Jueves, 01 de julio de 2010

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la celebraci?n de clausura del A?o Sacerdotal (Bas?lica del Sagrado Coraz?n, 10 de junio de 2010). (AICA)

CORAZ?N DE JES?S, CORAZ?N DEL SACERDOTE?????

????????? El A?o Sacerdotal, convocado providencialmente por el Santo Padre Benedicto XVI, ha llegado a su fin. Es muy significativo que como moj?n espiritual para fijar sus lindes se haya elegido la solemnidad del Sagrado Coraz?n de Jes?s. Hace poco m?s de medio siglo, P?o XII, en su enc?clica Haurietis aquas, dec?a: Cristo destin? su coraz?n como signo y garant?a de la misericordia y de la gracia para las necesidades de la Iglesia en nuestros d?as. Prolongando ese pensamiento podemos glosarlo as?: para las necesidades de aquellos d?as y tambi?n para las necesidades de hoy. Entre ?stas descuella, como ha se?alado el Papa Benedicto, promover el compromiso de renovaci?n interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evang?lico en el mundo de hoy sea m?s intenso e incisivo. El per?odo que hoy concluye ha sido un tiempo de gracia, comparable por analog?a con los jubileos y con la instituci?n anual de la cuaresma; quiera Dios que la Iglesia haya sabido beneficiarse de esa promulgaci?n de misericordia. Ojal? nosotros mismos, sacerdotes y fieles, hayamos recogido el llamado y respondido a ?l con diligencia, en favor nuestro y para enriquecimiento de todo el Cuerpo eclesial. En esta celebraci?n encomendamos los frutos del A?o Sacerdotal al amor del Coraz?n de Cristo, hoguera ardiente de caridad.?

????????? El s?mbolo del coraz?n designa el centro y la profundidad del ser humano, expresa en su intimidad la unidad de la persona y la mutua pertenencia del cuerpo y el alma; es el ?mbito rec?ndito de la receptividad y la fuente de la que brota la espontaneidad en la que el hombre se manifiesta como es. El Coraz?n de Jes?s representa en una sola imagen los misterios de la Encarnaci?n y de la Pascua; en ?l se revela el Coraz?n de Dios, el amor eucar?stico de la Trinidad. En la humanidad sant?sima de Jes?s aprendemos c?mo es Dios, que se ha inclinado hacia nosotros, que ha condescendido generosamente hasta nuestra peque?ez. En el Coraz?n del Hijo eterno hecho hombre Dios se ha puesto de nuestro lado; en un proceso admirable de sustituci?n ha ocupado nuestro lugar; ha mostrado su majestad en la obediencia, su justicia en la misericordia, su gloria en la sangre del Traspasado. El Coraz?n de Cristo es asimismo el coraz?n del mundo, de la humanidad toda, porque asume la historia de los hombres, en comuni?n con su dolor y con su culpa para disolver en su inocencia nuestros pecados.? Su mediaci?n es descendente y ascendente; en Cristo, Dios llega hasta nosotros, y nosotros nos orientamos, marchamos, subimos hacia ?l. Por eso ?l, su mediaci?n, su Coraz?n, constituyen el fundamento ?ltimo de nuestra confianza; lo que no puede alcanzar nuestra poca fe, nuestro menguado amor, est? a nuestra disposici?n en el Coraz?n del Se?or. Franz Hengsbach resumi? en esta f?rmula ingenua el secreto del Coraz?n: En Jes?s, Dios mismo tiene un coraz?n para los hombres y en Jes?s tiene la humanidad su coraz?n para Dios.?

????????? El ciclo de lecturas que corresponde proclamar y meditar este a?o nos propone, en la liturgia de la solemnidad, textos b?blicos que se refieren a Cristo como pastor; esta perspectiva nos acerca a la contemplaci?n de su coraz?n sacerdotal.?

????????? En el medio oriente antiguo la imagen del pastor era aplicada para caracterizar a los dioses y a los reyes, que eran considerados sus lugartenientes. En el Antiguo Testamento, tanto el rey pagano Ciro, que ejecuta los designios de Yahweh, como David, el rey protot?pico de Israel, son presentados como pastores del pueblo. La profec?a de Ezequiel que hemos escuchado anuncia la decisi?n de Dios de desplazar a los dirigentes de Israel que, como mercenarios, han buscado su propio inter?s y han abandonado a las ovejas que les fueron confiadas. Yo mismo apacentar? a mis ovejas (Ez. 34, 15), dice el Se?or; en su sentido inmediato, esta proclama se refiere al retorno del pueblo del exilio, conducido por su Dios, pero es tambi?n un anuncio velado del Mes?as: en Cristo, precisamente, y de modo definitivo, Dios se manifest? como pastor de su pueblo, un pueblo renovado, ampliado como reba?o universal en la catolicidad de la Iglesia. Nosotros cantamos con frecuencia el Salmo 22, y cuando decimos el Se?or es mi Pastor alabamos a Cristo con ese t?tulo entra?able y reconocemos, en la mesa que nos prepara y en el ?leo con que unge nuestra cabeza, los sacramentos cristianos. La par?bola evang?lica de la oveja perdida y recobrada representa el cumplimiento de la profec?a de Ezequiel: buscar? a la oveja perdida, har? volver a la descarriada, vendar? a la herida y sanar? a la enferma (Ez. 34, 16). Tambi?n ilustra simb?licamente el misterio de la redenci?n obrada por el Buen Pastor que entreg? su vida por el reba?o y as? nos descubri? el amor Coraz?n de Dios. San Pablo lo ha expresado en t?rminos teol?gicos: la prueba de que Dios nos ama es que Cristo muri? por nosotros cuando todav?a ?ramos pecadores (Rom. 5, 8); en esta afirmaci?n est? el fundamento de nuestra esperanza y de nuestra alegr?a.??

????????? Del Coraz?n de Cristo se aprende y se recibe la caridad pastoral, que es el modo propiamente sacerdotal de vivir la primac?a y centralidad del amor, a Dios y a las almas. No se puede amar a las almas cuyo cuidado se nos encomienda con aut?ntica caridad pastoral si ?sta no se enciende y aquilata de continuo en la fuente ?gnea, abrasadora, del Coraz?n del Se?or; en ?l se modela el coraz?n sacerdotal. En los comienzos de esta devoci?n que actualmente ejercitamos como un culto lit?rgico solemne, las m?sticas benedictinas Lutgarda y Gertrudis experimentaron el intercambio de corazones con el Se?or. Una realidad espiritual an?loga puede verificarse en la vida del sacerdote que aspira a representar aut?nticamente al Buen Pastor; no es una meta inalcanzable, sino m?s bien la cima ideal a la que debemos aspirar, en el trance laborioso de una continua purificaci?n, para llegar a ser plenamente lo que somos por la consagraci?n recibida y por la misi?n que nos empe?a y obliga. En el ejercicio abnegado, veraz, del ministerio entregamos nuestro coraz?n al Se?or para recibir el suyo, para tener sus mismos sentimientos, para amar con su amor al Padre y a los hombres. Como repet?a con frecuencia el Cura de Ars, el sacerdocio es el amor del Coraz?n de Jes?s.?

????????? El A?o Sacerdotal, convocado para conmemorar el 150? aniversario del dies natalis de San Juan Mar?a Vianney tuvo por objetivo principal renovar en los sacerdotes la conciencia de su propia identidad, de su vocaci?n de santidad, y mover a los fieles todos a rezar por la fidelidad de los ministros de la Iglesia y para que el Se?or no deje de suscitar los pastores que ella necesita. Esta propuesta ha sido una apuesta de esperanza, un gesto confiado de invocaci?n al Esp?ritu Santo, la fuerza divina capaz de renovar la faz de la tierra; ha sido una apelaci?n al orden sobrenatural que rige la vida de la Iglesia y otorga sentido en ella al ministerio de los sacerdotes y al estado de vida que eligen en el seguimiento de Jes?s. El mundo ?en el sentido evang?lico del t?rmino? no puede entender estas realidades cat?licas; no las acepta, m?s bien las detesta. Comprobamos continuamente esa incomprensi?n y la consiguiente hostilidad. Vale al respecto lo que, seg?n San Juan, Jes?s dijo a los disc?pulos en la ?ltima Cena: Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a m?. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amar?a como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los eleg? y los saqu? de ?l, el mundo los odia (Jn. 15, 18 s.). A la luz de estas palabras se puede advertir la gravedad fatal, la tragedia, de una posible mundanizaci?n del sacerdote para reubicarse en un contexto cultural que no le confiere un lugar espectable si no se amolda a ?l. La tentaci?n puede insinuarse tambi?n bajo la cobertura de prop?sitos aparentemente razonables, de intentos de renovaci?n teol?gica y pastoral, de inquietudes misioneras o sociales. En las ?ltimas d?cadas la Iglesia padeci? las consecuencias destructivas de una interpretaci?n del Concilio Vaticano II inspirada ?como lo ha explicado Benedicto XVI? en una hermen?utica de la discontinuidad y la ruptura con la gran tradici?n eclesial. En nombre de un supuesto esp?ritu del Concilio se ha querido ?desclerificar? al sacerdote; al usar este neologismo u otro semejante se olvidaba que clero significa herencia del Se?or y que connota una distinci?n respecto de las realidades mundanas y la consagraci?n a Dios para el servicio de la obra de la redenci?n. El Concilio enunciaba n?tidamente la peculiar posici?n del sacerdote: los presb?teros del Nuevo Testamento, por su vocaci?n y ordenaci?n, son en realidad segregados en cierto modo en el seno del pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para la que el Se?or los llama? Su propio ministerio exige por t?tulo especial que no se configuren con el mundo (Presbyterorum ordinis, 3).?

????????? La identidad ontol?gica, teologal, del sacerdote se refleja en un estado de vida en el cual se abrazan aquellas exigencias espirituales propias del seguimiento de Cristo que son las notas caracter?sticas del discipulado: la obediencia, la castidad y la pobreza. El Concilio las expuso ampliamente en su momento, al tratar del ministerio y la vida de los presb?teros, como signos y est?mulos de la caridad pastoral, y Benedicto XVI las propuso al iniciar el A?o Sacerdotal mostrando el ejemplo transparente del Cura de Ars, que supo vivir los ?consejos evang?licos? de acuerdo con su condici?n de presb?tero. Su obediencia, seg?n explica el Papa, qued? plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio; su castidad era la que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucarist?a y contemplarla con todo su coraz?n arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles; su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus hu?rfanos, sus ni?as de la ?Providence?, sus familias m?s necesitadas. Desde siempre, esa tr?ada evang?lica fue el honor, el esplendor de los sacerdotes santos, testimonio de su pertenencia al clero, a la herencia del Se?or y la se?al anticipada del galard?n que les estaba destinado. En una de sus conmovedoras plegarias, Santa Catalina de Siena oraba as?: Te pido que endereces a ti el coraz?n y la voluntad de los ministros de la santa Iglesia, tu Esposa, para que te sigan, Cordero inmolado, pobre, humilde y manso, por el camino de la sant?sima cruz, a tu modo, y no a su modo.?

????????? El A?o Sacerdotal que hoy clausuramos ha sido seguramente un tiempo de Dios, de actuaci?n secreta pero intensa de su gracia. Podemos arriesgar esta afirmaci?n ponderando a contraluz c?mo han arreciado en ese per?odo los ataques contra el Papa, la Iglesia y el celibato sacerdotal. Sin embargo, conviene tener presente una frase deslizada por Benedicto XVI en su reciente viaje a Portugal, que parece un eco de las quejas que lanzaba en el siglo XIV la ardiente Catalina de Siena: la gran persecuci?n de la Iglesia no viene de sus enemigos de afuera sino que nace del pecado dentro de la Iglesia. Podr?amos a?adir una precisi?n: sobre todo del pecado de sus sacerdotes, custodios de la Sangre que brota del Coraz?n del Se?or. A este prop?sito cito otras expresiones del Santo Padre: Hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el esc?ndalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo m?s conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espl?ndidas figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes.?

????????? Nosotros deseamos sobre todo, en estas v?speras de la solemnidad del Sagrado Coraz?n de Jes?s, renovar tambi?n el reconocimiento gozoso del don de Dios, que hemos recibido por el llamado y la ordenaci?n sacerdotal. No se nos oculta que llevamos ese tesoro en recipientes de barro (2. Cor. 4, 7) y por eso queremos renovar tambi?n nuestro prop?sito de fidelidad apoy?ndonos en la fidelidad del Se?or. Nos anima el ejemplo y la intercesi?n de los santos pastores, cuyo n?mero crece continuamente al ritmo de las beatificaciones y canonizaciones. Pero para este presbiterio platense constituye asimismo un est?mulo el recuerdo de muchos sacerdotes que nos han precedido ejemplarmente en el ejercicio del ministerio. Evoquemos ante todo a tres religiosos que han dejado aqu? fragancia de santidad: el capuchino Antonio de Monterosso, el salesiano Felipe Salvetti y el teatino Antonio Sagrera y luego a miembros de nuestro clero que, m?s lejanos o m?s cercanos en el tiempo, se han destacado en diversos campos pastorales: Rasore, Guerra, Alumni, Iturralde, de Andreis, Cabo Montilla, Borla, Ciao, Trotta, Dardi, Lodigiani, Ruta, Izurieta. Este recuerdo nos entusiasma y fortalece para continuar procurando nuestra santificaci?n en el servicio del pueblo de Dios, del sacerdocio com?n de los fieles. El Santo Cura de Ars rezaba as? al comenzar su misi?n: Dios m?o, conc?deme la conversi?n de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida. Palabras ?stas que brotaban de un coraz?n arrebatado por la ternura de la salvaci?n que recib?a en la intimidad del Coraz?n del Salvador. Pid?mosle al Se?or que podamos atrevernos a pronunciar verazmente palabras semejantes, que alcancemos a identificarnos con los designios salv?ficos de su Coraz?n y que en su cumplimiento gastemos gozosamente nuestra vida.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 23:48  | Homil?as
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