Domingo, 13 de junio de 2010

ZENIT ? nos ofrece la homil?a pronunciada hoy por el Papa Benedicto XVI durante la Santa Misa de la solemnidad de Pentecost?s, que presidi? en la Bas?lica Vaticana.

Queridos hermanos y hermanas,

en la celebraci?n solemne de Pentecost?s estamos invitados a profesar nuestra fe en la presencia y en la acci?n del Esp?ritu Santo y a invocar su efusi?n sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre todo el mundo. Hagamos nuestra, por tanto, y con particular intensidad, la invocaci?n de la Iglesia misma: Veni, Sancte Spiritus! Una invocaci?n tan simple e inmediata, pero tambi?n extraordinariamente profunda, que brota ante todo del coraz?n de Cristo. El Esp?ritu, de hecho, es el don que Jes?s ha pedido y continuamente pide al Padre para sus amigos; el primero y principal don que nos ha obtenido con su Resurrecci?n y Ascensi?n al Cielo.

De esta oraci?n de Cristo nos habla el fragmento evang?lico de hoy, que tiene como contexto la ?ltima Cena. El Se?or Jes?s dice a sus disc?pulos: ?Si me am?is, guardar?is mis mandamientos; y yo pedir? al Padre y os dar? otro Par?clito, para que est? con vosotros para siempre? (Jn 14,15-16). Aqu? se revela el coraz?n orante de Jes?s, su coraz?n filial y fraterno. Esta oraci?n llega a su cenit y a su cumplimiento en la cruz, donde la invocaci?n de Cristo es una unidad con el don total que ?l hace de s? mismo, y as? su orar se convierte, por as? decirlo, en el sello mismo de su darse en plenitud por amor del Padre y de la humanidad: invocaci?n y donaci?n del Esp?ritu se encuentran, se compenetran, se convierten en una ?nica realidad. ?Y yo pedir? al Padre y os dar? otro Par?clito, para que est? con vosotros para siempre?. En realidad, la oraci?n de Jes?s -la de la ?ltima Cena y la de la cruz- es una oraci?n que contin?a tambi?n en el Cielo, donde Cristo est? sentado a la derecha del Padre. Jes?s, de hecho, vive siempre su sacerdocio de intercesi?n a favor del pueblo de Dios y de la humanidad y por tanto reza por todos nosotros pidiendo al Padre el don del Esp?ritu Santo.

El relato de Pentecost?s en el libro de los Hechos de los Ap?stoles -lo hemos escuchado en la primera lectura (cf Hch 2,1-11)- presenta el ?nuevo rumbo? de la obra de Dios iniciada con la resurrecci?n de Cristo, obra que implica al hombre, a la historia y al cosmos. Del Hijo de Dios muerto y resucitado y vuelto al Padre espira ahora sobre la humanidad, con in?dita energ?a, el soplo divino, el Esp?ritu Santo. ?Y qu? produce esta nueva y potente auto-comunicaci?n de Dios? Donde hay laceraciones y alienaci?n, crea unidad y comprensi?n. Se desencadena un proceso de reunificaci?n entre las partes de la familia humana, dividida y dispersa; las personas, a menudo reducidas a individuos en competici?n o en conflicto entre ellos, alcanzadas por el Esp?ritu de Cristo, se abren a la experiencia de la comuni?n, que puede implicarlas hasta el punto de hacer de ellas un nuevo organismo, un nuevo sujeto: la Iglesia. ?ste es el efecto de la obra de Dios: la unidad; por eso la unidad es la se?al de reconocimiento, el ?tarjeta de visita? de la Iglesia a lo largo de su historia universal. Desde el principio, desde el d?a de Pentecost?s, habla todas las lenguas. La Iglesia universal precede a las Iglesias particulares, y ?stas deben siempre conformarse a ella, seg?n un criterio de unidad y universalidad. La Iglesia ya no es prisionera de fronteras pol?ticas, raciales ni culturales; no se puede confundir con los Estados ni con las Federaciones de Estados, porque su unidad es de otro tipo y aspira a atravesar todas las fronteras humanas.

De esto, queridos hermanos, deriva un criterio pr?ctico de discernimiento para la vida cristiana: cuando una persona, o una comunidad, se cierra en su propio modo de pensar y de actuar, es signo de que se est? alejando del Esp?ritu Santo. El camino de los cristianos y de las Iglesias particulares debe confrontarse siempre con el de la Iglesia una y cat?lica, y armonizarse con ?l. Esto no significa que la unidad creada por el Esp?ritu Santo sea una especie de igualitarismo. Al contrario, ?ste es m?s el modelo de Babel, es decir, la imposici?n de una cultura de la unidad que podemos definir como ?t?cnica?. La Biblia, de hecho, nos dice (cf Gen 11,1-9) que en Babel todos hablaban una sola lengua. En Pentecost?s, en cambio, los Ap?stoles hablan lenguas diversas para que cada uno entienda el mensaje en su propio idioma. La unidad del Esp?ritu se manifiesta en la pluralidad de la comprensi?n. La Iglesia es por su naturaleza una y m?ltiple, destinada como est? a vivir en todas las naciones, en todos los pueblos, y en los m?s diversos contextos sociales. Responde a su vocaci?n, de ser signo e instrumento de unidad de todo el g?nero humano (cf Lumen gentium, 1), s?lo si permanece aut?noma de todo Estado y de toda cultura particular. Siempre y en todo lugar la Iglesia debe ser verdaderamente, cat?lica y universal, la casa de todos en la que cada uno se puede volver a encontrar.

El relato de los Hechos de los Ap?stoles nos ofrece tambi?n otro principio muy concreto. La universalidad de la Iglesia se expresa en el elenco de los pueblos, seg?n la antigua tradici?n: ?Somos Partos, Medos, Elamitas...?, etc?tera. Se puede observar que san Lucas va m?s all? del n?mero 12, que ya expresa siempre una universalidad. ?l mira m?s all? de los horizontes de Asia y del noroeste de ?frica, y a?ade otros tres elementos: los ?Romanos?, es decir el mundo occidental; los ?Jud?os y pros?litos?, comprendiendo de una nueva manera la unidad entre Israel y el mundo; y finalmente ?Cretenses y ?rabes?, que representan Occidente y Oriente, islas y tierra firme. Esta apertura de horizontes confirma a?n m?s la novedad de Cristo en la dimensi?n del espacio humano, de la historia de las gentes: el Esp?ritu Santo implica a hombres y pueblos y, a trav?s de ellos, supera muros y barreras.

En Pentecost?s el Esp?ritu Santo se manifiesta como fuego. Su llama ha descendido sobre los disc?pulos reunidos, se ha encendido en ellos y les ha dado el nuevo ardor de Dios. Se realiza as? lo que hab?a predicho el Se?or Jes?s: ?He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ?cu?nto desear?a que ya estuviera encendido!? (Lc 12,49). Los Ap?stoles, junto a los fieles de las diversas comunidades, han llevado esta llama divina hasta los ?ltimos confines de la Tierra; han abierto as? un camino para la humanidad, un camino luminoso, y han colaborado con Dios que con su fuego quiere renovar la faz de la tierra. ?Qu? distinto es este fuego al de las guerras y las bombas! Qu? distinto es el incendio de Cristo, propagado por la Iglesia, al encendido por los dictadores de toda ?poca, tambi?n del siglo pasado, que dejan tras de s? tierra arrasada. El fuego de Dios, el fuego del Esp?ritu Santo, es el de la zarza que arde sin consumirse (cf Ex 3,2). Es una llama que arde, pero no destruye; que, as?, inflamando hace emerger la parte mejor y m?s verdadera del hombre, como en una fusi?n hace emerger su forma interior, su vocaci?n a la verdad y al amor.

Un Padre de la Iglesia, Or?genes, en una de sus Homil?as sobre Jerem?as, informa de un hecho atribuido a Jes?s, no contenido en las Sagradas Escrituras pero quiz?s aut?ntico, que dice as?: ?Quien est? cerca m?o est? cerca del fuego? (Homil?a sobre Jerem?as L. I [III]). En Cristo, de hecho, habita la plenitud de Dios, a quien en la Biblia se compara con el fuego. Hemos observado anteriormente que la llama del Esp?ritu Santo arde pero no quema. Y sin embargo obra una transformaci?n, y por eso debe consumir algo en el hombre, las escorias que lo corrompen y le obstaculizan en sus relaciones con Dios y con el pr?jimo. Este efecto del fuego divino sin embargo nos asusta, tenemos miedo de ?quemarnos?, preferimos quedarnos como estamos. Esto es porque muchas veces nuestra vida est? configurada seg?n la l?gica del tener, del poseer y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide perder algo de s? mismos, entonces se echan atr?s, tienen miedo de las exigencias de la fe. Es el miedo a tener que renunciar a algo bueno, en el que somos atacados, el miedo a que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos. Por una parte queremos estar con Jes?s, seguirlo de cerca, y por otra tenemos miedo de las consecuencias que eso comporta.

Queridos hermanos y hermanas, siempre necesitamos o?r decir del Se?or Jes?s lo que a menudo les repet?a a sus amigos: ?No teng?is miedo?. Como Sim?n Pedro y los dem?s, debemos dejar que su presencia y su gracia transformen nuestro coraz?n, siempre sujeto a la debilidad humana. Debemos saber reconocer que perder algo, incluso a uno mismo por el verdadero Dios, el Dios del amor y de la vida, es en realidad ganar, reencontrarse m?s plenamente. Quien se conf?a a Jes?s experimenta ya en esta vida la paz y la alegr?a del coraz?n, que el mundo no puede dar, y no se pueden quitar una vez que Dios las ha dado. ?Vale por tanto la pena dejarse tocar por el fuego del Esp?ritu Santo! El dolor que nos causa es necesario para nuestra transformaci?n. Es la realidad de la cruz: por eso en el lenguaje de Jes?s el ?fuego? es sobre todo una representaci?n del misterio de la cruz, sin el cual no existe el cristianismo. Por eso, iluminados y confortados por estas palabras de vida, elevemos nuestra invocaci?n: ?Ven, Esp?ritu Santo! ?Enciende en nosotros el fuego de tu amor! Sabemos que ?sta es una oraci?n audaz, con la que pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama -y s?lo ?sa- tiene el poder de salvarnos. No queramos, por defender nuestra vida, perder la eterna que Dios nos quiere dar. Necesitamos el fuego del Esp?ritu Santo, porque s?lo el Amor redime. Am?n.
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[Traducci?n del original italiano por Patricia Navas
?2010 Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:44  | Habla el Papa
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