Martes, 15 de junio de 2010

ZENIT nos ofrece la homil?a que el Papa pronunci?el viernes 11 de Junio de 2010?en la Plaza de San Pedro, durante la solemne Concelebraci?n Eucar?stica con sacerdotes de todo el mundo (entre los que se encontraba nuestro p?rroco), con la que se clausura el A?o Sacerdotal.

Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal,
Queridos hermanos y hermanas

El A?o Sacerdotal que hemos celebrado, 150 a?os despu?s de la muerte del santo Cura de Ars, modelo del ministerio sacerdotal en nuestros d?as, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el Cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal. El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ning?n ser humano puede hacer por s? mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absoluci?n de nuestros pecados, cambiando as?, a partir de Dios, la situaci?n de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acci?n de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciaci?n, palabras que lo hacen presente a ?l mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando as? los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a ?l. Por tanto, el sacerdocio no es un simple ?oficio?, sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a trav?s de ?l, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra ?sacerdocio?. Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, as?, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este a?o hemos querido de nuevo considerar y comprender. Quer?amos despertar la alegr?a de que Dios est? tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que ?l se conf?e a nuestra debilidad; que ?l nos gu?e y nos ayude d?a tras d?a. Quer?amos tambi?n, as?, ense?ar de nuevo a los j?venes que esta vocaci?n, esta comuni?n de servicio por Dios y con Dios, existe; m?s a?n, que Dios est? esperando nuestro ?s??. Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocaci?n. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al coraz?n de j?venes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al ?enemigo? no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; ?l hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y as? ha ocurrido que, precisamente en este a?o de alegr?a por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los peque?os, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. Tambi?n nosotros pedimos perd?n insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jam?s; que en la admisi?n al ministerio sacerdotal y en la formaci?n que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocaci?n; y que queremos acompa?ar a?n m?s a los sacerdotes en su camino, para que el Se?or los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el A?o Sacerdotal hubiera sido una glorificaci?n de nuestros logros humanos personales, habr?a sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en ?vasijas de barro?, y que una y otra vez, a trav?s de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. As?, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificaci?n, un quehacer que nos acompa?a hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar m?s a?n el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia de hoy, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdote: ?Cargad con mi yugo y aprended de m?, que soy manso y humilde de coraz?n? (Mt 11,29).

Celebramos la fiesta del Sagrado Coraz?n de Jes?s y con la liturgia echamos una mirada, por as? decirlo, dentro del coraz?n de Jes?s, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. S?, su coraz?n est? abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el coraz?n de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del coraz?n de Jes?s, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y as? nos manifiesta el sacerdocio de Jes?s, que est? arraigado en lo ?ntimo de su coraz?n; de este modo, nos indica el perenne fundamento, as? como el criterio v?lido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el coraz?n de Jes?s y ser vivido a partir de ?l. Quisiera meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas. En esos cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, est?n tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El m?s importante de estos textos en la liturgia de hoy es el Salmo 23 [22] ? ?El Se?or es mi pastor? ?, en el que el Israel orante acoge la autorevelaci?n de Dios como pastor, haciendo de esto la orientaci?n para su propia vida. ?El Se?or es mi pastor, nada me falta?. En este primer vers?culo se expresan alegr?a y gratitud porque Dios est? presente y cuida del hombre. La lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: ?Yo mismo en persona buscar? a mis ovejas, siguiendo su rastro? (Ez 34,11). Dios cuida personalmente de m?, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez m?s desorientado. ?l cuida de m?. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en ?ltimo an?lisis, s?lo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Hab?a que llegar a un acuerdo con ?stas. El Dios ?nico era bueno, pero lejano. No constitu?a un peligro, pero tampoco ofrec?a ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de ?l. ?l no dominaba. Extra?amente, esta idea ha resurgido en la Ilustraci?n. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habr?a construido el mundo, para despu?s retirarse de ?l. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias seg?n las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es s?lo un origen remoto. Muchos, quiz?s, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No quer?an que Dios los molestara. Pero all? donde la cercan?a del amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de m?. Pero es mucho m?s decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por m?. ?Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen? (Jn 10,14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una palabra del Se?or. Dios me conoce, se preocupa de m?. Este pensamiento deber?a proporcionarnos realmente alegr?a. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos tambi?n qu? significa: Dios quiere que nosotros como sacerdotes, en un peque?o punto de la historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como sacerdotes, queremos ser personas que, en comuni?n con su amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta atenci?n de Dios. Y, por lo que se refiere al ?mbito que se le conf?a, el sacerdote, junto con el Se?or, deber?a poder decir: ?Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen?. ?Conocer?, en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es solamente un saber exterior, igual que se conoce el n?mero telef?nico de una persona. ?Conocer? significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deber?amos tratar de ?conocer? a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deber?amos tratar de caminar con ellos en la v?a de la amistad con Dios.

Volvamos al Salmo. All? se dice: ?Me gu?a por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por ca?adas oscuras, nada temo, porque t? vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan? (23 [22], 3s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le est?n confiados. Los precede y gu?a. Dig?moslo de otro modo: el Se?or nos muestra c?mo se realiza en modo justo nuestro ser hombres. Nos ense?a el arte de ser persona. ?Qu? debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, ?sta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier per?odo de la vida. ?Cu?nta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la palabra de Jes?s, que ten?a compasi?n por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Se?or, ten piedad tambi?n de nosotros. Mu?stranos el camino. Sabemos por el Evangelio que ?l es el camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un d?a podamos decir: "S?, vivir ha sido algo bueno". El pueblo de Israel estaba y est? agradecido a Dios, porque ha mostrado en los mandamientos el camino de la vida. El gran salmo 119 (118) es una expresi?n de alegr?a por este hecho: nosotros no andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cu?l es el camino, c?mo podemos caminar de manera justa. La vida de Jes?s es una s?ntesis y un modelo vivo de lo que afirman los mandamientos. As? comprendemos que estas normas de Dios no son cadenas, sino el camino que ?l nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo est?n ante nosotros como una realidad vivida. ?l mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegr?a de la Revelaci?n, y como sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegr?a de que nos haya mostrado el camino justo.

Despu?s viene una palabra referida a la "ca?ada oscura", a trav?s de la cual el Se?or gu?a al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevar? un d?a a la ca?ada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompa?ar. Y ?l estar? all?. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco all? nos abandona. Tambi?n all? nos gu?a. "Si me acuesto en el abismo, all? te encuentro", dice el salmo 139 (138). S?, t? est?s presente tambi?n en la ?ltima fatiga, y as? el salmo responsorial puede decir: tambi?n all?, en la ca?ada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la ca?ada oscura, podemos pensar tambi?n en las ca?adas oscuras de las tentaciones, del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. Tambi?n en estas ca?adas tenebrosas de la vida ?l est? all?. Se?or, en la oscuridad de la tentaci?n, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, mu?strame que t? est?s all?. Ay?danos a nosotros, sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu luz.

?Tu vara y tu cayado me sosiegan?: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el reba?o; contra los salteadores que buscan su bot?n. Junto a la vara est? el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares dif?ciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. Tambi?n la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herej?a, la tergiversaci?n y la destrucci?n de la fe, como si nosotros invent?ramos la fe aut?nomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos dif?ciles y seguir a Cristo.

Al final del salmo, se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Se?or. En el salmo, esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por ?l mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todav?a m?s grande. Vemos en estas palabras, por as? decir, una anticipaci?n prof?tica del misterio de la Eucarist?a, en la que Dios mismo nos invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la ?nica respuesta ?ltima al hambre y a la sed interior del hombre. ?C?mo no alegrarnos de estar invitados cada d?a a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ?C?mo no estar alegres por haber recibido de ?l este mandato: "Haced esto en memoria m?a"? Alegres porque ?l nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. S?, podemos rezar juntos con todo el coraz?n las palabras del salmo: ?Tu bondad y tu misericordia me acompa?an todos los d?as de mi vida? (23 [22], 6).

Por ?ltimo, veamos brevemente los dos cantos de comuni?n sugeridos hoy por la Iglesia en su liturgia. Ante todo, est? la palabra con la que san Juan concluye el relato de la crucifixi?n de Jes?s: ?uno de los soldados con la lanza le traspas? el costado, y al punto sali? sangre y agua? (Jn 19,34). El coraz?n de Jes?s es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una fuente: el agua y la sangre que manan aluden a los dos sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucarist?a. Del costado traspasado del Se?or, de su coraz?n abierto, brota la fuente viva que mana a trav?s de los siglos y edifica la Iglesia. El coraz?n abierto es fuente de un nuevo r?o de vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado tambi?n en la profec?a de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un r?o que proporciona fecundidad y vida (Ez 47): Jes?s mismo es el nuevo templo, y su coraz?n abierto es la fuente de la que brota un r?o de vida nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucarist?a.

La liturgia de la solemnidad del Sagrado Coraz?n de Jes?s, sin embargo, prev? como canto de comuni?n otra palabra, af?n a ?sta, extra?da del evangelio de Juan: ?El que tenga sed, que venga a m?; el que cree en m? que beba. Como dice la Escritura: De sus entra?as manar?n torrentes de agua viva? (cfr. Jn 7,37s). En la fe bebemos, por as? decir, del agua viva de la Palabra de Dios. As?, el creyente se convierte ?l mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los santos. Lo vemos en Mar?a que, como gran mujer de fe y de amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en fuente de fe, amor y vida. Cada cristiano y cada sacerdote deber?an transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica vida a los dem?s. Deber?amos dar el agua de la vida a un mundo sediento. Se?or, te damos gracias porque nos has abierto tu coraz?n; porque en tu muerte y resurrecci?n te has convertido en fuente de vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu fuente, y danos ser tambi?n nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la gracia del ministerio sacerdotal. Se?or, bend?cenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que est?n sedientos y buscando. Am?n.

[?Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:06  | Habla el Papa
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