la dificultad para trasmitir la fe a los j?venes, de la disminuci?n de las vocaciones sacerdotales y religiosas... y se podr?an a?adir otros motivos de preocupaci?n; de hecho, no es extra?o que nos sintamos perdedores a los ojos del mundo. Sin embargo, la aventura de la esperanza va m?s all?. Nos dice que el mundo es de quien m?s lo ama y mejor se lo demuestra. En el coraz?n de toda persona hay una sed infinita de amor; y nosotros, con el amor que Dios derrama en nuestros corazones (cf. Rm 5, 5), podemos saciarla. Naturalmente, nuestro amor debe expresarse no "de palabra y de boca, sino de verdad y con obras", respondiendo con alegr?a y generosidad con nuestros bienes a las necesidades de los necesitados (cf. 1 Jn 3, 16-18).

Queridos peregrinos y cuantos me escuch?is, "compartid con alegr?a, como Jacinta". As? reza el lema que este Santuario ha querido recalcar en el centenario del nacimiento de la vidente privilegiada de F?tima. En este mismo lugar, hace diez a?os, el Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II la elev? a la gloria de los altares junto con su hermano Francisco; han recorrido, en poco tiempo, la larga marcha hacia la santidad, guiados y sostenidos por las manos de la Virgen Mar?a.?Son dos frutos maduros del ?rbol de la Cruz?del Salvador. Al verlos, nos damos cuenta de que ?sta es la estaci?n de los frutos... frutos de santidad. Viejo tronco lusitano de savia cristiana, con las ramas extendidas hacia otros mundos y all? enterradas como brotes de nuevos pueblos cristianos, la Reina del Cielo ha plantado en ti su pie -pie victorioso que aplasta la cabeza de la serpiente embaucadora (cf. Gn 3, 15)- para buscar a los peque?os del Reino de los cielos. Fortalecidos con la vigilia de esta noche y con los ojos atentos a la gloria de los beatos Francisco y Jacinta, aceptad el reto de Jes?s: "Si no volv?is a ser como ni?os, no entrar?is en el Reino de los cielos" (Mt 18, 3). Para personas carcomidas por el orgullo como nosotros, no es f?cil hacerse ni?os. Por eso, Jes?s nos advierte duramente: "No entrar?is". No hay alternativa. Portugal, no te resignes a formas de pensar y de vivir que no tengan futuro, porque no se apoyen sobre la certeza firme de la Palabra de Dios, del Evangelio. "?No temas! El Evangelio no est? contra ti, sino en tu favor... En el Evangelio, que es Jes?s, encontrar?s la esperanza firme y duradera a la que aspiras. Es una esperanza fundada en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. ?l ha querido que esta victoria sea para tu salvaci?n y tu gozo" (Juan Pablo II, Exhort. Ap. Ecclesia in Europa, 121).

La primera lectura nos muestra c?mo Samuel ha encontrado un gu?a en el Sacerdote El?. ?ste demuestra, en su relaci?n con el muchacho, toda la prudencia que se requiere para la tarea del verdadero educador, pues es capaz de intuir el tipo de experiencia profunda que Samuel est? viviendo. Nadie puede decidir sobre la vocaci?n de otro; por eso, El? orienta a Samuel a la escucha d?cil de la palabra de Dios: "Habla, Se?or, que tu siervo escucha" (1 S 3, 10). En cierto modo, podemos leer desde esta misma perspectiva la Visita?del Santo Padre, que se desarrolla bajo el lema: "?Papa Benedicto XVI, contigo caminamos en la Esperanza!". Son palabras que expresan tanto una com?n confesi?n de fe y manifestaci?n de adhesi?n a la Iglesia?a trav?s de su fundamento visible que es Pedro, como un aprendizaje personal de confianza y de lealtad con relaci?n a la gu?a paterna y sabia de aquel que el Cielo ha elegido para indicar a la humanidad de este tiempo el camino seguro para alcanzarlo.

Santo Padre, "contigo caminamos en la Esperanza". Contigo aprendemos a distinguir entre la gran Esperanza y las esperanzas peque?as y siempre limitadas como nosotros. Cuando, rodeados de la decepci?n general de quienes se quedan en las peque?as esperanzas, sintamos la alternativa de Jes?s, la gran Esperanza: "?Tambi?n vosotros quer?is marcharos?", fortal?cenos t?, Pedro, con tu palabra de siempre: "Se?or, ?a qui?n vamos a acudir? T? tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que t? eres el Santo, consagrado por Dios" (Jn 6, 68-69). Verdaderamente -nos recuerda el Pedro de hoy, el Papa Benedicto XVI-, "quien no conoce a Dios, aunque tenga m?ltiples esperanzas, en el fondo est? sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, s?lo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando ?hasta el extremo', ?hasta el total cumplimiento' (cf. Jn 13,1; 19,30)" (Enc. Spe salvi, 27).

Queridos peregrinos de F?tima, que el Cielo sea siempre el horizonte de vuestra vida. Si os dicen que el Cielo puede esperar, os enga?an... La voz que viene del cielo no es como estas voces, semejantes a la legendaria sirena embaucadora, que dorm?a a sus v?ctimas antes de echarlas al abismo. Desde hace dos mil a?os, comenzando por Galilea y hasta los confines de la tierra, resuena la voz del Hijo de Dios que dice: "Se ha cumplido el plazo, est? cerca el Reino de Dios" (Mc 1, 15). F?tima nos recuerda que el cielo no puede esperar. Por eso, pidamos con confianza filial a Nuestra Se?ora que nos ense?e a traer el Cielo a la tierra: ?Oh, Virgen Mar?a, ens??anos a creer, adorar, esperar y amar contigo! Ind?canos el camino hacia el Reino de Jes?s, la v?a de la infancia espiritual. T?, Estrella de la Esperanza, que anhelante nos esperas en la Luz sin ocaso de la Patria?celeste, brilla sobre nosotros y gu?anos en las vicisitudes de cada d?a, ahora y en la hora de nuestra muerte. Am?n.


Publicado por verdenaranja @ 23:17  | Homil?as
 | Enviar