S?bado, 03 de julio de 2010

ZENIT??publica el comentario al Evangelio del pr?ximo domingo, XIV del tiempo ordinario, 4 de julio (Lucas?10,1-12.17-20), redactado por monse?or Jes?s Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apost?lico de Huesca y de Jaca.

Evangelio del domingo: Portadores de paz

El evangelio de Lucas nos sigue narrando ese viaje, sube que sube hacia Jerusal?n. Jes?s, como enviado del Padre, hab?a venido para traer a los hombres un modo nuevo de vivir y convivir entre ellos y ante Dios, que luego el pecado frustr?. La vida humana se convirti? compleja y hostil, muy lejana del proyecto amoroso de Dios que nos la ofre?ci? como un camino armonioso e inocente. Sin embargo el pecado, no pudo arrancar del coraz?n humano el inmenso deseo de habitar un mundo de belleza y de hacer una historia bondadosa. Pero la cr?nica diaria restregaba al hombre la incapacidad de realizar ese camino por el que en el fondo su coraz?n segu?a latiendo. Jes?s vino para responder a ese drama humano, rompiendo el fatalismo de to?dos sus callejones sin salida. La venida de Jes?s es la llegada del Reino de Dios, el comienzo de la posibilidad para los hombres, de ser verdadera y apasionadamente hu?manos, el inicio de esa otra historia en la que coinciden los caminos de Dios y los del hombre. No obstante, el Se?or no ha querido realizarlo todo ni realizarlo solo. Por eso, con?sciente de que es mucho el trabajo y pocos los obreros, invitar? a pedir al due?o de la mies que env?e m?s manos, m?s corazones, que vayan preparando la creciente llegada de ese Reino.

El Se?or env?a a sus disc?pulos a los caminos del mundo, a las casas de los hom?bres hermanos, para hacerles llegar el gran mensaje, el gran acontecimiento: el Reino de Dios ha llegado, ya se aproxima, est? muy cerca. Y con ?l, se terminan todas nue?stras pesadillas para dar comienzo ese sue?o hermoso que Dios nos confi? como tarea, y que como ansia infinita puso latente en el p?lpito de nuestro herido e inquieto coraz?n.

Como a aquellos disc?pulos tambi?n a nosotros nos env?a para anunciar el mismo Reino de Dios, de modo que aquello que sucedi? entonces siga sucediendo. No anunciamos una paz de supermercado, una paz que se negocia y pacta como herramienta pol?tica, sino una paz que es una Vida, y un Nombre, y un Rostro concreto: Dios con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Porque no anunciamos una paz nuestra ni la que el mundo nos puede dar, sino la que Dios nos regala y nos conf?a, la paz que nace de la verdad, de la justicia, de la libertad, del amor. Portadores de la paz del Reino de Dios, es lo que el Se?or ha querido confiarnos como una herencia inmensa y una tarea llena de desaf?o e ilusi?n.


Publicado por verdenaranja @ 12:07  | Espiritualidad
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